Denunciar el abuso sexual se percibe peligroso; un proceso para luchar no solo por justicia, sino por ser creída. Y del que ya saldrás marcada.
Pic Elysium, Pixabay
“El 100% de las mujeres que han denunciado una violación no lo volvería a hacer”. No es un titular sensacionalista. No es una exageración. Es un diagnóstico. No una frase de una activista, sino de la fiscal de la Sala de Violencia de Género, Mª Eugenia Prendes.
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Son las valientes y sinceras declaraciones de la Fiscal de Violencia de Género, Mª Eugenia Prendes, sobre el proceso de la denuncia de mujeres víctimas de violencia de género: La fiscal contra la violencia machista admite fallos en el sistema de protección a las mujeres pero lo defiende: "No se puede tener a un policía detrás de cada una"
Durante años hemos repetido —con razón— que las mujeres víctimas de violencia de género tienen que denunciar. Que dar el paso es clave. Que el silencio no protege. Pero hay una verdad que ya no podemos esquivar: ¿qué ocurre cuando denunciar introduce a la víctima en un proceso largo, desgastante y, en ocasiones, profundamente deshumanizador?
La propia fiscal de sala contra la violencia de género lo ha dicho con claridad: “cuando una mujer denuncia, inicia un calvario procesal”. Y lo más duro no es solo el recorrido, sino el resultado emocional que deja: mujeres que, después de atravesarlo, no volverían a hacerlo.
Esto nos obliga a escuchar de otra manera. Porque muchas mujeres no solo se enfrentan a su agresor. Se enfrentan también a un sistema que, en demasiadas ocasiones, las cuestiona, las desgasta y, en el peor de los casos, las revictimiza.
Y esto no es teoría. Hoy hay mujeres en nuestras iglesias que no denuncian porque saben lo que les espera. Hoy hay historias que no llegan a los juzgados porque el coste es inasumible. Hoy hay silencios que no aparecen en las estadísticas.
Desde la Plataforma Séneca Falls lo sabemos. A través de nuestro canal Voz de Agar ([email protected]) nos llegan denuncias de abusos y violencias en contexto de iglesias. Hablamos con ellas. Las escuchamos. Las acompañamos. Y lo que vemos es claro: las cifras de abuso y violencias no reflejan la realidad. Hay muchas más mujeres de las que pensamos que han decidido no denunciar por el coste que supone. No porque no haya violencia. Sino porque denunciar, en muchos casos, se percibe como entrar en un laberinto sin salida.
La justicia debería ser un refugio. Pero para muchas víctimas se convierte en un territorio hostil.
No basta con tener leyes —incluso buenas leyes como en España—. Hace falta un sistema que funcione, que sepa aplicarlas con conocimiento profundo y humanidad en cada caso concreto. Un sistema que no parta de la sospecha. Porque una mujer que denuncia no busca únicamente +justicia. Muchas veces busca algo mucho más básico: “vivir en paz”, dice la fiscal.
Hay una fractura de fondo que no podemos ignorar: “muchas mujeres no confían en la justicia porque sienten que la justicia no ha sabido confiar en ellas”.
Cuando una víctima tiene que demostrar constantemente que dice la verdad, cuando su dolor es evaluado con sospecha, cuando su palabra parece no bastar, el sistema deja de ser protector. Y esa grieta tiene consecuencias profundas: denuncias que no se interponen, procesos que se abandonan, silencios que se cronifican. Silencios que, a veces, cuestan vidas.
Reducir esta realidad a una cuestión técnica sería un error. No hablamos solo de procedimientos. Hablamos de personas. De miedo. De pareja e hijos en medio. De decisiones imposibles.
Por eso, mejorar el sistema no consiste únicamente en añadir recursos —aunque son necesarios—, sino en cambiar la mirada: escuchar más, empatizar mejor, sospechar menos. Empatía institucional. Y la empatía no es un sentimiento abstracto. Es una competencia que se puede —y se debe— formar.
Hay, además, un escenario especialmente complejo que agrava todo lo anterior: el abuso de poder en contextos religiosos. Aquí las dinámicas son más sutiles, más difíciles de demostrar y, precisamente por eso, más peligrosas.
Hablamos de casos donde:
Es lo que conocemos como consentimiento viciado: cuando la autoridad, la dependencia emocional o la manipulación espiritual distorsionan la libertad real de la persona.
En muchos de estos casos —cada vez más— la violencia es digital: mensajes privados, conversaciones de contenido íntimo, presión emocional sostenida en el tiempo. Y casi siempre ocurre lo mismo: las pruebas desaparecen. Se borran mensajes. Se eliminan imágenes. No quedan evidencias claras. La víctima queda sola. Sin pruebas suficientes. Con culpa. Con miedo a no ser creída. Y entonces aparece otro golpe, a veces el más doloroso: la reacción del entorno.
En demasiadas ocasiones, la comunidad —la iglesia— no protege a la víctima, sino al líder. Se minimiza. Se cuestiona. Se espiritualiza el abuso. Se apela a un perdón mal entendido. Se presiona para callar. Y se silencia.
En este contexto, denunciar no solo es difícil. Se percibe como inútil. Incluso como peligroso. Denunciar es saber que tu vida va a cambiar. Que entrarás en un proceso donde tendrás que luchar, no solo por justicia, sino por ser creída. Y del que ya saldrás marcada.
La Iglesia está llamada a ser un espacio de verdad, cuidado y justicia. No puede convertirse en un lugar de encubrimiento para “proteger el testimonio”.
Romper esta dinámica exige valentía. Exige transparencia. Exige una decisión clara: ponerse del lado de la víctima, aunque tenga un coste.
La autocrítica no debilita el sistema, la institución, la iglesia. Lo fortalece.
España ha avanzado mucho en la lucha contra la violencia hacia la mujer. Sería injusto negarlo. Pero reconocer los avances no puede impedirnos ver las grietas. Lo mismo es aplicable a la iglesia. Primero la autocrítica y reforma dentro, para poder tener credibilidad y autoridad moral de cara a la sociedad.
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La pregunta que debemos hacernos como iglesia es: ¿qué vamos a hacer con lo que ya sabemos? Si una mujer denuncia hoy en tu iglesia ¿qué harías?
El desafío es profundo, porque no es solo un cambio estructural: es cultural y espiritual. Es un cambio de mentalidad que exige revisar protocolos, formar liderazgos, establecer mecanismos de rendición de cuentas y, sobre todo, cambiar la mirada. Significa creer como nos dice el evangelio, que el testimonio de la Iglesia no se protege ocultando el pecado, sino enfrentándolo con gracia y verdad hacia todas las partes.
Desde Seneca Falls y otras entidades de liderazgo representativo en España como es Mesa Salmo15 seguiremos impulsando este cambio.
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