Jesús puso muchas veces a los niños como ejemplo de sencillez y buena disposición para recibir el mensaje divino.
Foto: [link]Kelli McClintock[/link], Unsplash CC0.
“Padre, Señor del cielo y de la tierra, te doy gracias porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos y se las revelaste a los que son como niños” (Mt.11.25-26) (…) “De cierto os digo, que si nos os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de Dios. Y cualquiera que recibe en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe” (Lc.18.4-5).
Jesús puso muchas veces a los niños como ejemplo de sencillez y buena disposición para recibir el mensaje divino. Bueno, dirá alguien: “los niños recibirán cualquier cosa que se les dé, sea o no el mensaje del evangelio”.
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Sí, eso es cierto; lo que pasa es que el Señor resaltaba de ellos la sencillez, la candidez y falta de malicia que hay en los niños para recibir de sus papás lo que esperan que será bueno para ellos.
Recodamos aquí las palabras de Jesús: “¿Qué padre si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿Y qué padre si su hijo le pide un pescado le dará una serpiente?” (Lc.11.11-12).
Por tanto, el niño está totalmente confiado en sus papás; no duda de ellos ni tampoco les atribuye maldad en su relación para con él. Claro, sabemos que hay padres y madres, que actúan dando “piedras” y “serpientes” a sus hijos porque, o no han conocido en sus casa el amor o porque han perdido lo que la Biblia llama “el afecto natural” (2ªT.3.2-4).
O quizás porque quieren imprimir en sus hijos e hijas la desconfianza hacia los demás, o la forma en la cual quieren que sus hijos devuelvan el golpe recibido; es decir: “Ojo por ojo y diente por diente”.
En el primer caso se cuenta una historia en la cual el padre pone al hijo pequeño encima de una mesa y le dice que se tire que él lo recibirá en sus brazos.
El hijo tiene temor de lanzarse, pero como es su padre el que se lo dice, lo hace; pero el padre no lo recibe sino que retira sus brazos y el niño cae al vacío con gran daño para él: “Eso para que no te fíes de nadie”, le dice el padre.
Recuerdo que eso me lo decía mi padre, cuando yo era jovencito: “Hijo, tú no te fíes de nadie”. Pero bastaba conocer su niñez (¡y la de otros millones más!) y vida para entender esa desconfianza.
Muchos de los que vivieron en la primera mitad del siglo pasado estaban marcados por el desengaño, la traición y el sufrimiento; por tanto, la confianza mutua no era la virtud de una gran mayoría de la gente.
Sin embargo lo que dijo Jesús era cierto y que el comportamiento de los mayores daña la inocencia de los niños. Pero como veníamos diciendo, cuando la inocencia del niño está intacta, sirve como ejemplo para los mayores de aquello que ya dijimos más arriba: La candidez, la sencillez y la falta de malicia.
Esa es la razón por la cual Jesús, a la hora de hablar de la salvación dice, que la da “a los que son como niños” (Mt. 11.25) y por tanto, “si nos os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt. 18.2-5).
Incluso Jesús lanzó serias advertencias sobre aquellos que escandalizan a los niños con su mal comportamiento: “… mejor le fuera que se le colgase una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mt. 18.6).
¿Era eso una metáfora hiperbólica o un “discurso de odio” como se suele decir hoy, cuando muchos pugnan por legalizar la pederastia?
Permitidme poner un ejemplo acerca de la sencillez y sensibilidad espiritual de una niña: Hace unos cuarenta y cinco años, en una noche de verano me encontraba en el césped que rodeaba nuestro bloque con mi hija pequeña de 5 años, tomada en mi regazo.
No había nadie más; todos nuestros acompañantes, la mayoría jóvenes del barrio y de algún barrio cercano que solían venir cada tarde/noche al césped a escuchar nuestra música cristiana se habían ido. Sólo se oían las voces quedas de la gente en sus pisos, con las ventanas abiertas y el canto de algunos grillos.
En medio de ese silencio –relativo- Rossana, me dijo: “Papá, estoy tan contenta…”. “Y por qué estás contenta, hija” –le pregunté- Entonces me contestó: “Porque el Señor te ama a ti, tú me amas a mí y yo amo al Señor y te amo a ti”.
Me quedé tan sorprendido como gozoso, porque reconocí inmediatamente que ese fue un sublime acto de adoración a Dios.
Una niña de 5 años lo había entendido, trazando un círculo de amor perfecto, en virtud del cual Dios es el que da primero dicho amor y lo da a los padres, para que a su vez lo trasmitan a sus hijos y, en agradecimiento a Aquel que lo otorgó, le sea devuelto en actos de generosa adoración alabanza y gratitud.
Bien dijo Jesús cuando los niños alabaron su entrada en Jerusalén y recriminando al liderazgo religioso que se oponían ferozmente a aquellas alabanzas: “¿Nunca leísteis: De las boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza” (Mt.21.15-16).
Vosotros que sois cristianos podéis entender esto, porque “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Ro. 5.5) Pero aquellos que no lo saben están ayunos de tan sustancial y bella riqueza.
Disculpad este desvío de mi principal argumento. Pero en relación con lo que venimos diciendo, se ha dicho que los niños/as cuando nacen “son como un libro con las páginas en blanco”.
Pero a diferencia del libro, el niño tiene conocimiento, tiene conciencia y todo cuanto oye, ve y vive se queda grabado en su corazón y contribuye a formar su carácter, su forma de pensar, de hablar, etc.
Y eso ocurre en el día a día en la familia, en el colegio, en la calle, etc. Pero por nuestra parte, podemos escribir mal y con borrones en dichas páginas; aunque igual podemos escribir bien y de forma limpia.
Y para hacerlo de esta última manera, (lo cual no implica que no nos equivoquemos) hemos de seguir las instrucciones del Libro Sagrado (2ªTi.3.15-17) sin apartarnos ni a izquierda, ni a derecha.
Entonces nos daremos cuenta de la capacidad de los niños para entender lo que es bueno y saludable y cómo el Señor tenía toda la razón cuando habló de ellos y los puso como ejemplo.
Lamentablemente, por razones que ahora no vienen al caso, ni siquiera en el llamado “pueblo de Dios” se producen los frutos deseados; y esto, por razones varias, que ahora no vienen al caso.
Pero de lo que no nos cabe ninguna duda es que el amor, es el elemento esencial de las relaciones padres e hijos y de toda familia cristiana; y esto por encima de toda disciplina, entendida en términos de instrucción, enseñanza, exhortación y amonestación, etc.
Al respecto, siempre recordamos aquel dicho: “Todos fuimos creados para amar y ser amados; pero todos hemos fracasado en cumplir ese propósito”. De ahí tantos hijos e hijas dolidos sin sentirse amados, valorados, reconocidos, y en parte o en mucho, desarraigados.
Hace años, nos contaba un pastor que cuando hacían retiros para niños en su iglesia, solían solicitar de cierta diputación provincial, el que pudieran asistir algunos niños de los que están bajo la protección social de su Comunidad Autónoma, por abandono de los padres o por estar éstos incapacitados para tenerlos.
Cuando los niños volvían al centro de acogida, después del campamento, los responsables del mismo (educador, psicólogo, maestro, etc.) le decían: “¿qué les dais vosotros a estos niños? A nosotros nos cuesta la misma vida mantenerlos en orden? ¿Qué les dais que vienen tan cambiados?”. El pastor siempre les decía lo mismo:
“Les damos aquello de lo cual estos niños nunca han tenido: amor, cariño, afecto, atención, valor, reconocimiento… A vosotros os da vergüenza hablar y expresar todo eso; pero eso es lo que los niños necesitan más que nada”.
Tanto es así, que el pastor nos describía algunas escenas que solían darse en el campamento, que eran para llorar. He aquí una de ellas:
“Un niño se me subió a la rodilla y tomándome por el cuello y mirándome a los ojos, me dijo: ¿Tú quieres ser mi papá?”
¡Ay! ¡Qué dolor hay en el corazón de tantos niños que debieron recibir el amor de Dios a través de sus papás y de sus mamás, desde el vientre de sus madres y no lo recibieron! ¡Qué frustración inconsciente debe anidar en corazoncitos que solo han conocido malas palabras, gritos y malos modos! ¡Qué confusión debe haber en tantos y tantas criaturas, debido al maltrato, e incluso abusos en el seno de su propia familia!
Claro que podemos aprender (¡y debemos aprender!) de la sencillez de los niños. Y aun estamos convencidos que aquellos que han sido heridos y afectados de la manera descrita, suelen responder a aquello de lo cual están tan esencialmente necesitados: El amor de Dios expresado como Jesús lo expresó, dejando que los niños se acercaran a él y tomándolos en sus brazos para bendecirlos. (Mr.10.13-16).
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