El fútbol se arraigó en la clase trabajadora británica porque había capillas, escuelas dominicales y jóvenes que buscaban ser parte de algo, mucho antes de que existieran los clubes profesionales, los estadios y los contratos televisivos.
Uno de los estadios del Mundial 2026. / [link]FIFA[/link]
Uno de los grandes lenguajes comunes de la humanidad, el fútbol, ha creado un milagro de fraternidad global en nuestro mundo fracturado, polarizado y en conflicto.
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Cada cuatro años, miles de millones de personas ven juntas el Mundial.
Familias que rara vez se ponen de acuerdo en temas políticos animan juntas. Niños de pueblos remotos sin suministro eléctrico fiable siguen los resultados en sus teléfonos móviles. Naciones enfrentadas en la escena diplomática se dan la mano antes del saque inicial.
Es posible que a los que no somos aficionados nos moleste que las noticias de la televisión estén dominadas por historias de 22 hombres persiguiendo un balón por un campo al otro lado de un vasto océano.
Las portadas se llenan de molestas crónicas de los partidos. Las conversaciones en la oficina giran en torno a goles (fallados), jugadores, árbitros y pronósticos, lo que aleja a quienes no están interesados.
Es lícito preguntarse por qué se dedica tanto tiempo de emisión al fútbol, mientras que tragedias como el terremoto de Venezuela quedan relegadas a un segundo plano.
Y es que resulta profundamente incómodo que el entretenimiento parezca eclipsar el sufrimiento humano. Los medios de comunicación tienen la responsabilidad de informar sobre los acontecimientos que afectan a las vidas de las personas, especialmente aquellos que implican muerte, desplazamiento e injusticia.
Nuestra compasión no debería venir determinada por los índices de audiencia televisiva. Si el fútbol desplaza la preocupación por nuestros vecinos, entonces nuestras prioridades se han distorsionado.
Las guerras en Ucrania y Oriente Medio continúan. Los refugiados siguen huyendo de condiciones insoportables en sus países para buscar un futuro mejor en otros lugares. Los desastres naturales no esperan a que terminen las finales.
Piensa en lo que ocurre antes de cada partido internacional. Jugadores que representan diferentes historias, idiomas, religiones y sistemas políticos se alinean juntos. Se entonan los himnos nacionales. Se dan la mano.
Comienza el partido, pero dentro de unas reglas acordadas. Se celebra la victoria; la derrota, en el mejor de los casos, se acepta con dignidad. Hay rivalidad, pero sin guerra.
No es que el fútbol siempre esté a la altura de este ideal. El vandalismo, el racismo, la corrupción y el nacionalismo excesivo están demasiado extendidos. Los intereses comerciales pueden eclipsar los valores deportivos.
Sin embargo, este deporte ofrece continuamente oportunidades tanto para la reconciliación como para la competición.
Imagina por un momento un mundo sin deporte organizado: un mundo tal vez de bandas, extremismo político, comunidades en línea construidas en torno al resentimiento, violencia callejera y formas destructivas de búsqueda de emociones fuertes.
Las sociedades siempre han necesitado formas de canalizar el impulso de los jóvenes de tener mayores niveles de energía física, competitividad, asunción de riesgos y deseo de estatus.
El deporte es una de las principales “instituciones que civilizan” a la humanidad. Y es que, además del entretenimiento, el deporte cumple varias funciones sociales, especialmente para los jóvenes.
Los deportes de equipo enseñan a aceptar la autoridad (el entrenador o el árbitro), a sacrificar la gloria personal por el equipo, a perder sin sentirse humillado, a competir sin odio y a respetar al rival.
Como seres humanos, necesitamos sentirnos parte de algo, afrontar retos, recibir reconocimiento, expresarnos físicamente, compartir historias, tener héroes y rituales. El deporte se ha convertido en una de las formas más exitosas del mundo para satisfacer esas necesidades.
Muchos de los fundadores del fútbol organizado moderno fueron reformadores cristianos del siglo XIX en Inglaterra. Los líderes del movimiento nacional de las escuelas dominicales, en particular, se dieron cuenta de cómo el deporte forjaba el carácter.
Comprendieron que los jóvenes necesitaban algo más que información y normas; necesitaban comunidades en las que se practicaran las virtudes.
Esto se conoció como “cristianismo muscular”: la convicción de que la salud física, la integridad moral y la madurez espiritual iban de la mano. El campo de fútbol se convirtió, en cierto sentido, en otra aula.
El Aston Villa, por ejemplo, fue fundado en 1874 por miembros de la Villa Cross Wesleyan Chapel, de Birmingham. El Wolverhampton Wanderers F.C. se fundó en 1877 vinculado a la iglesia de San Lucas. El Everton (1878) surgió de la iglesia metodista de Santo Domingo, en Liverpool.
La iglesia de San Marcos, situada en una zona industrial de Manchester, fundó el Manchester City en 1880. El Tottenham Hotspur F.C. se fundó en 1882 vinculado a la clase bíblica de la iglesia de All Hallows, en Tottenham. El Southampton se fundó en 1885 vinculado a la iglesia de Santa María, en Southampton.
El fútbol se arraigó tan profundamente en las comunidades de la clase trabajadora británica porque había capillas, escuelas dominicales, salas parroquiales y jóvenes que buscaban un lugar al que pertenecer, mucho antes de que existieran los clubes profesionales, los estadios y los contratos televisivos.
Con el paso del tiempo, esas raíces explícitamente cristianas se fueron desvaneciendo poco a poco de la memoria colectiva. El fútbol se volvió comercial, global y cada vez más secular.
Sin embargo, la idea subyacente se mantuvo sorprendentemente intacta: personas de diferentes orígenes podían reunirse bajo unas reglas comunes, someterse al mismo árbitro y competir con intensidad sin convertirse en enemigos.
Eso no es un logro menor.
Todos anhelamos sentirnos parte de algo. Buscamos identidades que sean más grandes que nosotros mismos: familias, ciudades, naciones y, en última instancia, la propia humanidad.
El deporte internacional nos permite celebrar nuestra singularidad al tiempo que reconocemos que formamos parte de la misma familia humana.
Es uno de los pocos eventos mundiales en los que miles de millones de personas prestan atención voluntariamente a la misma historia al mismo tiempo.
Lo cual nos recuerda que pertenecemos a una misma familia humana.
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