Atentar contra la propia vida no es un ejercicio de “libertad”, sino un acto de robo y vandalismo contra la propiedad sagrada de Dios.
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Vivimos en una era definida por el culto al “yo”. Nuestra sociedad actual ha erigido la autonomía del hombre como el ídolo supremo de la civilización occidental. El humanismo secular, en su audaz intento de usurpar el trono de Dios, ha declarado que el ser humano es el capitán indiscutible de su alma y el dueño absoluto de su destino. Esta cosmovisión no solo afecta cómo vivimos, sino que ha transformado radicalmente la forma como entendemos el final de la vida. Ciertos partidos políticos y grupos sociales incluso han llegado al punto de reivindicar el “derecho” a la autodestrucción.
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La creciente “normalización” del suicidio no es meramente una crisis de salud mental o un fallo en las políticas públicas de prevención; es, en su raíz, un síntoma de una rebelión espiritual profunda contra el Creador. Cuando una cultura abandona la esperanza en la providencia divina, la muerte autoinfligida se presenta engañosamente como la única salida lógica al sufrimiento. Frente a esto, la Iglesia debe recuperar su voz profética, no con sentimentalismos vacíos, sino con una ética robusta arraigada en la Palabra de Dios y en el consuelo de la gracia divina.
El error garrafal del hombre moderno es creer que su vida es propiedad privada. Sin embargo, la teología bíblica comienza estableciendo un derecho de propiedad absoluto y divino: “En el principio creó Dios”… (Génesis 1:1). La lógica es ineludible: si Dios crea, Dios posee. El ser humano, moldeado a la imagen de Dios (Génesis 1:26-27), no es propietario, sino mayordomo: un administrador fiduciario de un bien ajeno.
El Catecismo de Heidelberg, en su primera pregunta, captura magistralmente esta verdad: «¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte? Que no me pertenezco a mí mismo, sino que pertenezco… a mi fiel Salvador Jesucristo». Esta declaración destruye la base del suicidio. No nos pertenecemos.
El apóstol Pablo expresa esta realidad con precisión jurídica en 1 Corintios 6:19-20: «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio». La teología nos enseña que no existe la neutralidad. O somos esclavos del pecado o somos siervos de Cristo. En ninguno de los dos casos tenemos el título de propiedad sobre nuestra respiración. Por tanto, atentar contra la propia vida no es un ejercicio de “libertad”, sino un acto de robo y vandalismo contra la propiedad sagrada de Dios.
Job, sometido a un sufrimiento físico y emocional que haría palidecer a muchos, reconoció esta prerrogativa divina. Su esposa le sugirió el suicidio teológico («Maldice a Dios, y muérete»), pero Job respondió afirmando la soberanía del Señor: «Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito» (Job 1:21). Job entendió que el hombre no tiene autoridad para rescindir unilateralmente su contrato de vida; solo el Propietario tiene esa potestad.
El sexto mandamiento del Decálogo, «No matarás» (Éxodo 20:13), utiliza el verbo hebreo ratsaj, que se refiere específicamente al homicidio injustificado. Este mandato protege la santidad de la imagen de Dios en el hombre. La prohibición no hace acepción de personas: no autoriza a matar al prójimo, ni tampoco al “yo”.
Dado que el hombre no se creó a sí mismo, no tiene jurisdicción para destruirse a sí mismo. El suicidio es, en esencia, un intento de jugar a ser Dios, determinando el “cuándo” y el “cómo” de un evento que pertenece exclusivamente a la voluntad secreta y soberana del Señor. Es un acto de incredulidad radical, en el que la criatura declara que Dios ha fallado en su providencia y que el juicio humano sobre la insoportabilidad de la vida es superior a la sabiduría divina que nos sostiene.
La Escritura no es un manual de ética abstracta, sino una historia del Pacto de Dios con el hombre. Al analizar los casos de suicidio en la Biblia, observamos un patrón teológico sombrío: el suicidio nunca se presenta como un acto de valentía, ni una opción noble, sino como el fruto podrido de una vida en rebelión o el colapso final de quien ha abandonado la fe. Veamos algunos ejemplos:
● Abimelec (Jueces 9:54): Era un tirano fratricida. Su suicidio asistido ("saca tu espada y mátame") fue un intento vanidoso de evitar la vergüenza de morir a manos de una mujer. Fue orgullo puro bajo el juicio de Dios.
● Saúl (1 Samuel 31:4), el rey que rechazó la Ley de Dios. Su suicidio en el monte Gilboa fue el acto final de un apóstata acorralado por las consecuencias de su desobediencia y su consulta a los demonios (la adivina de Endor).
● Ahitofel (2 Samuel 17:23), el consejero traidor. Cuando su consejo político fue rechazado, su ídolo (su prestigio y sabiduría) fue destruido. “Puso su casa en orden y se ahorcó”. Es el arquetipo del hombre mundano que no soporta el fracaso.
● Zimri (1 Reyes 16:18): Un usurpador violento que, viendo su derrota inminente, eligió el fuego antes que la justicia.
● Judas Iscariote (Mateo 27:5) es el caso más emblemático. Su remordimiento sin fe le condujo a la muerte. A diferencia de Pedro, que pecó gravemente pero corrió hacia la gracia, Judas se encerró en sí mismo. Su suicidio fue la confirmación de su perdición, no una vía de escape.
El caso de Sansón es la excepción teológica. Es vital distinguir la muerte de Sansón (Jueces 16:28-30) del suicidio común. Sansón era un juez de Israel, un magistrado civil levantado por Dios. Su muerte no fue un acto de desesperación personal ni una huida del dolor, sino un acto militar de juicio contra los enemigos de Dios. Sansón sacrificó su vida para cumplir su vocación; fue una muerte en cumplimiento del deber, similar a un soldado que se lanza sobre una granada para salvar a su batallón. No buscaba la muerte por la muerte misma, sino la victoria sobre Dagón, aunque el costo fuera su vida.
Una pregunta pastoral frecuente y dolorosa surge cuando un creyente aparente se quita la vida. ¿Puede un cristiano perder su salvación por esto? Aquí debemos evitar dos extremos: el legalismo medieval y el libertinaje moderno.
Agustín de Hipona argumentó correctamente que el suicidio es un pecado gravísimo porque elimina la oportunidad temporal de arrepentimiento. Sin embargo, la teología bíblica sostiene la doctrina de la perseverancia de los santos. La salvación no depende de nuestra última acción consciente, sino de la obra consumada de Cristo y del decreto eterno de la elección. La justificación es por fe, no por “morir correctamente” o en un estado de lucidez impecable.
Sabemos que la mente humana es frágil y caída. Factores bioquímicos, depresiones severas o ataques espirituales pueden nublar el juicio de un verdadero hijo de Dios. La Biblia muestra a grandes hombres de fe deseando morir: Elías bajo el enebro pidió la muerte (1 Reyes 19:4), Jonás lo hizo repetidamente, e incluso Job maldijo su día. Aunque no se suicidaron, estuvieron en el vestíbulo de esa decisión.
Si un cristiano verdadero, en un momento de oscuridad mental absoluta, comete este acto, creemos que su pecado está cubierto por la sangre de Cristo, pues «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1) y nada, «ni la muerte ni la vida», nos podrá separar del amor de Dios (Romanos 8:38-39). Su salvación está asegurada por la gracia divina y la sangre de Cristo, no por su estabilidad psicológica.
No obstante, esto no debe predicarse como una puerta abierta. Desde el púlpito, la advertencia debe ser severa: el suicidio es un asalto al trono de Dios y un pecado de homicidio. Nadie debe presumir de la gracia. El que habitualmente busca la muerte da evidencias de no haber entendido el don de la vida. La certeza de salvación es para consuelo de los dolientes que quedan atrás, no para justificación de quien contempla el acto.
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Frente a la cultura de la muerte, la Iglesia no puede limitarse a ser un club social; debe funcionar como una “ciudad de refugio” espiritual. Tres puntos deben caracterizar su actuación:
1. Predicación de la soberanía: El mejor antídoto contra la desesperación no es la psicología de autoayuda, sino una robusta teología de la providencia divina. Los creyentes deben saber que sus sufrimientos no son fruto del azar; son el cincel de un Padre escultor que trabaja en una obra maestra. «Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien» (Romanos 8:28).
2. Consejería bíblica integral: Debemos abordar al ser humano como una unidad psicosomática. No espiritualizamos problemas médicos (desequilibrios químicos que requieren fármacos), ni medicalizamos problemas espirituales (pecado, culpa, falta de perdón). La iglesia debe acompañar en el valle de sombra de muerte con humildad y como portadora de esperanza.
3. Disciplina y misericordia en los funerales: El ministro del evangelio debe mantener un equilibrio. No se trata de canonizar al fallecido ignorando la tragedia del pecado (dando falsas esperanzas al público general), ni de condenarlo al infierno usurpando el juicio de Dios, destrozando de paso a la familia. Se debe proclamar la esperanza de la resurrección y la inmutabilidad de las promesas de Dios para los suyos.
El suicidio es la mentira final de Satanás, quien promete paz a través de la desobediencia. Para el cristiano, la vida es un campo de batalla donde glorificamos a Dios. No tenemos permiso para abandonar el puesto antes de que el Señor nos llame. Nuestra esperanza no es el cese de la consciencia, sino la victoria de Cristo sobre la muerte. La fe en esta verdad es lo que nos da fuerzas para perseverar hasta el fin.
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