No basta con decir que Cervantes conoció los textos sagrados. Esto es decir muy poco. Los amó, se identificó con ellos.
Cervantes sabe muy bien el valor que tiene la Biblia. Conoce su origen y percibe claramente su misión. De ahí la diferencia de cuantos libros existen, evitando cuidadosamente mezclar “lo humano con lo divino”. Los libros compuestos por los autores de carne y hueso van todos dirigidos a nuestra mente, a nuestro intelecto; pocos logran pasar de ahí. En cambio la Biblia nos habla al corazón, penetrando en nuestros sentimientos y despertando nuestros afectos. Por eso la Biblia no es un libro más.
Es El Libro, el Libro por excelencia, del cual escribió Gabriela Mistral: “Nunca me fatigaste como los poemas de los hombres. Siempre me eres fresco, recién conocido, como la hierba de julio, y tu sinceridad es la única en que no hallo cualquier día pliegue, mancha disimulada de mentira. Tu desnudez asusta a los hipócritas y tu pureza es odiosa a los libertinos, y yo te amo todo, desde el nardo de la parábola hasta el adjetivo crudo de los Números.”(1)
No. No basta con decir que Cervantes conoció los textos sagrados. Esto es decir muy poco. Los amó, se identificó con ellos. De ellos aprendió a obrar caritativamente con sus compañeros de cautiverio; de ellos recibió la fuerza y el aliento para tratar de romper la esclavitud y librar también a otros; ellos le enseñaron a perdonar las delaciones y las traiciones; ellos le consolaron en el curso de su existencia miserable; ellos, en fin, le enseñaron a contentarse con lo que tenía, aunque lo que tenía era muy poco. Y “puestos ya los pies en el estribo”, ellos le condujeron a la morada eterna, donde el Juez justo le daría el reposo y la paz que los hombres le negaron.
El amor que Cervantes sentía por los escritos de Dios se patentiza de forma magistral en unos cálidos y emotivos versos compuestos en alabanza de los Salmos, que tantas huellas dejaron en su mente y en su corazón: (2)
“Salmos de David benditos,
cuyos misterios son tantos
que sobreceden a cuantos
renglones tenéis escritos;
vuestros conceptos me animen
que he advertido veces tantas,
a que yo ponga mis plantas
donde el alma no lastimen;
no en los montes salteando
con mal cristiano decoro,
sino en los claustros y el coro
desnudas, y yo rezando.”
(1) Estas palabras figuran en las primeras páginas de la Biblia que la laureada poetisa chilena regaló en 1919 a la Biblioteca de Niñas número 6 de Santiago de Chile.
(2) Comedia “El Rufián Dichoso”, jornada primera.
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