Por el Día Internacional de la Familia, reconozcamos que nada mejor que trabajar para una herencia familiar que nos sobreviva y dé sentido a nuestra existencia.
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Como presidente del Grupo de Trabajo de Familia de la Alianza Evangélica Española, y en nombre de todo el equipo, no podemos dejar pasar una fecha tan internacionalmente importante, como el día de la familia. Te cuento una historia personal. Hace años, en un viaje a Barcelona junto con mi esposa María del Mar, nos paramos en un restaurante de carretera para descansar y tomar algo. Al entrar al servicio observé que la pared estaba llena de pintadas, algunas obscenas y vulgares, pero entre ellas una poderosa frase captó mi atención: “vive bien el presente para que en el futuro tengas un buen recuerdo de tu pasado”, la memoricé como un tesoro a recordar, y continuamos viaje. Después de un sábado de formación para matrimonios yo debía predicar el domingo en la iglesia local que estaba en un edificio cuya planta alta era una residencia de la tercera edad.
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Finalizada la predicación, a la que acudían muchos de los ancianos de la residencia, uno de ellos me dijo: “joven acérquese”. Cuando estuve a su lado me dijo: “mire, la vejez consiste en sentarte a la caída de la tarde en tu sillón favorito, y rememorar tu vida, para gozarte si hay buenos recuerdos y supiste aprovechar el tiempo con los tuyos, o para lamentarte por haber ofrecido tus años más preciados al trabajo o los negocios y haber perdido a tu familia”. Luego supe que aquel anciano pertenecía a la alta burguesía catalana siendo un hombre que había acumulado muchos bienes. Su tristeza al contarme su visión sobre la vejez acabó de confirmarme que el capital no está en las posesiones sino en las relaciones, no en los bienes materiales, sino en las vivencias y recuerdos acumulados: “era un hombre tan pobre, tan pobre, que sólo tenía dinero”.
Rockefeller fue el hombre más rico de su época, tenía compañías petrolíferas, navieras, constructoras, su fortuna era incalculable. Cuenta la historia que una vez fallecido, su albacea y sus abogados convocaron una rueda de prensa para informar sobre el futuro de todas sus posesiones. Uno de los periodistas preguntó: Por favor ¿podría informarnos cuánto dejó el Sr. Rockefeller? Lentamente el albacea levantó la cabeza y dijo: “lo dejó todo, no se llevó nada”. Esta historia ilustra la verdad de que lo importante en esta vida no consiste en la abundancia de los bienes que se posean, sino en la abundancia de relaciones, sobre todo de relaciones familiares significativas. La mejor inversión para el futuro no consiste en dinero o posesiones, sino en una herencia familiar que nos sobreviva y dé sentido a nuestra existencia.
Normalmente entendemos por herencia el reparto de los bienes materiales (dinero, inmuebles, posesiones) que nuestros padres o familiares nos dejan en su testamento. Hay personas que se lamentan de que no han recibido casi nada de sus padres porque eran pobres, y otras se lamentan de serlo ellos mismos y de no tener nada que dejarles a sus hijos. Esto sería una visión muy reduccionista de lo que queremos transmitir cuando hablamos de herencia. Es decir, la mejor herencia a la que podemos aspirar es una vida llena de recuerdos, de vivencias, de momentos intensos que añaden riqueza a tu pasado y significado a toda tu vida, labrando un futuro en el que dejas a los tuyos los valores y principios de tu propia experiencia, que serán asimismo el equipaje con el que ellos, tu hijos, tengan el verdadero éxito en sus vidas. Esto produce sentido de dinastía familiar y profundas raíces de pertenencia. Recordemos que en la Biblia la prosperidad no se medía por las riquezas materiales sino por la familia y la abundancia de hijos[1], o como ya hemos mencionado, no por las posesiones sino por las relaciones.
No lo olvides querido lector: “vive bien el presente, para que en el futuro tengas un buen recuerdo de tu pasado”. Parte de nuestra historia y de nosotros mismos, vivirá en nuestros hijos, y aún ellos probablemente reproducirán en sus propios hijos los mismos valores que les inculcamos, pues somos eslabones de una cadena generacional que no sabemos dónde termina. Al final de nuestros días y si lo hemos hecho bien, tendremos la seguridad de haber afectado a generaciones. La historia de nuestras vidas se escribe con la palabra FAMILIA, y tenemos que seguir escribiéndola, hay que llegar al final, para que así el epitafio sobre nuestra propia vida e historia contenga palabras parecidas a las del apóstol Pablo: “he peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”[2]. ¡Feliz día internacional de la familia!
Juan J. Varela es presidente del Grupo de Trabajo de Familia de la Alianza Evangélica Española.
[1] Sal.127:
[2] IITim.4:7-11
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