Si quitamos de las Sagradas Escrituras el sacrificio expiatorio y propiciatorio que aparece desde Génesis hasta Apocalipsis, estamos mutilando una parte esencial de la revelación divina.
Hay cosas de las cuales no da vergüenza hablar. Por ejemplo, del amor y de hacer bien a los demás.
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Tampoco da vergüenza dedicarse a hacer bien a otros de forma altruista. Sobre todo, los necesitados de todo tipo lo agradecerán mucho.
Y todo eso está bien; y además, con todo eso uno puede llegar a tener un “buen testimonio” y hacerse un “buen nombre” en el mundo que le rodea y recibir el aplauso y los parabienes de muchos, ¡e incluso sin pretenderlo!
Y a eso le llaman muchos “el evangelio de Jesús”. Básicamente, en eso han convertido algunos teólogos modernos todo el Evangelio. Pero aunque eso forma parte del Evangelio -¡evidentemente!- no lo es todo. En todo “eso” no hay ningún “escándalo” ni “tropiezo” alguno. Es un mensaje que gusta predicar y también oír.
Sin embargo el evangelio de Jesucristo es mucho más. Aquellos han dejado atrás algunos elementos esenciales y sin los cuales el Evangelio ya no es el que nos muestran las Escrituras, sino “otro evangelio”.
Ellos dicen que Cristo, al morir, lo hizo para dejarnos un "ejemplo de amor"; y nosotros tenemos que imitar a Jesús, añaden.
A ellos les da vergüenza y les repugna hablar del evangelio de la expiación, la propiciación y la redención llevada a cabo por Jesús de Nazaret. Todo lo contrario de lo que los apóstoles enseñaron.
Ellos con unas pinceladas dibujaron lo mismo que pasa hoy. El apóstol Pablo dijo: “los judíos piden señales (milagros) y los griegos buscan sabiduría”. Sin embargo, añadió: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos es una piedra de tropiezo, y para los paganos es cosa de locos” (1ªCo.1.22-23).
Claro, el mensaje salvífico que supuestamente procede de un hombre colgado en una cruz, ajusticiado como un malhechor, herido por todas las partes de su cuerpo, sangrante y muerto, sólo podía producir en los judíos que esperaban un mesías militar y vencedor sobre todos sus enemigos, “escándalo” y “tropiezo”.
Y en los segundos –griegos/paganos- acostumbrados a buscar la verdad de todas las cosas a través del conocimiento y la sabiduría, ese mismo crucificado les producía burla: “¡Eso es una locura/tontería!” decían.
Sin embargo, las Escrituras nos dicen que fue a Jesús quien, colgado y muerto en una cruz Dios puso como el camino para alcanzar la verdadera sabiduría y el conocimiento que nos conduce a Él y a la salvación. (1ªCo.1.18,23-24).
“Ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría (humana) agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1ªCo.1.21).
En realidad, cuando leemos todo lo referente a la pasión y muerte del Señor Jesús en la cruz y tal cómo lo entendieron los discípulos del Señor inspirados por el Espíritu Santo, podemos estar seguros de que nuestra deuda para con la Ley divina fue saldada, hasta lo último (J.19.30) en vista de que él se presentó en nuestro lugar y llevó a cabo un sacrificio expiatorio y propiciatorio por nuestros pecados (2ªCo.5.19-21) y, como consecuencia, podemos oír la declaración de justificación para con los pecadores, entre los cuales yo también me encuentro. (Ro.3.23-25).
Pero en la muerte de Jesús también encontramos todo cuanto el apóstol Pablo mencionó en ese mismo contexto que venimos señalando:
“Mas por él (Dios) estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención…” (1ªCo.1.30).
Y todo eso que mencionó el apóstol Pablo quiere decir que es en ese Cristo crucificado que encontramos el camino a Dios el Padre. Esa es la verdadera “sabiduría” que necesitamos.
Luego, es en base al Cristo crucificado que, una vez cumplida la ley divina que nosotros no podíamos cumplir y muerto en nuestro lugar, Dios nos declara “justos”.
Es decir “somos justificados gratuitamente por su gracia…” (Ro.3.24). Pero además, es en base a la muerte de Jesús que Dios realiza una obra de santificación, por el poder de su Espíritu Santo que nos habilita para estar delante de su presencia y vivir conforme a su voluntad.
Y por otra parte es en base a la muerte de Jesús que también él ha sido hecho por nosotros redención; es decir que fuimos liberados de todo yugo que nos esclavizaba.
Es por esa razón que el apóstol Pablo, al referirse a la celebración de la cena del Señor, por parte de los creyentes corintios a los cuales escribe que les exhorta severamente, dado que lo que ellos hacían nada tenía que ver con el significado de “el pan y de la copa” y lo que representaban esos símbolos que ellos con su comportamiento no parecían apreciar (1ªCo.11.14-22; 11.17-34).
Solo basta leer de corrido cada capítulo de la 1ª Epístola a los Corintios para ver que estaban bien alejados de la realidad de lo que significaba el Señor Jesucristo a efectos de unidad, santidad, amor y respeto por la verdad de Dios manifestada en el Señor Jesús.
Sin embargo, son todos esos elementos a los cuales el apóstol Pablo se refiere, que han sido rechazados por muchos, ya que no encajan en algunas de las tan “cultivadas” mentes modernas.
A estos aspectos esenciales de la teología bíblica, se les tilda de “mitos”. Pero en realidad esos "mitos" son los que constituyen la esencia del Evangelio dado que tratan de la forma que Dios ha establecido para acercarse y para conocerle a Él.
No importa que para muchos esos aspectos del Evangelio sigan siendo “piedra de escándalo” y de “tropiezo”. Tampoco debe de extrañar que choquen con la mente del “hombre natural que no entiende las cosas que son del Espíritu de Dios porque para él son cosas de locos/tonterías y no las puede entender” (1ªCo.2.14).
Por eso se suprimen de muchas predicaciones y púlpitos modernos para hacer del Evangelio algo “más aceptable” al mundo. A partir de ahí, no es fácil mantener estos principios en esos contextos donde se niegan, sin que uno se sienta como un "bicho raro".
¿Pero cómo se puede atentar contra lo esencial del evangelio sin caer en lo que conocemos como herejía? La muerte de Jesús no tuvo solamente un carácter “ejemplar”.
Es mucho más que eso. Si quitamos de las Sagradas Escrituras lo que se conoce como “el cordón de grana” -referencia al sacrificio expiatorio y propiciatorio que aparece desde Génesis hasta Apocalipsis- estamos mutilando una parte esencial de la revelación divina.
Y entonces ¿quién determinará qué es revelación de Dios y qué no lo es? Como reza el dicho: “Apaga y vámonos”. Pero como dice también la Escritura: “La palabra de Dios permanece para siempre” (1ªP.1.23-25).
Entonces, nosotros preferimos quedarnos con el mensaje completo del Evangelio, sin importar lo que piensen otros y que estimen gran parte de ese mensaje como formado por toda una serie de “mitos” que, como alguien dijo: “Hoy día no deberíamos creer”.
Sin embargo, estemos bien afirmados en el hecho de que “La verdad de Dios no cambia”. En eso os afirmamos y perseveraremos:
“Al que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios su Padre; a él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén (…) Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso” (Apc.1.5-8).
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