Introduzcámonos en el pasaje que relata el momento en que, después de ser arrestado, Jesús es llevado al sumo sacerdote, donde también se reunieron los principales sacerdotes, los ancianos y los escribas. Y vemos que Pedro estaba allí mientras los sacerdotes y todo el concilio buscaban testimonio contra Él, para entregarle a muerte. Podían haber decidido quitarle la libertad, negarle disfrutar de la bella luz del sol, de los atardeceres, de los lirios del campo, pero ellos querían la pena capital. Y Pedro estaba ahí. Y muchos dieron falso testimonio contra Él. Seguro que entre esos había de aquellos que le seguían en medio de las multitudes, cuando estaba de moda por las aldeas de Galilea. ¿Cuántos se habrían alimentado con el milagro de los panes y de los peces?
Dice en Marcos 14.60-61a: “Entonces el Sumo sacerdote, levantándose en medio, preguntó a Jesús diciendo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican estos contra ti? Mas Él callaba y nada respondía”.
Más adelante, Pedro, quien se encontraba en el patio, ante la pregunta de si él era uno de los que andaban con Jesús, lo niega tajantemente. ¿Recordaría Pedro cuando Jesús habló acerca de que “nadie muestra más amor que quien da la vida por los amigos” (Jn. 15.13)? Incluso comienza a maldecir y a jurar que no le conocía. Y era Pedro el que de seguro le amaba. Menos mal que Jesús había descendido a nuestra realidad para sentir como uno de nosotros, aunque sin pecado. Él era perfecto, pero no miraba con aires de superioridad a los más débiles; entendía, aunque también era contundente en sus postulados. Pero entendía. Lo demostró cuando dio la vida por los enemigos, transformándolos en amigos. Nos hizo sus amigos.
Jesús pudo librarse de todo esa ignominia; de ser objeto de burlas e insultos. Pero él tenía una misión encomendada por el Padre y quería terminarla y poder decir: “He acabado la obra que me diste que hiciese”. Su Padre había amado de tal manera al mundo que lo entregaba a él para que pagara el precio de nuestro rescate. Su amor pudo más al ver nuestra miseria, apresados por las cadenas de la esclavitud. Y no titubeó ante el mandato, dio la cara sin pedir nada a cambio. Nos respaldó, era nuestra garantía y vía libre para entrar en el Lugar Santísimo, por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través de su carne.
Más tarde, ante Pilatos, callaba. Ya se vislumbraba el final tortuoso, pero aun en soledad siguió adelante. Estaba dando la cara por nosotros. Entendía que los que le seguían tuvieran temor, pánico ante la autoridad terrenal; tal vez les asustaba perder sus trabajos, a sus hijos, pues no era fácil la vida bajo el yugo romano. Entendía nuestras miserias.
Su amor era tan grande, sufrido, dispuesto a soportarlo todo. Él sabía que le esperaba la gloria y eso era más que la finitud del esplendor de este mundo.
Ahora, yo me pregunto, si aun siendo gratis nuestra salvación, tenemos un compromiso ineludible como dice el apóstol Pablo en Romanos 12.1, “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”. Significa entrega total a Dios; y si esto es verdad, significa que debo encajar la otra pieza del puzzle: amar a mi prójimo como a mí mismo. Debo estar trabajando para alcanzar la estatura de Cristo. Es andar de gloria en gloria, de poder en poder… Ya lo dijo Él, “Como el Padre me amó, yo también os he amado; permaneced en mi amor” (Jn. 14.9). Nos hizo sus amigos pero la amistad exige acción.
En el mismo capítulo de Romanos se nos dice que el amor no hace mal al prójimo y que el cumplimiento de la ley es el amor.
Ver cada rostro humano como parte del multiforme rostro de Dios requiere un proceso paulatino, a medida que vamos prosiguiendo hacia la meta ansiada desde que abrimos la puerta de nuestro corazón a Jesús. Y en ese proceso no vamos dando la vida, pero sí debemos ir dando fruto, fruto que sea duradero.
Ver el rostro de Dios en los colectivos marginados, en los parados, los que no pagan impuestos, los drogadictos, los niños huérfanos, en situación de desamparo; los presos, las minorías… Dar la cara como la dio, por ejemplo, Moisés ante Faraón, cuando tuvo que elegir entre vivir como un príncipe o deambular unos buenos años por el desierto al frente del pueblo de Israel. Qué dilema. Pero él sabía de las promesas. Ejemplo tenemos en la Biblia. Otro es el de Rut, quien pudo quedarse en Moab, su tierra, con sus dioses, su familia, su música, sus platos favoritos y casarse con uno igual a ella; pero eligió irse con Noemí, su suegra cargada de amargura y tristeza, a otro país, donde no sabía qué le esperaba. Ella dio la cara a pesar de la incertidumbre, porque vio el rostro de Dios en el de Noemí. La condujo a aguas de reposo, confortó su alma. La ayudó a cruzar el valle de sombra de muerte.
Dar la cara significa muchas veces perder todo lo alcanzado si las cosas no tienen final feliz.Eso habrá pensado Ester cuando Mardoqueo la tiene que llamar a la reflexión en un momento de indecisión: “No pienses que estando en el palacio del rey solo tú escaparás entre todos los judíos. Porque si permaneces callada en este tiempo, alivio y liberación vendrán de otro lugar para los judíos”, […] Ester 4.13-14. Mardoqueo la llama a la confianza en la providencia divina y ella toma conciencia de la realidad en la que está inmersa; entiende que no es posible esconder su identidad por mucho tiempo. Hay que tener valentía como la que ella asume haciendo una declaración de fe.
Siempre hay otro que tomará nuestro lugar cuando intentemos no atender al llamado. Debemos estar dispuestos a decir: Envíame a mí. Porque una cosa es clara, aun cuando el autor del libro de Ester evita nombrar a Dios, que Mardoqueo tiene confianza total en las promesas de Él hechas a su pueblo.
El texto demuestra que Dios cumple sus propósitos con o sin nosotros. Él pone y Él quita. Y es aquí donde se nos prueba si somos siervos fieles. Si estamos dispuestos a dar la cara por Sus planes. Qué difícil elección la de Ester: en el dilema de salvarse ella sola o arriesgarse para salvar a todo el pueblo. De arriesgarse por un final victorioso que no ve nada claro; de entender que no hay casualidades y ella es un instrumento precioso y utilísimo en las manos de Dios. Y que eso es un gran privilegio. Pero a veces todo es tan oscuro que no vemos; sin embargo, la dosis de gracia provista para ese día nos hace alumbrar los ojos de nuestro entendimiento. Y confiar porque en nuestras manos está la responsabilidad de velar por nuestro prójimo. Por nuestro hermano.
Y surge una Ester que está dispuesta a poner su fe en acción; comprometida, solidaria, dispuesta a arriesgar su vida por los demás.“Si perezco, perezco”, dijo. Y los demás interceden por ella con ayuno y oración. Unidos.
Me imagino los terrible momentos de espera de Ester, pensando si el rey Asuero extendería o no el cetro de oro que estaba en su mano. ¡Y lo extendió! Y el pueblo judío fue librado. Las cenizas se convirtieron en belleza. ¿Acaso esta historia no es tan actual para nosotros? Los llamados a dar la cara y participar como instrumentos para la consecución de los propósitos de Dios se suceden en nuestro diario vivir. ¿Los escuchamos?
Mientras lees la historia de Ester, en esa espera no puedes dejar de pensar en esa otra, la de Cristo mientras subía al Gólgota, a la espera de su crucifixión.
Pasando por calles otrora triunfales, ahora cargadas de escarnio y miradas hacia otro lado como diciendo: Yo no te conozco. Pero él decidió terminar su misión encomendada por el Padre. Dar la cara por nosotros para que luego pudiéramos hacerlo por otros en cada porción de este mundo. Ser aval de otros; de los que no tienen nada para darlo como garantía, de los que no tienen carta de presentación, ni status, ni presencia agradable. Eso es más complejo, pero esa es la obra que nos mandó que hiciéramos. Así como el Padre le había mandado a Él.
No; no podemos decir que no queremos ser los guardianes de nuestros hermanos. Es complicado, lo sabemos. Dar la cara por el árbol caído y no hacer leña de él. Interceder, pedir clemencia, comer con él, aunque eso signifique dañar nuestra reputación, perder privilegios, oportunidades; incluso amigos y afectos. Con la finalidad de ganarle para Cristo. Dar la cara y no avergonzarnos de hablar de nuestro Señor como le dijo el apóstol Pablo a Timoteo.
Todo para oír: “Yo fui aquel por quien diste la cara”, cuando llegue el juicio de las naciones: Yo fui aquel que sentaste en el mejor lugar, rompiendo todas las reglas del protocolo mundial… Aquel que pusiste al frente del ejército sin pertenecer a la crema y nata de tu entorno, más bien andaba con andrajos y rebuscando en los contenedores repletos de derroche. Yo fui el que acompañabas cogido del brazo, exhibiéndote sin reparos. Yo fui el pequeño de carita triste abandonado, maltratado con el que compartiste tu hacienda para que tuviera Esperanza.
Qué gozo el de Ester cuando salva a su pueblo. Qué gozo el de Cristo cuando dice: “He acabado la obra que me diste que hiciese”. Gozo por la liberación. Pero no todo quedó ahí. Nos dejaron instrucciones para la continuidad. Para llevar a la práctica su ejemplo. Para que diésemos continuidad a su misión hasta el final. Acabar la obra que nos encomendó.
No hay escapatoria posible. Debemos continuar repartiendo porciones, pero para todos como mandó Mardoqueo. Me encanta su decisión de pensar en los más necesitados; es decir, que no se olvidó de nadie, la celebración implicaba dar una invitación a todos sin excepción.
Entonces, sigamos su estela.
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