Calvino apuesta no tanto por la reducción represiva del deseo, sino por eliminar una relación insegura con él, que es lo que hace que se torne compulsión…
Nuestro buen Cipriano de Valera, en su presentación a la nación española de la traducción que había realizado de la Institución de Calvino, al que califica de “doctísimo intérprete de la sagrada Escritura”, previene de que esta buena obra ha sido ensuciada por sus enemigos ensuciando el nombre de su autor, y así avisa a sus paisanos de que no tengan prejuicios por esa propaganda cuando lean la obra que les pone en mano.
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Que ya se sabe, Calvino es personaje incómodo, y seguramente por eso, mejor ni traerlo cerca, para lo cual el método más eficaz es presentarlo con su cara, aunque sea una máscara colocada por sus enemigos, más odiosa.
De ese modo se logran dos resultados: al despreciarlo se aparenta aprecio de lo moral y justo, y el desprecio se toma como acto de valor moral, aunque sea a una máscara, que eso no importa mucho.
De la obra que la semana pasada avisé, La revolución práctica de Calvino, (José Luis Villacañas), se pueden decir muchas apreciaciones.
Seguro que libro de referencia, de los que se tienen que usar con frecuencia y acudir al espacio de temas fundamentales para posteriores reflexiones, pero del que hoy quiero precisamente conversar un poco de un aspecto, que es general en la obra: la figura real de un Calvino que es lo contrario de la máscara que en el carnaval permanente de los que no pueden tragar al “Dios de Calvino”, han presentado y sigue recibiéndose.
“Se ha creído que Calvino ya es el puritano sectario que la publicidad inglesa, tanto “papista” como “anglicana”, se empeñó en desprestigiar desde el ultimo tercio del siglo XVI. Nada más lejos de la realidad.” (p. 153)
“...Yo no exijo una perfección evangélica tan severa que me niegue a reconocer como cristiano al que no haya llegado aun a ella. Entonces habría que excluir de la Iglesia a todos los hombres del mundo’, dijo una vez (III, vi, 5). Vemos en este pasaje que Calvino está lejos de la autosatisfacción como del rigorismo [negritas mías]. Lo que él promete no es la perfección, sino un método de vida. Lo dice con todas sus letras: ‘un cierto orden y método mediante el cual el cristiano sea dirigido y encaminado al verdadero blanco de ordenar convenientemente su vida’ (III, vi, 1). Método, regla, orden, dirección, fin, camino, las palabras centrales de la Modernidad, se suceden aquí en un único pasaje, aplicadas al trabajo psíquico. ‘A mí, por disposición natural, me gusta la brevedad’, dijo inmediatamente después. Resulta evidente que estamos lejos de las prolijas indecisiones y discusiones de los escolásticos. La suya habría de ser ‘una simple doctrina’ accesible a todos, y no a los virtuosos.” (p. 154)
Que al final Calvino pretenda humanizar la vida humana, como nuestro autor explica ampliamente, con textos de la propia Institución, para los que lo leemos con amistad no resulta extraño, pero seguro que suena imposible a más de uno.
Pero eso es lo que que tenemos en la enseñanza moral de Calvino. Por eso tendrá siempre, y eso forma parte de su núcleo de rechazo tanto de un tipo de política como de otro eclesiástico, una oposición radical al narcisismo natural o espiritualista.
“El psiquismo que Calvino desea configurar se basa ante todo en el goce de la certeza, no en la angustia por obtenerla. Por supuesto, no hablamos de autoafirmación directa del receptor de la gracia, ya que hemos mostrado la hostilidad de Calvino hacia el narcisismo, tanto originario, el natural, como el derivado, el espiritualista…
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Esa certeza, por supuesto, no está referida a las propias fuerzas, sino al disfrute de los beneficios de la gracia en la medida en que se concretan en la pertenencia a la comunidad eclesial de los elegidos…
No es un orgullo personal, sino la certeza de la pertenencia…
No dice nada de la verdad psíquica de nadie en particular, que es más bien irrelevante y monótona, dado el carácter natural de las pulsiones, sino que habla de la verdad de la relación entre esa comunidad y la divinidad…
Y no ciertamente por el mérito o la calidad de la misma, sino sencillamente por ser grata al Dios trinitario.” (p. 155)
“Es muy relevante identificar esta conexión psíquica causal que ha visto Calvino entre certeza, confianza y moderar el deseo…
El control del deseo no es consecuencia directa de la represión expresa e inmediata, técnicamente imperiosa, compulsiva, ascética. No tiene nada de esa lucha épica del viejo eremita. La moderación del deseo es fruto de la confianza en que lo necesario nos será dado…
Calvino apuesta no tanto por la reducción represiva del deseo, sino por eliminar una relación insegura con él, que es lo que hace que se torne compulsión…
La represión no es eficaz para bloquear la pulsionalidad, pues una vez que esta surge dominante es que algo mucho más profundo está desarreglado. Esa era la paradoja de la ascesis clásica, que cuanto más bloqueaba el deseo más dependía de él y más lo intensificaba en una tiranía creciente…
Solo la conciencia serena y confiada de que cuando se haya de atender al deseo se tendrá el medio de resolverlo, elimina la pulsionalidad, que una vez más es manifestación de inseguridad y de una lógica preventiva intensificada…
Ni apetecer demasiado ni esperar demasiado, ambas son fruto de la certeza de salvación…
Que Calvino haya previsto la confianza segura en ‘la solo bendición de Dios’, es la otra cara de su ‘desconfianza de la habilidad y la diligencia de nuestro propio ingenio’.” (III, vii, 8-9) (p. 156)
“Frente a la imagen convencional que se tiene de Calvino, este denuncia con claridad el peligro de los que ‘ligan la conciencia mucho más estrechamente de lo que requería la Palabra de Dios’… que consideran al ser humano en su soledad y aislamiento animal, al eremita encima de su columna…” (p. 161)
Esta dimensión comunitaria es imprescindible en la moral y teología de Calvino. De eso se trata en su vivencia de la vocación.
“Se trata del principio de que ‘en todos los actos de la vida debemos considerar nuestra vocación’ (III, x, 6). Este concepto ofrece el esquema de la relación entre duración de temporalidad larga y santificación…
Podemos llamar vocación al principio unitario de administración del psiquismo, el que dota de dirección vertebrada a la conducción racional de la vida, de tal manera que esa dirección aparece de forma continua al propio portador como deber concreto…
Es un principio de orden personal y social, pero ahora es universal y en modo alguno privilegio de los clercs. Constituye ‘manieres de viure’ (versión francesa), que registran ‘todos los actos de su vida’.
Ya no se trata, como en el caso de Sócrates, de resistir allí donde el general nos pone en la batalla mientras esta dura, sino de permanecer de por vida allí ‘donde el Señor te ha colocado’ para evitar la distracción y el vagabundeo, la verdadera inclinación del ser humano.
Aquí se descubre la verdadera relevancia de la disciplina y su capacidad de modular la dimensión de la fe, constitutiva de la dimensión eclesial…
Solo en la medida en que las obras proceden de la disciplina son valiosas. Solo la vocación permite disciplinarse con las formas de producción de alegría ya dichas. No las obras sueltas, puntuales, generosas o magnánimas, sino las obras disciplinadas, continuas, metódicas…
‘Esta distinción es tan necesaria que todas nuestras obras son estimadas delante de Dios por ella y con frecuencia de una manera muy distinta de lo que opinaría la razón humana y la filosófica’ (III, x, 6)
La diferencia procede la vocación, que es el ‘principio y fundamento para gobernarnos bien en todas las cosas’. Principio de la totalidad de la existencia, la vocación es el esquema de un deber concreto que reduce a mera apariencia moral los actos singulares…
Con este argumento, la vocación queda elevada a principio religioso que vincula al singular con la comunidad y con el mundo, desde luego, pero también con la trascendencia…
Se puede decir que así se generalizó y universalizó la disciplina monacal, pero con ello no identificamos lo importante…
La nueva actitud solo podía justificarse por los vínculos de vocación con esta vida, no abstractamente con la futura…
No promueve el desprecio del mundo, sino su administración y su orden.” (p. 163)
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