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La predicación expositiva: seis elementos básicos

Soy uno de los defensores de la predicación expositiva, porque creo que esta técnica resulta especialmente adecuada a la hora de desarrollar un ministerio de enseñanza continuado y sistemático.

ACTUALIDAD AUTOR 1086/Jesus_Gonzalez 21 DE JULIO DE 2026 12:15 h
Foto de [link]Daniel Morton-Jones[/link] en Unsplash

Recuerdo bien la primera vez que se me dio el privilegio de predicar en un culto dominical. Por aquel entonces, mi esposa y yo acabábamos de concluir con éxito el primer año del grado en teología que ambos cursábamos en un conocido seminario teológico del norte de España. Durante el descanso estival, regresamos al sur para pasar un par de meses sirviendo en nuestra iglesia local. Los hermanos, contentos de vernos y deseosos de cosechar algún fruto del joven matrimonio al que habían encomendado a la formación teológica, no tardaron en darme una fecha para predicar.



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Me recuerdo ahí, sentado en primera fila, sujetando con nerviosismo unas cuartillas con mi sermón impreso y una Biblia recién estrenada. Cuanto más se acercaba el momento de salir adelante, más se incrementaba esa especie de corriente eléctrica que me recorría todo el cuerpo. Las manos me sudaban y mis rodillas se sacudían como si tuvieran voluntad propia. El misionero que presidía la reunión aguardó a que el grupo de alabanza concluyera la última canción. A continuación, salió al frente y, desplegando esa amplia sonrisa que tanto le caracterizaba, me invitó a pasar. Tras una breve oración me dejó solo ante el auditorio, tratando de colocar mis papeles sobre el atril sin que se notara el temblor de mis manos. Era mi gran estreno como predicador… y resultó ser un completo desastre.



Durante casi una hora —que sospecho que a algunos se les antojó interminable— compartí una retahíla de reflexiones inconexas, supuestamente basadas en el texto de Génesis 3. Mis divagaciones parecían no tener fin, hasta que el pobre misionero no tuvo más remedio que comenzar a hacer gestos desde su asiento rogándome que terminara de una vez. No sé ni cómo acabé. Una parte de mis notas se había quedado sin exponer, pero no creo que nadie se percatara, puesto que aquella homilía no había tenido ni pies ni cabeza. Sencillamente, hice una oración y me retiré. Como suele suceder, al finalizar el evento hubo quien se acercó para felicitarme y dedicarme algunos elogios. Es posible que aquella enseñanza tuviera algunas cosas buenas, pero estuvo plagada de defectos y carencias.



Hoy en día, dos décadas después de aquel episodio que espero que nadie más recuerde, todavía sigo sintiendo el mismo alto voltaje cada vez que estoy a punto de subir a un púlpito para enseñar. En todos estos años he tenido multitud de oportunidades de hablar frente a diversas audiencias y en diferentes situaciones. Para ser sincero, no ha habido un solo día que me sintiera absolutamente satisfecho con mi trabajo. Quizá sea demasiado exigente conmigo mismo, o quizá se trate de un sano ejercicio de autocrítica. En cualquier caso, estoy convencido de que siempre se puede hacer un poco mejor, siempre hay algo que se puede perfeccionar.



Cuando uno aborda la preparación de un sermón tiene delante de sí una gran variedad de opciones legítimas. Podemos escribir una predicación temática, textual, panorámica, biográfica, expositiva… no hay una lista definitiva de categorías. Personalmente, soy uno de los defensores de la predicación expositiva, porque creo que esta técnica resulta especialmente adecuada a la hora de desarrollar un ministerio de enseñanza continuado y sistemático. No obstante, tampoco hay que caer en el fanatismo. Todos los estilos de predicación tienen su momento apropiado; pero hay que tener claras sus particularidades, ventajas y desventajas, para elegir sabiamente en cada caso.



A mi modo de entender, lo interesante de la predicación expositiva es que el maestro cede totalmente el control de la reflexión a los temas e ideas que plantea el propio texto bíblico, y no a sus propias divagaciones. Tal como su nombre indica, consiste en seleccionar una unidad de pensamiento de un libro de la Biblia, aproximadamente entre cinco y quince versículos, analizar el mensaje que transmite el autor original a sus lectores primarios y exponerlo según su estructura interna, su temática y sus ideas. Esta manera de enseñar resulta tan desafiante y emocionante como subir a una montaña rusa: te ciñes el arnés fuertemente para asegurarte de no moverte de tu lugar y dejas que el texto te lleve por su propio raíl, con sus subidas y bajadas, a veces despacio y otras veces a una velocidad de vértigo, hasta donde el autor bíblico quiera.



Mucho se ha debatido, expuesto y escrito sobre este asunto, así que no voy a descubrir aquí nada nuevo. Sin embargo, quisiera hacer una aproximación que me resulta interesante: ¿cuáles son los ingredientes básicos para componer una predicación expositiva? ¿Cuáles son esos elementos imprescindibles, sin los cuales el maestro estaría dejando lagunas de información?



A continuación, expongo brevemente seis factores que, en mi opinión, deberían estar siempre presentes para asegurarnos de haber realizado un buen trabajo en la elaboración de una enseñanza expositiva.



1. Introduce el trasfondo histórico de la obra. Para que tus oyentes comprendan el texto que estás exponiendo debes plantear quién lo escribió, a quién estaba dirigido, cuáles eran las circunstancias que motivaron el escrito y qué propósito movió al autor. Si esta información no está incluida, dejarás perderse por el desagüe una gran cantidad de la riqueza y el colorido que contiene tu texto. ¿Sería posible exponer 1 Corintios 13 sin tener en cuenta que se trata de una epístola dirigida a una congregación plagada de divisiones, inmoralidad y conflictos internos? ¿O enseñar el Salmo 51 sin plantear primeramente el episodio de David con Betsabé? Por esto, dedicar unos minutos a explicar el trasfondo histórico es fundamental.



2. Plantea el contexto literario. Cuando enseñamos desde un púlpito, lo habitual es exponer unos pocos versículos cada vez. Pero, en cierto sentido, esto resulta antinatural, ya que ningún texto de la Biblia fue concebido para extraerse de su contexto e interpretarse como un párrafo aislado, sino que está totalmente integrado en una obra completa, como una pieza de un puzle que contribuye a dibujar una imagen mayor. Por este motivo, es necesario ayudar a los oyentes a entender cómo encaja el texto de la predicación en la obra en la que se halla. Cuestiones como “¿cuál es el argumento de este libro o esta carta?, ¿dónde está ubicado nuestro pasaje?, ¿cómo contribuye a desarrollar su mensaje global?, ¿qué contenidos hay antes y después?”, son preguntas que al ser respondidas clarificarán la comprensión del texto que estamos exponiendo.



3. Comunica claramente la estructura interna del texto y la relación entre sus secciones. Sin darme cuenta, durante años fui un predicador con la manía de encorsetar cada pasaje en un sermón de tres puntos. Tanto daba si era un texto con más o menos ideas, el número de oraciones o la relación sintáctica entre ellas. No había forma de sacarme de la jaula mental del sermón de tres puntos… hasta que una masterclass de predicación me abrió los ojos. Cada texto de la Biblia es único, tiene su propia idiosincrasia y su estructura interna. Es responsabilidad del predicador no solo analizarlo durante la preparación del mensaje, sino además comunicarlo claramente cuando lo expone. Si el pasaje contiene cinco ideas sobre un mismo tema, o siete, o solo dos, es importante explicarlo durante el sermón, independientemente de si al final se decide estructurar la exposición de alguna otra manera por algún motivo.



4. Presenta el tema y la idea central del texto. Cada pasaje también tiene su propio tema y su mensaje. Este mensaje o idea central consiste en una oración que sintetiza todo lo que el párrafo comunica. Si una predicación no repite varias veces, en distintos momentos, tanto la estructura del texto como su idea central, probablemente se convertirá en una amalgama de reflexiones, quizá provechosas y doctrinalmente correctas, que sin embargo no conseguirán enfatizar de forma apropiada la enseñanza que el pasaje quiere transmitir. Por tanto, mencionar esta idea central varias veces es indispensable.



5. Traza la conexión de tu texto con Jesús y el evangelio. La palabra nos lleva a Cristo. Esta es una máxima fundamental en teología bíblica (Lc. 24:27; Gál. 3:24;…). Así que, de alguna u otra manera, tu texto está necesariamente conectado con Jesús y con la buena nueva de salvación. Es tu responsabilidad como maestro descubrir esta conexión y plantearla en algún momento de tu exposición. Recuerda que siempre existe la posibilidad de que alguien esté oyendo el evangelio por primera vez; por lo tanto, procura siempre verbalizar las buenas nuevas de salvación, a partir de tu texto, cada vez que tengas la ocasión de enseñar.



6. Ofrece al menos un ejemplo concreto de cómo responder al texto. Una predicación que no plantea sugerencias específicas de cómo el texto bíblico debe influir en la vida personal es como una espada sin filo: puede ser impresionante como objeto ornamental, pero en la práctica resulta totalmente inútil. Por supuesto, estamos hablando de las «aplicaciones» del texto. Lamentablemente, a menudo escucho predicadores que se limitan a plantear sugerencias genéricas como “este texto nos enseña que debemos alejarnos del pecado”, o “tenemos que mostrar amor a los hermanos”, o “hay que evangelizar más”. Y con esto, marcan la casilla de aplicación como completada, cuando en realidad no son más que afirmaciones un tanto miopes, con buenas intenciones, pero que no te dejan ver mucho más allá.



Realizar el análisis exegético de un texto y ayudar a los oyentes a comprender su mensaje es un trabajo arduo que demanda horas de trabajo, por supuesto. Pero encontrar y plantear aplicaciones concretas es una tarea tan sesuda como el análisis exegético, y a menudo los maestros nos sentimos tentados a invertir mucho más tiempo y energía en lo primero, en detrimento de lo segundo. No deberíamos olvidar nunca esta realidad: muchas personas no sabrán cómo dar el salto de la enseñanza bíblica a la vida práctica personal. Por eso, un sermón que no aplica eficazmente es una espada sin afilar, no sirve de mucho.



Una aplicación es eficaz cuando es capaz de proveer un ejemplo claro, concreto, práctico, de cómo responder al reclamo del texto bíblico que se está exponiendo. Pongamos un par de ejemplos: “a la luz de lo que nos enseña este pasaje, te sugiero que hagas una lista de siete personas para orar por ellas cada día de la próxima semana”; “si, tal como hemos visto, sientes el deseo de abandonar un mal hábito, hay un par de cosas prácticas que puedes hacer: acompañado de un tiempo de oración, pon por escrito una serie de límites y nuevas disciplinas que te comprometes a establecer para no caer de nuevo. Por otra parte, no te vayas de este lugar sin contárselo a alguno de los ancianos de la congregación para que podamos animarte, orar por ti y acompañarte en este proceso”; “si te sientes interpelado por este pasaje a hacer un esfuerzo en compartir más del evangelio con algunas personas de tu entorno, voy a darte a continuación una serie de consejos prácticos sobre cómo guiar una conversación casual hacia el evangelio…



Es obvio que hay mucho más que decir sobre la predicación expositiva. Algunas recomendaciones extra que podrías tener en cuenta son: emplea ilustraciones y ejemplos que sean relevantes para tu audiencia y que puedan arrojar luz sobre las enseñanzas del texto. También, apóyate en otras referencias bíblicas que refuercen o clarifiquen el mensaje que el pasaje quiere transmitir. O aclara algún aspecto del trasfondo cultural de tu pasaje, si lo hay, que arroje luz sobre el sentido del texto. Sería muy conveniente tener en cuenta estos últimos consejos, pero estoy convencido de que sin los puntos anteriormente planteados una predicación expositiva quedaría incompleta.



Y si me aceptas una última sugerencia, no te conformes ni te confíes. A medida que ganamos experiencia en el púlpito, nos resulta fácil acomodarnos a nuestra manera de hacer las cosas y confiar en que todo sigue marchando bien. A fin de cuentas, al terminar siempre hay alguien esperando para felicitarnos. ¿Acaso no significa esto que hemos hecho un buen trabajo? Bueno, no necesariamente.



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Te sugiero que periódicamente busques a alguien de confianza, experimentado en el ministerio de la enseñanza, y le pidas una evaluación sincera y constructiva sobre tu desempeño como predicador. Aprende a escuchar las críticas, aunque escueza un poco, acéptalas y agradécelas sin replicar, y da lo mejor de ti la próxima vez.



El Señor permita que nunca perdamos de vista la verdadera dimensión del privilegio y la responsabilidad que es la predicación de su palabra, por medio de la cual el Espíritu Santo infunde vida, consuelo y alimento a aquellos que nos oyen.



 



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