Ambos criterios se encuentran hermanados en un mismo párrafo del ensayo EN TORNO A GALILEO, de 1933. Por este tiempo la República cumplía dos años de su instalación en el país y la cuestión religiosa era objeto diario de debate en el parlamento, en medios de comunicación y en la calle. Ortega confiesa su alejamiento de la Iglesia católica, pero al mismo tiempo niega que sea anticlerical: “Como ustedes saben, yo, que no soy católico, no tengo un solo pelo de anticlerical”.(10)
En otro lugar de sus escritos se expresa con idéntica convicción: “Yo, señores, no soy católico y desde mi mocedad he procurado que hasta los humildes detalles de mi vida privada queden formalizados acatólicamente; pero no estoy dispuesto a dejarme imponer por los mascarones de proa de un arcaico anticlericalismo”. (11)
Arcaico o de última hora, Ortega rechaza a la Iglesia católica y se enfrenta a ella en varios de sus escritos. La ve como lo que en realidad es, una institución absolutista y prepotente: “La Iglesia es un poder muy complejo, es una organización internacional. Puede decirse de ella lo que de una orden religiosa decía en el siglo XVIII el abate Goliani: “La Iglesia católica es una espada que tiene el puño en Roma y la punta en todas partes”. (12) Aludiendo al político José María Gil Robles en un artículo sobre el ingreso de las derechas en la República, Ortega insiste en el poderío católico: “No se puede olvidar que detrás del señor Gil Robles está la figura de la Iglesia. Y en esta hora de nuestro camino nacional –camino de ventura o camino de amargura, pero nuestro- no puede haber equívocos en la actitud de un poder como el romano; poder, sin duda, muy elevado, más también poder extranacional”. (13)
En su crítica a la monarquía de Alfonso XII la concibe como una sociedad de socarros mutuos representada por “los grandes capitales, la alta jerarquía del Ejército, la aristocracia de sangre, la Iglesia”. Estos grupos, la Iglesia católica incluida, “no se sentían nunca supeditados a la nación, fundidos con ella en radical comunidad de destinos, sino que era la nación quien en la hora decisiva tenía que concluir por supeditarse a sus intereses particulares”. (14)
Ardiente defensor de la República, identificado y comprometido con los ideales de la nueva España que se avecinaba pero que no llegó, Ortega abogaba por un Estado laico, sin privilegios para religión alguna, tampoco para la católica. Así lo postula en un artículo de enero 1932 sobre la cuestión religiosa. Dice el filósofo: “El Estado encarna el poder de la Nación. Donde él llegue –y llega donde llega la ley- tiene que afirmar el principio nacional que excluye fieramente toda pretensión de predominio particular. Por eso era antinacional la situación de privilegios políticos que gozaba la Iglesia en España.
“La perpetuación de ese favor estatal otorgado a unos españoles con desdén de los otros era una causa permanente de profunda discordia, un impedimento constante de verdadera comunidad civil. En este sentido, el Estado tiene que ser rigurosamente laico. Laico no significa ateo sino simplemente nacional. Roma y la mayor parte de los católicos españoles reconocían la necesidad de ese estricto laicismo. Se ha podido, sin herir ni vejar a nadie, instaurar en España el Estado más laico del mundo, que es el que nosotros postulamos”. (15)
No he hallado en toda la obra de Ortega y Gasset una literatura tan fuertemente anticatólica como la que figura en una página de EL SANTO, artículo al que me he referido en otro lugar de este trabajo. Cierto que se trata de reflexiones de juventud, cuando Ortega tenía 25 años. Pero ya entonces su pensamiento se dispara con “pétrea sequedad y pétrea violencia” contra la Iglesia católica. Asunto difícil para aquellos que se afanan en negar el anticatolicismo del filósofo.
Léanse estas línea y sáquense consecuencias: “La Iglesia católica, que se proclama fuente de verdad, impide hoy la investigación de la verdad, cuando se ejercita sobre sus fundamentos, sus libros sagrados, las fórmulas de sus dogmas, su pretendida infalibilidad. Para nosotros esto significa que la Iglesia no tiene ya fe en sí misma. La Iglesia católica, que se proclama ministro de la vida, encadena y ahoga hoy todo aquello que dentro de ella vive juvenilmente; apuntala todas sus ruinosas antiguallas. Para nosotros esto significa muerte, una muerte lejana, pero ineludible. La Iglesia católica, que proclama que quiere renovar todo en Cristo, es hostil a los que queremos disputar a los enemigos de Cristo el llevar la dirección del progreso social. Para nosotros esto y otras muchas cosas significan llevar a Cristo en los labios y no en el corazón. Tal es hoy en día la Iglesia católica”. (16)
------------------------------------------------------------
NOTAS
10. O.C. Tomo V, pág. 153.
11. Conferencia pronunciada el 6 de diciembre de 1931 en el Cinede la Ópera de Madrid. Obras de la edición Espasa Calpe, Madrid 1932, pág. 1.395.
12. O.C. Tomo XI, pág. 383.
13. O.C. Tomo XI, pág. 538.
14. O.C. Tomo XI, págs. 407-408.
15. O.C. Tomo XI, pág. 430.
16. O.C. Tomo I, pág. 433.
Si quieres comentar o