Asabe lucha contra el trauma a través de su fe tras los brutales asesinatos de sus 3 hijos y su marido por extremistas fulani en Nigeria.
Advertencia: Esta historia contiene detalles profundamente tristes que pueden resultar especialmente sensibles para algunos lectores. Recomendamos leer con tranquilidad y sabiduría, recordando la esperanza que estas personas tienen en DIos en medio de su gran dolor.
Asabe* aún recuerda las palabras de los pastores de ganado armados. «Cuando entraron, venían fanfarroneando y hablando en fulani», dice.
En mitad de la noche, pastores nómadas fulani amenazaron a Asabe y a su familia: «¿Dónde está vuestro Dios? Que baje para que podamos matarle a Él antes de mataros a vosotros, sus seguidores».
El 14 de abril de 2025, cerca de la medianoche, los militantes irrumpieron en la comunidad de Asabe, en el Área de Gobierno Local de Bassa, en el estado de Plateau, al norte de Nigeria (el país donde más cristianos son asesinados por su fe en la actualidad, según la LMP 2026). Asabe y sus hijos dormían en sus habitaciones cuando los despertó el sonido de los disparos.
Los militantes fulani llevan atacando Irigwe, donde vivía Asabe, desde 2001. A lo largo de 2025, atacaron al menos 28 comunidades en el estado de Plateau, incluida la de Asabe.
Ella recuerda cómo llegaron los extremistas al pueblo.
En un momento dado, rodearon la casa. «Cuando se abrió la puerta, entraron y se llevaron a mi hijo Jerry. Tenía 14 años… y lo degollaron como a un animal». Jerry era el mayor. «Luego cogieron a James y a Jacob…» Sus hijos, de tan sólo 10 y 2 años, fueron quemados vivos.
Asabe, su hija Joanna y su suegra permanecieron escondidas en el baño, sabiendo que en el momento en que salieran, les dispararían o atacarían a machetazos. Algunos atacantes intentaron forzar la puerta, pero ellas la bloquearon con todas sus fuerzas.
El marido de Asabe, Moses, sabiendo que sería el siguiente en morir, se escondió en el tejado.
Los atacantes se llevaron los objetos de valor, prendieron fuego a la casa con la familia dentro para que ardiera.
El calor de las llamas se hizo insoportable. Asabe decidió arriesgarse y salir, aunque eso significara que la mataran. La puerta ardía y no podía abrirla. Cuando gritó pidiendo ayuda, los vecinos acudieron a rescatarlas. Entonces recordó que Moses seguía dentro…
«Me quedé de pie, mirando cómo mis vecinos sacaban a mi marido en brazos», recuerda. Moses fue evacuado de urgencia al hospital... pero sus heridas eran demasiado graves y no pudieron salvarlo.
Asabe también fue trasladada urgentemente al hospital. Tenía quemaduras en el cuerpo y en un pie. Pero antes de marcharse, volvió corriendo a la casa, donde vio los cuerpos mutilados de sus hijos. «A Jerry le dieron machetazos y le partieron la cabeza en tres… a James, de 10 años, y a Jacob, de 2, los cubrieron con ropa y les prendieron fuego». El cuerpo de James quedó irreconocible.
El impacto tras las muertes
Asabe sigue luchando con sentimientos de culpa.
«¿Podría haber hecho algo para salvarlos? Cuando ocurrió, no dejaba de pensar en que si hubiera sabido que vendrían esa noche, no habríamos dormido en casa…».
En total, 52 personas murieron ese día. Esta es una de las muchas masacres que tuvieron lugar en Nigeria el año pasado.
La violencia busca paralizar a la Iglesia. Los asesinatos son selectivos y se cometen deliberadamente para hacerle daño y debilitar su capacidad de cumplir la Gran Comisión. Los hombres como Moses son asesinados intencionalmente porque son los proveedores y protectores de sus familias. Los militantes saben que, además, suelen ser los líderes de la iglesia. Y los chicos jóvenes, como Jerry, James y Jacob, son asesinados, borrando parte de la futura generación de la Iglesia.
La pérdida de los hombres y jóvenes de una familia deja a las mujeres y a las niñas en una situación de vulnerabilidad: sin capacidad de proveer para sí mismas ni de protegerse ante futuros ataques, y con un trauma en la mayoría de los casos muy grave. Asabe lo sabe de primera mano.
El día del funeral colectivo, Asabe no estaba en condiciones de asistir. Esta ausencia inevitable, unida al hecho de que nunca vio los cuerpos de su marido ni de su hijo James, hace que el duelo sea muy difícil. Visitar sus tumbas es especialmente duro. Además, no le queda nada para recordarlos, ya que todo fue destruido en el incendio.
La pequeña Joanna, hija menor de Asabe, ha sido un consuelo para su madre. Aunque sólo tiene seis años, le recuerda la justicia de Dios y la perspectiva de la eternidad. «Joanna me dice: "Va a llegar un día en que Dios reunirá a los malvados y los castigará. Hemos sido rescatadas, y algún día veré a papá y a mis hermanos"».
Las palabras de Joanna y la promesa eterna de Dios le dan fuerzas. «Tuve fe en que Dios usó a mi hija para ayudarme», afirma Asabe. «Al tercer día después del incidente, me fortalecí y dejé de llorar, y Dios envió al Espíritu Santo, y Él me consoló».
El arduo camino del perdón
El trauma le ha traído una profunda depresión e hipertensión arterial a esta cristiana nigeriana. La recuperación ha sido un camino difícil. Hubo momentos en que pensó en quitarse la vida. La ira y la amargura podrían haberla consumido fácilmente a ella y a quienes la rodeaban.
Pero seis meses después del ataque, en octubre de 2025, los colaboradores locales invitaron a Asabe a participar en un programa de atención postraumática de cinco días en el centro de trauma Shalom.
La consejería bíblica que recibió en el centro la acompañó a través del proceso de duelo y comprensión del trauma.
«Lo que me ha fortalecido en la vida es asistir a los cultos y a los programas de la iglesia», agradece, añadiendo que la palabra de Dios también le ha traído consuelo. Asabe ha aprendido sobre la soberanía de Dios. «Sinceramente, cuando me encontré en esta situación tan difícil, volví a estudiar las Escrituras y encontré fuerza en el libro de Job. Leí el capítulo uno y me detuve en el capítulo tres. Lo que aprendí de esos versículos es que Dios es quien da todo, y es Él quien lo recupera cuando lo considera oportuno. Incluso mis hijos por los que lloro… Cuando Dios iba a dármelos, no me consultó, y cuando decidió llevárselos, tampoco estaba obligado a decírmelo».
«Quiero dar gracias a Dios», dice Asabe. «Sinceramente, cuando volví de las sesiones de ayuda, estaba muy feliz por la enseñanza que recibí». Ahora, incluso es capaz de hablar con personas fulani y compartirles su fe en Jesús. Eso no era posible poco tiempo después del ataque.
Recuerda la primera vez que subió a un keke (un tuk-tuk) con algunas personas fulani después de perder a su marido y a sus hijos, y les dijo con valentía: «Aunque muera en el keke, sé a dónde voy. Id y decid a vuestra gente que sentí el dolor del fuego, pero si no se arrepienten y no paran las matanzas, llegará un día en que se enfrentarán a la ira de Dios. Nadie permanece en la tierra para siempre».
Tras recibir atención postraumática, Asabe pudo hacer el arduo trabajo de perdonar a sus agresores y amar a la gente fulani de su entorno. Así quedó en evidencia la Navidad pasada.
«Donde vivo ahora, estamos cerca de un asentamiento fulani. Seis mujeres de este grupo pasaban por allí cuando oí a un hombre gritarles. Cada vez que los cristianos ven a fulani, piensan que vienen a sembrar el caos», explica Asabe. «Le dije que las llamara y que vinieran a mí. Se acercaron y les dije: "Hijas mías, sentaos." Ese día les di comida. También les até chin-chin (una galleta nigeriana que se comparte especialmente en Navidad) en una bolsa y se la di, porque Dios me ha dicho que las perdone».
Pero también sabe de primera mano que el perdón exige una entrega diaria. «Como soy de carne y hueso, aunque perdone, a veces me vuelvo a enfadar mucho con ellos, como si hubiera ocurrido hoy», confiesa con honestidad. «Sinceramente, he perdonado, porque, aunque vea a un fulani, le saludo. Estoy orando por ellos para que Dios los cambie».
«Ora por mí»
Consciente de su profunda y constante necesidad de oración, Asabe nos pide que oremos por ella: «Os doy gracias por todo lo que hacéis por el Evangelio. Orad por mí para que yo también ore por otros, así como vosotros me ayudáis orando por mí».
«Por favor, ayudadme a orar, porque perder a mi marido me ha traído muchos problemas. Murió y me dejó con dos hijos. La mayor está casada, pero la pequeña está conmigo. Por favor, orad por mí, para que crezca conociendo a Jesús. Uníos a mí en oración porque a veces revivo todo esto, siento como si el incidente hubiera ocurrido hoy, y no paro de llorar».
Nos pide que oremos por muchos cristianos que han sufrido violencia y se han visto desplazados de sus hogares. «Por favor, orad para que Dios les ayude, porque enfrentamos mucha persecución en Nigeria. No soy la única. Hay muchas viudas como yo en este país cuyos maridos fueron asesinados. Por favor, orad por nosotras, para que Dios nos fortalezca y haga que estos ataques cesen, para que podamos volver a nuestros hogares. Algunas ni siquiera tenemos casa. Las matanzas nos han dejado sin hogar o hemos tenido que abandonarlos. Orad por nosotras, para que podamos regresar a nuestros hogares ancestrales».
El tiempo ha sido un gran sanador; además, Asabe sigue recibiendo apoyo y cuidado de su comunidad y de los colaboradores locales. También está más motivada para vivir una vida que honre a Dios y sirva a su comunidad. Por ejemplo, forma parte de un grupo de mujeres y de un grupo de viudas.
«Dios mismo me eligió y me puso en un grupo de viudas… para que podamos animarnos mutuamente y orar y adorarle juntas», asegura. Y añade un comentario sorprendente, reflejo de su fe profunda y creciente: «Le decimos a Dios que estamos agradecidas porque no nos elegimos nosotras mismas para ser miembros del grupo de viudas. Es Él quien nos ha elegido, y Él sabe cómo cuidará de nosotras».
En la mente y el corazón de esta fiel viuda, su oración es clara: «Dios tiene un propósito conmigo, por eso sigo viva, y le pido que me ayude a cumplirlo».
En el norte de Nigeria, los cristianos como Asabe necesitan una ayuda integral para seguir siendo testigos fieles de Cristo. A través de la ayuda de emergencia, atención postraumática, apoyo a las viudas, desarrollo socioeconómico y preparación de la Iglesia para enfrentar la persecución, estos cristianos reciben ayuda para vivir vidas que glorifican a Dios. Con tus oraciones y apoyo continuos, se puede seguir restaurando vidas y garantizando que la Iglesia en el norte de Nigeria permanezca fiel en medio del fuego de la persecución.
«¡Mirad estos regalos!»
El 19 de mayo de 2025, un mes después del ataque a la comunidad de Asabe en el norte de Nigeria, los colaboradores locales proporcionaron apoyo alimentario. Unas 150 familias cristianas, incluida la de Asabe, recibieron 100 kg de maíz, 25 kg de arroz, 25 kg de alubias y algo de dinero para comprar condimentos y aceite. Fue un momento agridulce para la comunidad, que recordaba su dolor, pero daba gracias a Dios por la ayuda.«Doy gracias a Dios por mis hermanos cristianos. Me han apoyado con comida; incluso esta ropa que llevo, no la compré con mi dinero», compartió Asabe ese día. «Mirad estos regalos: todos lo hacen por Dios. Que al recibirlo nos fortalezcamos en nuestra fe».
«Joanna es la más pequeña, pero la sentaré y le contaré que incluso cuando ocurrió el ataque, la ayuda que recibimos vino de personas que conocemos y de personas que no conocemos. Y le diré: "Haz tu parte, para que un día puedas ayudar a otros"».
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