Reflexiones sobre la muerte, los ritos y una sociedad que conserva las formas pero teme hablar del sentido.
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En los últimos días, a raíz del trágico accidente ferroviario de Adamuz, se ha hablado en los medios de comunicación de la posible celebración de un funeral laico en Huelva como acto institucional de despedida. La propuesta no ha estado exenta de polémica y ha generado un notable descontento social y familiar, hasta el punto de que dicho acto ha terminado aplazándose sine die. Confieso que, más allá de la gestión concreta del caso, la propia expresión funeral laico me produce una cierta incomodidad. No desde la confrontación ideológica, sino desde una pregunta sencilla y profundamente humana: ¿qué estamos haciendo cuando despedimos a nuestros muertos?
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No se trata de hacer un juicio moral, pero tengo la sensación de que hay palabras que, cuando se fuerzan, no se rompen… pero se vacían. Y quizá por eso esta expresión concreta me resulta difícil de asumir sin más.
Cultural y humanamente, un funeral siempre ha sido algo más que un acto institucional o un homenaje público. Ha sido, ante todo, un rito. La palabra funeral procede del latín funus, que remite a la muerte y a los ritos asociados a ella. Históricamente, el funeral no era solo una despedida social, sino un espacio en el que la comunidad intentaba dar sentido a lo que, por naturaleza, desborda toda explicación: la muerte.
Porque la muerte no ha sido nunca solo un hecho biológico; siempre ha sido una herida abierta en el corazón humano. Allí donde hay muerte, el ser humano no solo pide compañía, pide sentido. Durante siglos, ese sentido lo ha ofrecido la religión y, en nuestro contexto cultural, de manera muy clara, el cristianismo.
Por eso, cuando escuchamos hablar de funeral laico, muchas personas sentimos que algo no termina de encajar. No porque exista un rechazo al acto civil en sí —que puede ser legítimo y necesario en una sociedad plural—, sino porque se utiliza una palabra cargada de significado religioso para designar una ceremonia que renuncia explícitamente a toda referencia trascendente. Tal vez por eso el término resulta incómodo: porque intenta nombrar un rito mientras renuncia a aquello que lo convierte en rito.
En la práctica, lo que solemos llamar funeral laico es más bien un acto civil de despedida: un homenaje, un tiempo de recuerdo, de silencio, de acompañamiento emocional. Todo eso es valioso y profundamente humano. Pero no es lo mismo que un funeral en su sentido propio. El problema no está en el gesto ni en la intención, sino en el nombre. No es una cuestión legal ni ideológica, sino algo más hondo: el lenguaje no siempre soporta el peso de lo que queremos que diga.
Este fenómeno no se limita al ámbito de la muerte. En los últimos años hemos visto aparecer expresiones como primera comunión civil o ceremonias de bienvenida, que imitan la estructura de ritos religiosos tradicionales, pero vaciados de su contenido espiritual. Curiosamente, no suele hablarse de bautismo civil, quizá porque el término está demasiado ligado a la fe cristiana; aun así, el mecanismo es el mismo.
¿Qué nos dice todo esto como sociedad? Probablemente algo muy revelador: una sociedad puede dejar de creer, pero no deja de ritualizar. Seguimos necesitando marcar los grandes momentos de la vida: el nacimiento, el crecimiento, la muerte. Y cuando la fe que sostenía esos ritos se diluye, no desaparece la necesidad, sino la respuesta. Cuando la fe desaparece, no desaparece el rito; desaparece el sentido.
Más que una provocación, estos llamados “ritos laicos” son un síntoma. Revelan que la secularización no ha eliminado las grandes preguntas, sino que las ha dejado sin palabras. Se conservan las formas, los gestos, incluso los nombres, pero ya no siempre sabemos qué significan ni qué pueden ofrecer ante el dolor.
Desde una perspectiva cristiana —y evangélica—, el contraste es inevitable. El funeral cristiano no es solo una despedida ni un ejercicio de memoria. Es, sobre todo, una proclamación de esperanza. No una esperanza ingenua ni evasiva, sino la que nace de la resurrección de Cristo. Como escribe el apóstol Pablo, no se trata de no entristecerse, sino de no hacerlo “como los que no tienen esperanza” (1 Tesalonicenses 4:13).
Frente al silencio correcto y respetuoso, el cristianismo se atreve a pronunciar una palabra incómoda: resurrección. El funeral cristiano no niega el dolor, pero se niega a dejarlo solo. No elimina el llanto, pero lo acompaña con una promesa que no nace del consuelo humano, sino de la fidelidad de Dios.
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Nada de esto implica que el Estado deba organizar funerales religiosos. En un Estado aconfesional, lo razonable es que las instituciones públicas opten por actos civiles y dejen los funerales religiosos en manos de las comunidades de fe y de las familias. Eso protege la libertad de todos. Pero quizá sí sería deseable una mayor precisión en el lenguaje, para no llamar funeral a lo que en realidad es otra cosa.
Porque las palabras importan. Y cuando las usamos sin atender a su sentido profundo, corremos el riesgo de empobrecer no solo el lenguaje, sino también nuestra manera de afrontar las preguntas más serias de la existencia. Quizá el verdadero problema no sea que existan funerales laicos, sino que ya no sepamos muy bien qué hacer con la muerte.
Y mientras intentamos despedir a nuestros muertos con palabras cada vez más neutras, la pregunta sigue intacta, esperando respuesta: ¿qué esperanza nos queda cuando el lenguaje se queda en silencio?
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Lourdes Otero es periodista y forma parte del Grupo de Trabajo de Duelo y Suicidio de la Alianza Evangélica Española.
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