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La advertencia de ‘Nuremberg’

La película plantea la provocadora tesis de que más allá de las ideologías, banderas y uniformes, incluso del propio antisemitismo, está el culto al líder.

MARTES AUTOR 97/Jose_de_Segovia 06 DE ENERO DE 2026 10:00 h
La obra de James Vanderbilt tiene mucho que decir en un tiempo como este, que no faltan megalómanos dirigentes populistas, que han convertido la política en un ejercicio de fanatismo idolátrico.

¿En qué consiste la atracción de un imperio que hace de sus seguidores, ciegos adeptos, mientras que sus enemigos lo ven como la encarnación del mal? Esta es la pregunta que plantea la nueva película sobre los juicios de Nuremberg (2025).



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Basada en el testimonio del psiquiatra Douglas Kelley –encargado de determinar si los jerarcas nazis eran responsables mentalmente de sus actos–, plantea la provocadora tesis de que más allá de las ideologías, banderas y uniformes, incluso del propio antisemitismo, está el culto al líder. Todo se explica desde el narcisismo sobre el que se sostiene un poder, que provoca tanto fascinación como rechazo.



La obra de James Vanderbilt tiene mucho que decir en un tiempo como este, que no faltan megalómanos dirigentes populistas, que han convertido la política en un ejercicio de fanatismo idolátrico. El rechazo que sufre el libro de Kelley en su país, Estados Unidos, después del juicio, es por la mera sugerencia de que la pesadilla que produjo la Segunda Guerra Mundial se puede dar en su propia nación, si se presta culto a un líder, que no permite ninguna crítica.





[photo_footer]Doce de los veintidós acusados fueron condenados a muerte en la horca, pero Göring se suicidó como el psiquiatra militar que le examinó, tomando cianuro. [/photo_footer]



 



La mente nazi



Es curiosa, la perplejidad que sigue despertando el nazismo. Este mismo año cuatro de los más importantes ensayos que se han publicado en castellano, se enfrentan a este mismo tema. Tras el seminal estudio del holandés Frank Dikötter (Dictadores: el culto a la personalidad en el siglo XX, Acantilado 2023) sobre cuál es el denominador común de los tiranos, Acabamos 2025 con la traducción de la comentada obra de Volker Ullrich sobre cómo se acabó con la democracia en Alemania en treinta días con “El fracaso de la República de Weimar· (Taurus), tras “El ascenso de Hitler al poder” (Timothy W. Ryback, Galaxia Gutenberg). Laurence Rees entra “En la mente nazi” (Crítica), que produjo el exilio de tantos pensadores germanos en “Febrero de 1933” (Uwe Wittstock, Ladera Norte).



Todos estos estudios coinciden en que no basta la habilidad para acceder al poder, ni su ejercicio como dominación absoluta. La historia está llena de innumerables tiranos efímeros que la mayoría, hemos ya olvidado. La tesis de Dikötter y la película de Nuremberg –basada en el libro de Jack El-Hai, “El nazi y el psiquiatra” (2013), sobre la experiencia de Kelley– es que es el culto a la personalidad, lo que diviniza al poderoso, convertido en guía providencial. La ideología es lo de menos. Se trata no sólo de conquistar el poder, sino mantenerse en él haciéndose pasar por imprescindible como salvador del país o encarnación del espíritu nacional.



No es que se ignore o minusvalore el papel del terror que ejercen los regímenes dictatoriales en sus terribles purgas y espantosos genocidios. Lo que estos autores dicen es que la violencia no basta para explicar la perdurabilidad en el poder y el aura que reciben estos líderes como ídolos objeto de culto casi religioso. A nadie se le escapa que la política es un teatro, pero el poder dictatorial lleva esa representación a un nivel que demanda una obediencia incondicional. Es por eso, que producen reacciones tan extremas: una devoción ciega o un odio visceral.  





[photo_footer]Nos preguntamos en qué consiste la atracción de un imperio que hace de sus seguidores, ciegos adeptos, mientras que sus enemigos lo ven como la encarnación del mal. [/photo_footer]



 



¿Vencedores o vencidos?



La película de Vanderbilt no puede competir con el clásico de Stanley Kramer, ni tampoco lo pretende. “El juicio de Nuremberg” recibió el equívoco título en la España franquista de “¿Vencedores o vencidos?” (1961), lo que más que una traducción, parece una ambigua caracterización del nazismo mismo. La mítica obra protagonizada por Spencer Tracy no contaba de hecho el juicio contra los máximos dirigentes nazis, sino un proceso posterior que hubo en 1948 a la complicidad de cuatro jueces con la política de esterilización y limpieza étnica. Entre 1945 y 1948 hubo en realidad trece juicios contra los responsables de diferentes estamentos nazis.



Nuremberg” (2025), tampoco es una versión actualizada de todo el proceso, como pretendía la miniserie “Nuremberg” del año 2000. Lo que le interesa al guionista de “Zodiac” (David Fincher 2007) es la indagación del psiquiatra Douglas Kelley sobre el enigma del mal que ha llevado a los jerarcas nazis a cometer esos crímenes contra la humanidad durante la Segunda Guerra Mundial. Más aún, se trata de la relación de amor y odio entre el segundo líder del nazismo, Hermann Göring –interpretado aquí con ademanes teatrales por Russell Crowe– y el psiquiatra coronel del ejército americano –que hace el inexpresivo Rami Maleck–, que debía valorar el estado mental de los prisioneros para impedir, sobre todo, que se quitaran la vida, como habían hecho Hitler, Goebbels y Himmler.



El proceso iniciado el 18 de octubre de 1945 culminó con la lectura del veredicto, el 1 de octubre de 1946. Doce de los veintidós acusados fueron condenados a muerte en la horca, pero Göring se suicidó como el mismo Kelley, tomando cianuro, ante el rechazo de los americanos a la mera idea de que pudiera haber un Hitler en Estados Unidos. Tres de los jerarcas nazis tuvieron cadena perpetua, como Rudolf Hess en Spandau. Y sólo tres fueron absueltos, pero el juicio pone la base al proyecto de un tribunal internacional como el de La Haya, rechazado por Estados Unidos, China, Rusia, India, Israel y Turquía. Hasta que tal derecho se acepte, no hay más justicia que el poder del más fuerte.





[photo_footer]El psiquiatra militar americano trata a Göring como un ratón de laboratorio, pero luego descubre que es alguien normal, más encantador que él incluso. [/photo_footer]



 



¿Irrepetible?



Lo terrorífico de las conclusiones a las que llega Kelley en su libro “22 celdas en Nuremberg: Un psiquiatra examina a los criminales nazis” (1947), es que los gerifaltes del Führer no eran monstruos, sino cualquier hijo de vecino que muestra un narcisismo desmesurado. Los nazis ocupan un lugar especial en nuestra imaginación. Viven en un mundo aparte, que creemos que se produjo por una especial confluencia de tiempo y circunstancias, dando lugar a horrores irrepetibles.



Este verano tuve la oportunidad de visitar Nuremberg con mi familia. Estuvimos en la sala donde se celebraron los juicios y pudimos seguir los innumerables paneles que ilustran lo ocurrido durante estos procesos. La pregunta que uno se hace es si fue el nazismo algo único. El Holocausto –bonito nombre para algo tan terrible– parece resultado de un antisemitismo que uno duda que vuelva a producir tal genocidio –aunque el término se use una y otra vez en cualquier guerra–.



Lo que Kelley descubre de Göring es lo que a cualquier lector de una biografía de Hitler le sorprende: el antisemitismo no está en la raíz del nazismo. Es simplemente una teoría conspiratoria por la que el judío se convierte en “chivo expiatorio”, para la ambición de un oportunista como Hitler. La ideología muchas veces te ciega a la realidad. De lo que se trata es del culto a un individuo, algo de lo que tristemente, todos sabemos mucho, por nuestro ego insaciable.



 



El orgullo mata



Kelley no era cristiano, pero la soberbia de Göring no es extraña para ningún creyente. El mundo religioso y espiritual está lleno de líderes con un ego desmedido. El orgullo no es patrimonio exclusivo del poder político y económico. Llena la academia y ensucia la filantropía, hasta el punto de que nadie piensa en primer lugar en el otro.



Nuestro tema favorito somos nosotros mismos. Somos nuestra principal preocupación. No nos cansamos de hablar de hablar de nosotros mismos. Más allá de todo discurso y etiqueta, no hay más que una explicación para todas nuestras palabras y pensamientos: ¿Qué beneficio sacamos de todo esto? Si no tiene que ver conmigo, no me interesa.



El ser humano es así de predecible. No hay nada más monótono y repetido en nuestra existencia que la manera en que nos miramos el ombligo, todo el tiempo. Estamos encantados de conocernos. Detrás de todas nuestras buenas intenciones y bonitas palabras, no hay más que nuestro egocentrismo. Y encima nos dicen que no nos amamos lo suficiente, que lo que nos falta es autoestima. Así de necia es nuestra psicología.





[photo_footer]El psiquiatra coronel del ejército americano, interpretado por Rami Maleck, debía valorar el estado mental de los prisioneros para impedir, sobre todo, que se quitaran la vida. [/photo_footer]



 



La banalidad del mal



Nuremberg” acaba con una cita del filósofo, historiador y arqueólogo británico R. G. Collingwood (1889-1943): “La única pista que tenemos de lo que el hombre puede llegar a hacer, es lo que ya ha hecho”. Como solía decir mi maestro Stott en Londres, no hay doctrina de los reformadores que sea tan fundamental para el cristianismo como la depravación total del ser humano. Lo que ocurre es que muchos no entienden lo que eso significa. No es que seamos tan malos como demonios, incapaces de hacer ningún bien, sino que no hay nada en la humanidad que esté libre del efecto del mal que la Biblia llama pecado.



“Todos se desviaron, no hay quien haga lo bueno, ni siquiera uno” (Romanos 3:12). El mal es algo sutil. Creemos que es fácilmente identificable, pero no es así. Como Hannah Arendt nos recuerda, es terriblemente banal y cotidiano. Cuando los Aliados descubrieron los campos de exterminio en 1945, hombres como Eisenhower no podían creer que los nazis fueran culpables de semejante atrocidad. Al principio, Kelley en la película trata a Göring como un ratón de laboratorio (“Si podemos psicológicamente definir el mal, nos aseguraremos de que nada de esto pueda ocurrir de nuevo”), pero Göring resulta ser alguien normal, más encantador incluso que Kelley.



Al final de estas dos horas y media de película, que se pasan sin darse cuenta, vemos el mismo documental que se proyectó el 29 de noviembre de 1945 en el juicio de Nuremberg. Son las imágenes de los “Campos de concentración nazis” que muestran cuerpos quemados, supervivientes esqueléticos, cámaras de gas, enormes pilas de huesos y montones de carne en descomposición, empujados por excavadoras. Su visión produce un silencio semejante al que experimenté este verano al visitar Dachau, cerca de Münich. Como los historiadores dicen, ante semejante evidencia, no es posible el negacionismo. Chesterton decía por eso, que el pecado original es la única doctrina cristiana que no hace falta fe para creerla.





[photo_footer]Más allá de toda ideología, el nazismo es el culto a un individuo, algo de lo que tristemente, todos sabemos mucho, por nuestro ego insaciable. [/photo_footer]



 



La única salvación posible



El final de “Nuremberg” es devastador. Te muestra por qué se ha hecho esta película ahora. No es mera curiosidad histórica. Nos habla del presente. Kelley de vuelta a Estados Unidos, es entrevistado en la radio por su libro de 1947. El presentador le dice: “Tiene que admitir que (los nazis) eran gente única”. A lo que el psiquiatra militar responde: “No era gente única. Personas como los nazis hay ahora en todos los países del mundo”. A lo que el entrevistador responde: “No en América”.



Kelley insiste: “Sí, en América. Sus patrones de comportamiento no nos son extraños. Hay gente que quiere estar en el poder. Dice que esto no es posible aquí, pero estoy seguro de que hay gente en América que treparía con gusto sobre la mitad de los cadáveres del público americano, si pudiera así tener control sobre la otra mitad”. A nadie le sorprenderá que, al llegar a la pausa publicitaria, invitan amablemente al psiquiatra a dejar el estudio, dando ya por terminada la entrevista.



Nadie quiere oír que no somos buenos, que “el pecado vive en mí” (Romanos 7:20). Los “fascistas” son siempre los otros, quien no piensa como yo. Nos hemos creído la fantasía de nuestra superioridad moral y pensamos que nuestros “valores” son mejores que los de ninguna generación que nos ha precedido. Estamos tan inflados y llenos de nosotros mismos, que no podemos siquiera imaginar que el mal que buscamos en nuestras “cazas de brujas” de abusadores, está en nuestro propio corazón.



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“¡Miserable de mí!”, dice el apóstol Pablo, “¿quién me librará de mí mismo?” (Romanos 7:24). La única salvación posible no está en nosotros, sino sólo “en Dios por Jesucristo” (v. 25). Para entender la Buena Noticia del cristianismo, tenemos que aceptar primero la Mala Noticia, que no podemos librarnos de nosotros mismos. Si Dios vino a este mundo perdido en la Persona del Señor Jesucristo, es porque no tenía otro remedio, pero “lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios” (Lucas 18:27). ¡Es nuestra única salvación!



 



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