La Iglesia actual en Yemen tiene mucho que ver con la Iglesia primitiva: formada por antiguos perseguidores del evangelio que ahora se reúnen en casas y afrontan el peligro con fe.
Aunque Yemen castiga la apostasía con la pena de muerte y los cristianos se reúnen en la clandestinidad, Zaid* tiene una visión clara: fundar 40 000 iglesias en casa activas en todo el país (el tercero más peligroso del mundo para seguir a Jesús).
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¿Cómo? Con la ayuda de Dios, este valiente líder se atreve a resistir en su país con su ministerio, tan peligroso como necesario e inspirador.
Y todo empezó una fría tarde cuando Zaid* fue expulsado de casa de sus padres.
Vagaba por las calles de su ciudad en Yemen, perdido, confundido. Los pensamientos le asaltaban: «¿Merece la pena esta nueva fe? ¿Merece la pena todo lo que estoy viviendo?».
Ser cristiano es la razón por la que le obligaron a abandonar el hogar familiar. Por eso le golpeó su padre, un hombre que siempre le había demostrado amor a Zaid. Por eso le encerraron en su hogar durante dos días antes de echarlo a la calle. Por eso las personas que más quería en el mundo le rechazaban.
«Pasé esa noche en la calle», recuerda. «Dormí allí. No tenía adónde ir, y no podía pensar con claridad para encontrar una solución».
Mientras las dudas se sucedían una tras otra, Zaid temblaba de frío. Pero en medio del caos, un pensamiento claro atravesaba la devastación emocional y física: «Sí, conocer a Jesús merece todo lo que estoy viviendo».
El camino de Zaid con el Señor no ha sido fácil, ni seguro. Pero escuchar a este valiente hermano yemení es un recordatorio de lo que Dios hace en la vida de millones de personas que resisten, arriesgando todo por su fe.
Y todo comenzó con un sueño.
Zaid creció en un hogar musulmán conservador en Yemen, el tercer país más peligroso del mundo para seguir a Jesús en la actualidad, según la LMP 2026.
«Desde pequeño veía a mis padres y a mi familia rezar y adorar», recuerda. «La oración era una obligación importante y fuerte».
Las oraciones diarias eran un deber. Se le enseñó a Zaid que el amor de Dios hacia él dependía por completo de cómo cumpliese sus obligaciones.
«Tienes que rezar; y si no rezas, Dios no te amará y acabarás en el fuego, ardiendo como un pollo en el asador», dice, recordando cómo le educaban. «El islam y Mahoma lo eran todo en mi vida».
Zaid hizo todo lo posible por evitar que ese dios le rechazara. «De pequeño rezaba y me aseguraba de ir a la mezquita con regularidad. Seguía todas las enseñanzas y los rituales, intentando “agradar” a Dios», reconoce.
«Quería que Dios me amara y estuviera complacido conmigo para poder garantizarme una vida después de la muerte. Me sumergí en los estudios islámicos, leí y memoricé partes del Corán. Defendía el islam en Internet con toda mi alma y quería que la gente supiera que el islam es el único camino.
Sin embargo, en el fondo, yo mismo no estaba muy convencido».
Zaid tenía 16 años cuando empezaron las dudas. Recuerda una noche, tras terminar sus tradicionales rezos nocturnos, en que se preguntaba: «¿Iré al paraíso? ¿Está garantizado?». Como musulmán practicante que sigue todas las normas de la religión, pensaba que debería poder entrar.
«Pero también, por un simple percance, [me di cuenta de que] Dios [podía] odiarme y todo este esfuerzo habría sido en vano», recuerda Zaid. «Puede impedirme entrar al paraíso por un solo desliz».
Mientras él permanecía sentado, pensando y mirando el cielo estrellado, más dudas e ideas le inundaban la mente: «¿Por qué me ha creado este Dios vengativo?», se preguntaba. «¿Me quería aquí para rezar y hacer estos rituales continuamente y después, un día, morir?».
Zaid comprendió que no tenía ninguna garantía de una buena vida después de la muerte, y este pensamiento le atormentaba. «Empecé a dudar de todo, incluso de esta religión con la que me crié hasta el fondo», dice.
Comenzó a explorar otras creencias y religiones de las que había oído hablar y a poner a prueba su propia fe. Poco a poco, al profundizar, empezó a ver fallos en su religión.
«Muchas ideas con las que me crié ya no tenían sentido para mí», explica. «La vida del profeta, la historia del islam… algo estaba mal. Dejé de leer el Corán, luego dejé de rezar cinco veces al día… Pero al dejar esas prácticas, también me asaltaban pensamientos aterradores: ¿Adónde voy?»
Finalmente, Zaid aceptó que había abandonado el islam. Algo difícil, puesto que su religión había sido realmente importante en su vida y en la de su familia.
Este paso dejó un vacío en su corazón. «Aunque sentí que me quitaban un peso enorme de encima al no haber más obligaciones que seguir ciegamente, la confusión seguía ahí», dice.
Y así comenzó su búsqueda.
Zaid sabía que en algún lugar existía una Verdad real, y necesitaba encontrarla. «Estaba activo en Internet y usaba las redes sociales para investigar y debatir».
Mientras que antes usaba las redes para defender el islam, ahora estaba en el bando contrario. «Mi propósito había cambiado. Quería convencer a la gente de abandonar el islam, como yo había hecho. Quería hablar con agnósticos o ateos como yo. Necesitaba pertenecer a un lugar».
Tras seis meses de búsqueda, el vacío creció. «Me sentía solo», confiesa. «No había nadie con quien hablar, nadie con quien compartir mis desafíos».
No podía contarle a su familia sus pensamientos y sus luchas; solo tenía un amigo en quien confiar, y ese amigo no siempre estaba disponible.
«Fue una época dura para mí», recuerda. «Empecé a leer un poco sobre el judaísmo, luego un poco sobre el cristianismo, luego un poco sobre el ateísmo. Rebuscando en Facebook, YouTube, motores de búsqueda… Necesitaba encontrar respuestas, algo que pudiera llenar ese vacío que crecía».
Zaid recurrió a diversas cosas en un intento por llenar ese vacío. «Empecé a consumir khat [un estimulante leve muy extendido y legal en Yemen]. Poco a poco caí en la pereza. No tenía ningún sentido de propósito. Usaba palabras malsonantes, frecuentaba malas compañías, y el vacío solo crecía. Mi salud mental también empeoró. Empecé a consumir drogas y también a traficarlas. Estaba completamente perdido».
Y entonces una pérdida aún mayor hizo mella en Zaid. En medio de la guerra civil que devastó Yemen, murió su mejor amigo. Era su persona de mayor confianza, el que trabajaba con él y escuchaba sus preguntas, pero también el que le animaba a consumir drogas.
La pérdida hizo que Zaid se sintiera aún más solo. «Cuando supe que se había ido, me quedé destrozado», recuerda. «Estaba cansado. Estaba vacío. En medio de los desafíos y las catástrofes, no había nadie a mi lado. Me quedé solo con mi dolor y mis preocupaciones».
Zaid continuó su búsqueda de la verdad, viviendo una vida vacía, cada día más desesperanzado.
Entonces Jesús le encontró.
Mientras lloraba la pérdida de su mejor amigo, Zaid continuaba su búsqueda de sentido, aprendiendo lecciones nuevas sobre el cristianismo.
Descubrió cosas que nunca antes había escuchado. «Mi imagen de los cristianos estaba muy distorsionada», explica.
«Para mí, los cristianos eran infieles. Creían en tres dioses y comían carne de cerdo… en resumen, gente repugnante. Eran nuestros enemigos. Pero lo que encontré en internet me resultó intrigante».
Al principio, Zaid no estaba convencido. «Leía sobre el cristianismo para atacarles», reconoce. «Intentaba ganar debates con ellos en foros. Sin embargo, cuando me daba cuenta de que no podía ganar, les insultaba para ver cómo reaccionaban. Lo que me atraía de ellos era su amor. ¡Tenían amor y no me insultaban!»
Zaid ha vivido toda su vida en Yemen, pero nunca antes había oído hablar de Jesús más allá de los versículos del Corán que lo mencionan como profeta.
Nunca había conocido a un cristiano en persona. Y comprendió que no sabía nada de la fe cristiana.
«Poco a poco, empecé a escuchar para entender y no para discutir», dice. «La idea de que Dios nos amaba, de que nos había creado a Su imagen, y de que había enviado a Su Hijo a morir por nosotros eran pensamientos y verdades completamente nuevos para mí».
Con el tiempo, Zaid decidió llamar a este «nuevo» Dios sobre el que estaba leyendo y escuchando. «Una noche, antes de ir a dormir, le pregunté: “Dios, si existes en el cristianismo, dímelo, y vendré a Ti. Si existes, dime: ¿Dónde estás? Sálvame”».
Esa noche, y durante varias noches consecutivas, Zaid tuvo el mismo sueño.
«Estaba en un jardín exuberante y verde, y vi una luz intensa que brillaba. Esta luz se acercaba a mí, y entonces una voz dijo: “Dejé las 99 ovejas y vine por ti”. Me desperté sobresaltado», comparte Zaid, con lágrimas en los ojos al recordar el sueño tan vívido.
«Encendí el móvil y, nada más desplazarme por la pantalla, apareció una foto: un jardín exuberante y verde con la figura de Jesús de pie, rodeado de ovejas.
Escrito en esa foto estaban las mismas palabras que había escuchado: “Dejó las 99 y vino por ti”. En ese momento, sentí que el mundo se detenía».
Zaid se dio cuenta de que había recibido la confirmación que buscaba: «Sentí un gozo indescriptible. ¡Descubrí a Dios! En esos momentos comprendí que el Dios del cristianismo es el Dios verdadero. ¡Jesús era Dios!»
Y así comenzó el camino de Zaid con el Señor.
Un bautismo “público”
Zaid tenía urgencia por aprender más sobre Jesús. «Descargué una aplicación de la Biblia y empecé a leer», dice. «Doy gracias a Dios por haberse revelado a mí.
Me salvó de la oscuridad en la que me hundía. Me trajo del islam, al ateísmo, y luego a Su luz. Ese sueño fue el punto de inflexión en mi vida como ateo, y empecé mi vida como creyente».
Sin embargo, la idea de que Dios es amor fue la más difícil de asimilar para Zaid. Al haber crecido con una imagen distorsionada de Él, tuvo que desaprender lo que conocía y abrazar una nueva imagen de Dios.
«Tenía sed», dice. «Quería aprender y conocer más, pero ¿cómo podría hacerlo? Me puse en contacto con algunas personas a través de Internet».
En Yemen, no hay iglesias públicas a las que la gente pueda ir a aprender más sobre Jesús. «No había reuniones presenciales con otros cristianos; todo se hacía a través de Internet», dice.
«Durante un año y medio, atravesé un proceso de discipulado y crecí en mi fe en Jesús. A través de WhatsApp, me escribía constantemente con un hermano llamado Alaa*. Nunca le conocí. Ni siquiera sabía cómo era. Ni siquiera escuché su voz. Solo nos escribíamos a través de texto, por razones de seguridad. Pero quería aprovechar todo lo que pudiera».
Mientras era discipulado en su nueva fe, Zaid decidió bautizarse y obedecer la Palabra que tanto leía.
«Alaa me dijo que lo organizaría», cuenta Zaid. «Enviaría a un hermano que vivía cerca de donde yo estaba, y podría bautizarme si mi decisión era en serio. ¡Por supuesto que lo era! ¡Quería obedecer!»
El bautismo de Zaid conllevaba riesgos. Si le atrapaban a él o al hombre que venía a su encuentro, podían encarcelarles o incluso matarles. Pero Zaid sabía que su compromiso con Jesús era mayor que cualquier peligro.
«Me encontré con el hombre [que envió Alaa] en una calle pública», recuerda Zaid. «Le estreché la mano y caminamos juntos hasta una piscina pública. Era un día concurrido y la piscina estaba llena de gente.
Bajamos los escalones hasta el rincón de la piscina. El hombre me hizo dos preguntas sencillas [sobre mi fe], luego me bautizó: dentro y fuera del agua, y nos fuimos enseguida. No le volví a ver después. Fue la primera vez que conocí a un cristiano cara a cara en Yemen».
Tras ese día, Zaid continuó su estudio de las Escrituras, apoyándose en el Espíritu Santo para que le guíe y le haga madurar su fe. «Me doy cuenta de que este Espíritu me permite hacer milagros en Yemen», dice.
«Por desgracia, una realidad común entre los jóvenes de mi país es que, cuando encuentran a Cristo, deciden abandonar Yemen para vivir su fe en libertad. ¡Les entiendo! Sin embargo, yo no quise y no quiero eso. Quiero quedarme y servir a mi pueblo».
La transformación en la vida de Zaid era evidente. «Era una nueva criatura en Él», explica. «Dios me liberó de mi adicción, me limpió, me ayudó a combatir mis malos pensamientos, y mi salud mental mejoró mucho. Cuanto más tiempo pasaba con Él, más me transformaba».
Pero en Yemen, eso significaba que el peligro estaba a punto de comenzar.
Cuando Zaid inició su ministerio, comenzó a sufrir ataques espirituales. «Aparecieron diversas dificultades con la gente a mi alrededor, pero cuando leía mi Biblia, siempre me sentía seguro», dice.
«Jesús nos dijo que en este mundo tendremos tribulaciones, pero nos prometió que no tendríamos que preocuparnos, que confiáramos en Él porque Él ha vencido. A través del dolor, la preocupación, los problemas… confié en Él».
No le dijo a su familia que había abandonado el islam, pero ellos percibían un cambio en él. «Me preguntaban: “¿Has dejado de fumar? Ya no te vemos mascando khat. ¿Lo has dejado?”. Me volví sobrio y mucho más maduro, y quienes me rodeaban se daban cuenta».
Sin embargo, que amigos y familiares reconozcan los cambios positivos también trae consecuencias. Zaid sabía que, si su familia descubría la razón de sus cambios de vida, su decisión de abandonar el islam sería para ellos una deshonra enorme, una decisión imperdonable.
«Le había hablado de Jesús a mis primos, y dos de ellos llegaron a seguirle», celebra Zaid. «Por supuesto, no todos los que escucharon las Buenas Nuevas las aceptaron. Las ideas nuevas no son bienvenidas en todas partes, ni por todos… especialmente mi padre».
Así es como Zaid acabó en la calle. «Había traído una Biblia a casa y la guardaba en mi habitación. Cuando mi padre la vio, me preguntó si las estaba coleccionando y qué hacía ese libro en mi cama. Le dije que me había convertido en cristiano, que Jesús es Dios y que había abandonado el islam».
Esta valiente declaración le costó todo. El padre de Zaid era una figura religiosa poderosa. Para él, su hijo era un infiel por abandonar el islam.
«[Mi padre] me golpeó fuerte», recuerda. «Tenía moratones por todo el cuerpo. Fue la primera vez que me ponía la mano encima. Vi un lado de él que nunca había visto. Mi padre es un hombre amable y cariñoso, pero su reacción fue todo lo contrario. Me golpeó una, dos y tres veces, [y luego] me encerró en casa dos días. Al final, mi hermano mayor intercedió. Entonces fue cuando me echaron».
Zaid fue expulsado de su propio hogar y repudiado por sus propios padres.
«[Me dijeron]: “Cuando recobres el juicio, vuelve. No le digas a nadie que te has convertido al cristianismo: arruinarás nuestra reputación. Qué deshonra”». Estas son las últimas palabras que Zaid escuchó de su padre. Son palabras que le duelen profundamente.
Sin embargo, las noches que Zaid pasó en la calle eran una confirmación y una prueba de su fe recién hallada.
«Dios nunca se ha apartado de mi lado», asegura. «No me abandonó en medio del camino. Pasé días en la calle; incluso dormí en la carretera. La noche siguiente la pasé en una mezquita abandonada, la otra con unos amigos, y luego dos noches en el apartamento de un familiar. Nadie más allá de mi familia inmediata sabía que me había convertido al cristianismo, así que podía visitar a mi familia extensa y quedarme con ellos unos días. En esos momentos tan difíciles, Su provisión me sobrecogió. Sabía que merecía la pena sufrir todo ese dolor por Jesús».
Zaid logró ponerse en contacto con dos amigos de la universidad a los que había hablado de Cristo, y decidieron alquilar juntos un apartamento en otra ciudad. Eso, en sí mismo, ya era un milagro para él.
«Dios lo cambió todo: puso en mí esta pasión, y Su Espíritu es lo que me mantuvo fuerte para seguir», afirma ahora. «[Nosotros] siempre recitamos el versículo: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” Así que sigo aferrado a Él. La Biblia también dice: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, y Su Palabra es lo que me ha sostenido y me sigue sosteniendo hoy. Si hubiera dejado de apoyarme en Su Palabra, habría muerto».
“Si Pablo pudo hacerlo… yo también puedo”
En esta nueva ciudad, Dios proveyó un trabajo para Zaid y le conectó con una iglesia local.
«Me dieron todo lo que necesitaba», recuerda Zaid. «Comencé a servir a las personas a través de la iglesia local. Discipulé a muchos; bautizábamos a nuevos creyentes, nos reuníamos cara a cara con los que buscaban con seriedad, y acompañábamos en el camino del discipulado a quienes perseguían la esperanza».
Tras un tiempo de ministerio activo, Zaid sintió que Dios quería que hiciera algo nuevo y diferente entre los yemeníes. «Mi visión es vivir como Pablo», explica Zaid.
«Él vivía en un lugar peligroso parecido al mío. Él estaba rodeado de fariseos; yo estoy rodeado de extremistas. Sin embargo, Pablo transformó su comunidad, sacándola de la oscuridad hacia la luz, con Dios y a través de Él. Quiero ser un espejo que refleje a Jesús. Por la gracia de Dios, me esfuerzo por llevar su buena noticia a todas las personas que me rodean, la acepten o no. Estoy sembrando; hay muchos tipos de terreno, pero yo intento cumplir mi papel».
Zaid también ve otras similitudes. Pablo fue un perseguidor de los cristianos que acabó arriesgando todo para compartir el evangelio en un entorno hostil… y que se negó a marcharse.
Esto es lo que Zaid quiere: permanecer en su país y servir a su pueblo cueste lo que cueste. «Si Pablo pudo hacerlo y era una persona, un ser humano como yo, entonces yo también puedo», dice Zaid. «Puesto que Dios está en nosotros, podemos ser una luz para quienes nos rodean».
Zaid ama de verdad su país, su gente y su sociedad. Por eso, nos pide oración por Yemen y su gente.
«Oro para que Yemen cambie, para que Dios reine sobre este país y no Satanás. Permanezco con mi familia, mis hermanos y mis seres queridos. Es importante despertarles. Viven en la oscuridad, y necesito que estén bien. Dios nos guía porque Yemen necesita a Jesús. No hay paz cuando no reina el Príncipe de Paz».
Mediante la ayuda de los colaboradores locales cristianos, Zaid está poniendo en marcha una casa de discipulado local donde los nuevos creyentes pueden reunirse, convivir y ser discipulados día a día.
Su visión es ofrecer un lugar seguro con estudios bíblicos diarios donde los creyentes puedan debatir juntos preguntas difíciles y temas complejos: un espacio para equipar a los creyentes y que puedan liderar iglesias en casa por todo el país.
«La población de Yemen es de 40 millones de personas», dice Zaid. «Mi visión es tener 40 000 iglesias en casa activas. Queremos llegar a una etapa en la que haya una iglesia en casa por cada 1 000 yemeníes, un lugar donde puedan disfrutar de la comunión y crecer juntos».
Pero Zaid y los demás cristianos en Yemen dependen de tus oraciones para hacer realidad esta visión. Saben que necesitan al Cuerpo de Cristo alrededor del mundo para fortalecer lo que queda en Yemen y hacer crecer al pueblo de Dios.
«Hace poco pedimos oraciones específicas por una reunión delicada que tuvimos, y los hermanos oraron por nosotros a través de una nota de voz de WhatsApp», agradece.
«Pusimos la grabación al comienzo de la reunión, y fue un aliento increíble. No solo para mí, sino para todos los hermanos presentes. Fue como una carga espiritual, igual que cuando recargas la batería del teléfono. Eso es lo que nos pasó entonces. Nos animamos muchísimo al saber que tenemos hermanos que oran por nosotros. Nuestras oraciones son lo más poderoso que tenemos».
Zaid ve la Iglesia en Yemen como una extensión de la Iglesia primitiva, otro grupo de iglesias en casa que arriesgó todo para seguir a Jesús. «Sé que Él nos protegerá y nos dará los mismos recursos que tuvo la Iglesia primitiva», dice.
«Cuando los discípulos fueron enviados a distintos lugares a predicar, Dios estaba con ellos, dándoles la capacidad y los recursos. Debemos ir a los lugares oscuros. Somos la luz y llevamos la luz dentro. Debemos [reflejar] la luz que hay en nosotros para que todo el mundo pueda verla».
Zaid te pide que ores con él y con otros líderes en Yemen. «Ora por la paz, no solo por la paz frente a la guerra, sino por la paz espiritual», pide. «Queremos que Jesús reine sobre Yemen. Que Dios abra los ojos de las personas para verle. Que el Señor continúe Su obra y me dé fuerzas para liderar el ministerio al que me ha llamado.
«Sinceramente, como persona normal, tengo miedo, sí. Pero si no asumimos riesgos, no podremos llegar a nuestras comunidades. Incluso los discípulos arriesgaron mucho: enfrentaron la persecución, fueron asesinados, golpeados, vigilados… pero gracias a sus sacrificios, la palabra de Dios llegó a nosotros. Un día quizá la policía me detenga, o alguien me mate, pero Dios estará conmigo».
*Nombres cambiados por motivos de seguridad.
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