Un homenaje a las madres que, aún cuando no están, siguen hablando al corazón.
LILI
Hoy me quedo contigo, con tu recuerdo, con tus alegrías, penas y con tus olvidos. Porque fue a tu lado con quien aprendí a vivir, a soñar, a volar, porque tus manos estaban llenas de heridas de amor, de cicatrices paridas del duro trabajo y de los sacrificios.
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Me quedo con tus historias de infancia traumatizada, sobrellevada a duras penas, superada como se pudo. Me quedo con tus esfuerzos por mantener a la familia unida, con tu fuerte carácter forjado por las pruebas de la vida, con las rendijas que me dejaron ver tu tierno corazón acorazado, quebrado, herido.
Me quedo con tu voz y con tus silencios, con las lecciones que aprendí de ambos. Me quedo con los años vividos bajo tu techo, con la resignación en tus ojos por mi marcha y me quedo con mi vuelta a casa para consolar tu vejez.
Me quedo contigo, porque en la enfermedad y el desvarío aprendimos otras formas de amar y continuar.
Me quedo contigo, porque tu coraje se convirtió en el mío, aprendí que frente a las pruebas no es opción rendirse y que el dolor solo puede ser un escalón para alcanzar la valentía.
Hoy ya no estás, pero yo, me quedo contigo.
Mami, en el día de tu cumpleaños y el aniversario de tu partida, yo me sigo haciendo el regalo de quedarme contigo.
Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre; porque adorno de gracia serán a tu cabeza, y collares a tu cuello. – Pr 1:8-9
Mati Sanchiz Rodríguez
LUISI
El día 9 de enero 2026 hizo dos años que nos dejaste. Los Reyes tardaron en llegar a aquella habitación de hospital, pero finalmente tuviste el mejor regalo, el de marchar a la presencia de Dios.
A veces pienso en ti y en papá, quien te adelantó marchándose siete años antes, y os imagino abrazados en los cielos, pidiendo permiso al Señor para echar un vistazo a la tierra para observar a vuestros hijos, nueras, nietos y biznieta. Aina está para comérsela.
Mami, tú que eras el terror de las carreteras con tu Seat 124 rojo y te viste obligada a tirar de bastón. Aunque en realidad la mayoría de las veces solamente arrastrabas tu báculo o lo llevabas levantado, sin tocar el suelo, tal vez para no desgastarlo.
En tu generosidad, quisiste guardar el caminador para otra persona que lo necesitara más que tú. Era mucho mejor apoyarte en mi brazo al caminar, de la misma forma que siendo un bebé aprendí a caminar de tu mano.
Fuiste una mujer de carácter, con tus problemas de nervios, pero fuiste una buena madre. Cuidaste de tu casa y nunca faltó un plato de comida caliente para cualquier visitante que apareciera por la puerta. ¡Tal vez algún día hospedaste ángeles!
Cuando yo era un niño recuerdo que tuvimos uno de los primeros televisores a color del barrio, y que los domingos desfilaba por nuestro comedor buena parte de la familia para ver en el gigantesco aparato “La casa de la pradera”.
Llegó también el programa concurso que causaría furor, “Un, dos, tres… responda otra vez” que presentaba el exboxeador peruano Kiko Ledgard con sus muchos relojes de pulsera que siempre llevaba puestos. ¡Qué alegría os llevasteis cuando nos tropezamos un fin de semana por la Rambla de Barcelona con Kiko Ledgard! Inmortalizado quedó aquel momento.
Los sábados tocaba limpieza en casa y para amenizar la tarea nos poníamos discos de Marifé de Triana, Juanito Valderrama u otros del mismo temple, y lo alternábamos con cassettes de canciones cristianas de Jordi Roig o el grupo Ressó, o poniendo el disco del grupo Shalom).
Íbamos juntos a la Iglesia Evangélica Betania, en la C/ Almería de Terrassa. Crecí escuchando a los pastores, Señor Viciana, Don Sixto Paredes y finalmente Don Francisco Villar.
En ocasiones nos visitaban pastores de otros lugares, como cuando venía Juan Antonio Monroy, David Ais, José María Martínez, José Grau o Juan Carlos Quinteros.
Con 11 años recuerdo cómo abrí mi corazón ante el mensaje más grande que había escuchado nunca, el de Jesucristo. ¿Cómo era posible que Dios, hecho hombre, hubiera pagado por mis pecados para regalarme su vida eterna y yo todavía no le hubiera abierto la puerta de mi corazón?
Lo comuniqué a mi profesora de la Escuela Dominical y empecé a leer la Palabra de Dios con hambre voraz. Memoricé los 10 mandamientos, las bienaventuranzas, infinidad de himnos… Incluso en algún culto libre, me atreví a leer en público un versículo que había conmovido mi alma. Al final de cuyo culto padres, abuelos y tías vinieron a abrazarme y felicitarme. Yo no entendía qué había hecho, pero fue bonito, hoy lo sé.
Pero mami, guardo en mi corazón una noche en que viniste a mi habitación a regañarme por tener la luz encendida, y… ¡qué sorpresa te llevaste cuando viste que estaba leyendo mi Biblia! Así que te echaste a llorar de puro gozo y me dejaste que siguiera leyendo. Mamá, gracias por tus lágrimas de alegría. Yo también me quedo contigo, con todo lo vivido a tu lado.
Gracias Dios por inventar a las madres.
Palabras del rey Lemuel; la profecía con que le enseñó su madre. – Pr 31:1
Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino. – Sal 119:105
Benji Gálvez Arqueros
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