Un gato callejero, libre, audaz, el mimado sin méritos propios, ahora es el dueño de la estancia. Quedó huérfano de sus abuelitos adoptivos.
Solo quedó una casa, sola, vacía, tan solamente ocupada por mil recuerdos, ecos de ayeres felices, de reuniones de amigos, de tardes de telenovelas, de olor a hogar, comidas familiares, navidades de zambomba y gorritos de Papá Noel.
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La alegría del patio se volvió mustia, en un desierto de atenciones donde reposan las macetas y quedaron marchitos los rosales, el limonero y el jazmín.
Un cactus, acostumbrado a las escaseces, ese que se coronaba de flores rosadas, cayó dormido una noche cualquiera. Alguna queja y dolores contenidos dejaron sombras en las paredes que una nueva pintura intentó borrar.
Un gato callejero, libre, audaz, el mimado sin méritos propios, ahora es el dueño de la estancia. Quedó huérfano de sus abuelitos adoptivos, dos personas entrañables que le habían aceptado en su familia sin ninguna condición.
Fue tratado con todo esmero y mejor que lo fueron algunos humanos, alimentado con sus platos preferidos y dejado a su aire cuando le venía en gana.
Ahora les busca con maullido triste mirando a través de los visillos de las ventanas y aunque ellos ya no están no abandona su casa.
Ahí sigue su cojín favorito en el que duerme, su mejor comida siempre en el mismo sitio y la agüita fresca cada día.
Él, el Peque, la herencia viva que vino de regalo a un nuevo dueño, que, aunque no lo quiso ni lo buscó, le sigue mimando con el mismo amor y le responde a sus maullidos:
— Ya no están Peque, marcharon a una Casa más grande en los cielos.
Entre los recuerdos heredados que llenan la casa, una gran Biblia emerge triunfante, símbolo de una fe que ha pasado de generación a generación.
El hijo la mira mientras el Peque se deja acariciar. Una oración, una idea, una llamada y un viaje. Hoy esa Biblia grande, abierta de par en par, preside el altar de una hermosa iglesia que el hijo ayudó a fundar hace ya muchos inviernos.
En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis. Jn 14:2-3 RV95
La hierba se seca y la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece firme para siempre. Is 40:8 DHH
El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mt 24:35 RV60
Mati Sanchiz Rodríguez
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