El refrán es una de las figuras que se emplean en todas las lenguas para expresar algún dicho agudo y sentencioso en forma ingeniosa.
La lengua española es rica en los mismos, como bien lo sabía Sancho Panza, que en determinado momento terminó por exasperar a Don Quijote a causa del abundante uso que hacía de ellos en su hablar cotidiano
[i]. Es un recurso popular al que el paso del tiempo ha dado solera y personalidad.
Su amplio número sirve para cubrir casi cualquier aspecto de la vida, habiéndolos graciosos y formales, pero siempre filosóficos, mostrando la sabiduría que emana del pueblo.
Una clase de refranes sirven para describir a personas o colectivos que han llegado a estar en boca de todos, a causa de determinadas acciones o costumbres que los han convertido en objeto de irrisión o de mala fama. Cuando tal cosa acontece es prácticamente imposible cambiar la mentalidad general, que ha quedado reflejada en el dicho. La fuerza del refrán es tal que perdura a lo largo del tiempo, porque está basada en un estereotipo que ha calado en el sentir de una mayoría. En ese sentido les pasa igual que a los apodos, que una vez puestos quedan para siempre asociados a la persona, pasando incluso de padres a hijos, sobre todo en el medio rural. Son como el sambenito que había llevado el hereje, que era colgado en la iglesia una vez muerto su portador para que el baldón de la vergüenza lo siguiera sufriendo su familia.
Por eso en ocasiones los refranes, los chistes y los apodos hirientes son fabricaciones interesadas alimentadas por alguien para denigrar a quien aborrece o menosprecia.
La palabra refrán aparece en varios pasajes en la Biblia. Es una de las posibles traducciones del vocablo hebreo mashal, que es polivalente, pudiendo significar tanto proverbio, parábola, discurso o refrán, dependiendo del contexto.
Pero cuando se usa como refrán hay
dos grandes divisiones en las que se pueden clasificar los casos en los que aparece.
La primera es cuando ese refrán es inmerecido y resultado del desprecio que se sufre por parte de un enemigo implacable. Un ejemplo sería cuando David dice: "Puse además cilicio por mi vestido y vine a serles por proverbio."
[ii] Es evidente que aquí se trata de alguien que se aflige y humilla ante Dios, pero eso mismo les sirve a sus adversarios para denigrarlo.
Este caso es de tipo individual, pero también en este apartado puede sucederle a todo un colectivo. De este tipo sería el texto que dice así: "Nos pusiste por proverbio entre las naciones; todos al vernos menean la cabeza."
[iii] referido al pueblo de Israel.
Pero
la segunda división en la que aparece el término refrán es resultado de una condena judicial, no de enemigos o adversarios sino de Dios mismo, quien ordena o permite que tal cosa suceda. Se convierte así en una señal de deshonor y vergüenza, siendo fruto directo de la justicia de Dios al castigar la rebelión y el pecado.
Es lo que de antemano se avisa que ocurrirá si se persiste en la desobediencia: "Y serás motivo de horror y servirás de refrán y de burla a todos los pueblos a los cuales te llevará el Señor."
[iv] Nótese que el estar en boca de los demás en la forma de refrán en este caso significa no sólo burla y desprecio sino también haberse convertido en una lección objetiva y pública que sirva de escarmiento a otros.
Triste quehacer al que quedan reducidos quienes se empeñan en endurecer su corazón. Pero el aviso solemne fue echado en saco roto y la consecuencia fue el exacto cumplimiento de la advertencia que Dios hizo por medio de Moisés.
El nombre de España aparece recurrentemente en los foros y medios internacionales y no precisamente como algo edificante o ejemplar, sino más bien ejemplarizante, es decir como ejemplo a no ser imitado. Es estar en boca de los demás casi en forma de refrán.
La reputación de la nación anda por los suelos y no sólo por los aspectos económicos. Nuestra imagen nunca había estado tan deteriorada. Si se sale al extranjero, a determinados países, es mejor evitar que se sepa cuál es nuestra nacionalidad.
Es una vergüenza a la que hemos sido entregados, tal vez por causa de nuestros muchos pecados. La humillación de ser convertidos en refrán es la amarga consecuencia de no querer reconocer a Dios en forma alguna ni prestar atención a su Palabra.
¡Qué ironía! Nosotros, tan aficionados a componer refranes, tan dados a poner apodos y tan avispados para fabricar chistes, somos objeto de refranes, apodos y chistes por parte de otros.
¿Quién podrá quitarnos este oprobio? Con toda seguridad aquel que nos ha entregado al mismo. El que puede borrar nuestra ignominia y limpiarnos del origen de la misma, si nos volvemos a él.
En estos tiempos cuando la imagen resulta tan importante, procuremos no tanto eliminar nuestra mala imagen delante de los hombres y recuperar la buena, sino dejemos a Dios que forme en nosotros una imagen a su imagen. Esa es la que verdaderamente vale.
[i] Don Quijote de la Mancha, II, 43
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