No nacimos para ser burbujas aisladas; fuimos creados por y para el encuentro con el otro.
Foto: [link]Philip Myrtorp[/link], Unsplash CC0.
Un daño devastador de nuestra época, que carcome silenciosamente la convivencia y deshumaniza nuestras comunidades, no siempre se viste con el ropaje de la violencia física o de las grandes tragedias explícitas.
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Se manifiesta de forma sibilina en nuestro día a día a través de la indiferencia. Como dejó escrito el superviviente del Holocausto Elie Wiesel, lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. Hoy, esa apatía egoísta se ha convertido en una alarmante y anestesiada normalidad.
Podemos ser ciudadanos impecables, carecer de antecedentes penales, cumplir con las normas de convivencia y, sin embargo, congelar el alma de nuestro entorno con gestos cotidianos que hemos normalizado.
La indiferencia es escuchar gritos de auxilio o una fuerte discusión y decidir pasar de largo para «no meterse en problemas». Es cruzarse en el portal con una persona que apenas puede con las bolsas de la compra y acelerar el paso mirando fijamente la pantalla del móvil, simulando una falsa prisa. Es ver a alguien desorientado en mitad de la calle y asumir que «ya se encargará otro» mientras seguimos de largo. Es hacerse el despistado cuando vemos a alguien que conocemos porque no apetece el saludo…
La indiferencia más dolorosa no solo se da entre desconocidos; a menudo se enquista en nuestros círculos más cercanos.
Es esa preocupante tendencia a no visitar a quienes de verdad nos necesitan: el familiar enfermo que pasa los días en la cama esperando que suene el teléfono, el amigo que atraviesa una depresión profunda y al que dejamos de llamar porque su conversación «es demasiado gris», o esos padres y abuelos recluidos en la soledad de sus casas a los que postergamos semana tras semana con la excusa de nuestra falta de tiempo.
Nos hemos vuelto expertos en la mirada esquiva, en justificar nuestros silencios y en poner excusas para blindar nuestra propia comodidad.
Sin embargo, reducir al ser humano a este desapego y egoísmo es limitar gravemente nuestra verdadera naturaleza. Es innegable que el individualismo feroz de nuestra sociedad nos empuja a encerrarnos en nosotros mismos, pero también reside en el corazón humano una extraordinaria y poderosa capacidad para la compasión, la ternura y el sacrificio voluntario.
No nacimos para ser burbujas aisladas; fuimos creados por y para el encuentro con el otro.
Esa desatención social se vuelve especialmente sangrienta con los mayores. Conviene recordar una verdad humana e inapelable: «Un día - Dios lo quiera - tú serás anciano».
El espejo recuerda a todos el inevitable paso del tiempo y a advertirnos de que la vulnerabilidad nos alcanzará tarde o temprano. La peor indiferencia hacia los ancianos es la que ejercemos contra ellos, arrinconándolos en el olvido, ignorando su sabiduría o tratándolos como seres invisibles, caducos , como si ya no tuvieran nada que aportar a este mundo pragmático.
La dignidad de una persona jamás disminuye cuando decae su juventud o su autonomía; al contrario, es ahí donde el respeto y el cuidado social deben volverse más nítidos, protectores y pacientes.
Esta frialdad social a menudo trasciende al plano espiritual, provocando que muchos perciban el silencio del mundo como un desapego divino, llegando a retratar a Dios como un espectador lejano, mudo y cruel ante las desgracias humanas. Nada más lejos de la realidad.
Desde la fe cristiana, sabemos bien que Dios no contempla el dolor de la creación con neutralidad ni distancia.
En la figura de Jesucristo se nos revela un Dios que se encarna precisamente para romper todo aislamiento: se rebaja a la condición humana, toca la piel del enfermo marginado al que todos esquivan, llora conmovido ante la tumba, y se entrega por amor en cada circunstancia.
Dios no pasa de largo, no es indiferente, ante nuestras heridas; las comparte y las redime en la cruz.
La gran interpelación diaria que este panorama nos debe dejar no es el examen pasivo de «¿soy yo una persona indiferente?», sino una pregunta mucho más activa, transformadora y urgente: «¿Qué hago yo hoy para romper la frialdad de mi entorno?».
Frente al virus de la indiferencia que nos aísla, la fe nos exige una respuesta comprometida que traduzca las palabras en obras: mirar de verdad a los ojos, escuchar sin mirar el reloj, silenciar el móvil, para saber cómo está el que sufre, llamar a esa puerta que lleva tiempo cerrada y proteger al vulnerable.
Al final de la vida, como nos recordó con eterna lucidez san Juan de la Cruz, no seremos evaluados por nuestras grandes teorías ni buenas intenciones, sino por el amor; un amor concreto, cotidiano y encarnado que se demuestra, sencillamente, decidiendo no pasar de largo ante el prójimo. ¡¡¡ Nos necesite o no !!!!!
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