Deambulo, pues, por un paraje hierático, con arena supuestamente blanca y esas horrendas palmeras que deberían envolver una estampa bucólica y tan sólo consiguen reflejar una especie de foto mal hecha, de esas de Polaroid, instantáneas, rápidas, pero pálidas, desenfocadas, sin color y, casi, sin vida.
Toti Rydell es mi personaje en esta jungla cibernética, un mundo virtual creado por Linden Labs, empresa que gestiona un lucrativo negocio enfocado en ofrecer una vida paralela, un Matrix personal, a seres quizá aburridos, quizá cansados, quizá temerosos de enfrentarse a la realidad, a esa primera vida huidiza y efímera.
Second Life promete casi el paraíso, un mundo moldeado por los propios usuarios en el que se puede interaccionar, hablar, negociar. Pero el supuesto paraíso no lo es tanto. Los mismos creadores de ese submundo han asistido, casi horrorizados, a comprobar como las multinacionales compran sedes acristaladas y los usuarios construyen casas clónicas a esas urbanizaciones frías y de césped bien recortado, con banderita ondeando, bicicleta tirada en el césped, barbacoa y fin de semana engullendo salchichas y vaciando latas de cerveza Bud de medio litro.
Una cuenta gratuita –como la de Toti Rydell- es suficiente para adentrarse en Second Life, aunque para edificar, comprar objetos –incluso órganos sexuales en unos personajes que parecen un antiguo Madelman-, mantener lujosas islas privadas, beber un refresco e incluso contratar los servicios de una prostituta –creada por otro usuario/a con ojo clínico-, hace falta dinero. Y aquí, la virtualidad muere al servicio de la inteligencia de Linden Labs, que se saca de la manga unos dólares Linden para disfrutar de la segunda vida que, lógicamente, hay que comprar con dólares reales de la primera vida.
El volumen de negocio de Second Life es brutal y, con cifras que se van actualizando casi al instante, tiene ya más de dos millones de cuentas de usuario –aunque el número de personajes habituales oscila entre los 250.000 y los 300.000- y un producto interior bruto (PIB) de casi 70 millones de dólares, dólares reales que ya superan el PIB real de algunos países reales.
Toti Rydell sigue deambulando en ese mundo virtual demasiado similar al real, anodino, materialista, frío, atravesado por el rayo de la mediocridad, más parecido a los tonos pastel de las mujeres robot de
Las esposas perfectas que a las penumbras, el caos, la eterna lluvia y los puestos de wok abiertos de madrugada de
Blade runner.
Toti Rydell deambula, pero no puede huir. Ni interactuar sin un falso dinero que nada tiene de mundo paralelo. El supuesto espacio subversivo, revolucionario, alternativo, no es más que un clon mediocre, apático y de movimientos cansinos de un mundo engullido por su propia vanidad
(“Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad”, Eclesiastés).
Second Life es como adentrarse y abandonar Las Vegas sin parar. Después de cientos de kilómetros de autopista con un entorno árido, unos pequeños destellos en la distancia auguran la entrada a un supuesto paraíso. La entrada real, al menos de día, es una deprimente secuencia de silencio, grandes avenidas, neones sin la luz que de noche disfraza el supuesto paraíso, cabezas bajas. Abandonar Las Vegas es también un ejercicio de nostalgia inmediata hacia esas avenidas sucias, ni que sea por el contraste, de nuevo, con el desierto, con la nada, con la angustia del silencio y la muerte segura en caso de abandonar la senda. Y eso, es para Toti Rydell la supuesta vida en Second Life. Toti Rydell parece mirarme desde la terraza de un edificio aséptico. Parece pedir ayuda. Parece haber renunciado a querer crear un hombre nuevo. Parece otear un horizonte en el que pensaba que encontaría efluvios de superproducción futurista y en el que ha topado con la banalidad de un telefilm costumbrista.
Dejo de llamarme Toti Rydell. Vuelvo a mi primera vida y dejo que las cadencias cool de John Coltrane me envuelvan con su Love supreme, el lamento más sincero, una de las alabanzas más crudas y directas que jamás se haya dirigido a Dios, al único creador de una primera y una segunda vida. Y para pasar de una a otra no necesitamos dólares Linden.
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