Wendy Guerra es una exquisita y delicada poetisa cubana. Nace en La Habana en 1970, donde vive en la actualidad. Su obra poética la ha hecho acreedora a varios premios. Esta es su tercera novela. Con anterioridad ha publicado NUNCA FUI MI PRIMERA DAMA y TODOS SE VAN, que recibió el Premio Bruguera en España y fue incluida por el diario EL PAÍS entre las mejores novelas del 2000. Es también autora de los poemarios PLATEA OSCURA, CABEZA RAPADA y ROPA INTERIOR. Francia la nombró en 2010 “Chevalier de la orden, las Artes y las Letras de la República francesa”.
Partiendo de un diario apócrifo, Guerra cuenta la historia de Anais Nin.Hija de un famoso pianista de origen catalán nacido y fallecido en Cuba, Anais vive en Nueva York, en Francia y en otros países europeos donde el padre es contratado para conciertos. Tiene 19 años cuando llega en barco a La Habana, buscando las huellas del padre y sus raíces familiares. Al otro lado de los mares queda Hugo Guiler, banquero norteamericano hijo de irlandeses con quien Anais está comprometida. En el puerto de La Habana la esperan el primo Carlos y la tía Antolina. En coche elegante conducido por un chofer que espía por el retrovisor las rutas de sus lágrimas, Anais llega a la finca “La generala”, propiedad de su tía Antolina, viuda del general Rafael Cárdenas, de aquí el nombre de la hacienda. Rodeada de tías, primos, sirvientes negros, piscina, jardines, Anais vive en La Habana entre el lujo interior y fiestas opulentas, en las que entabla amistades con mujeres y hombres de la más distinguida sociedad habanera. La de aquellos tiempos, años antes de la revolución castrista.
¿Quién es, en verdad, Anais Nin?La autora del libro duda si fue bígama, incestuosa, mitómana, adúltera, creativa, talentosa, ninfómana, bisexual, transgresora, enigmática o encantadora. Añade Wendy Guerra: “Anais fue Anais. Ella creó un método, una actitud que cambiaba con cada una de sus capas. Nadie sabe en realidad quién fue Anais. Sus mismos parientes la adoran o la detestan”.
Hay dos relatos del desnudo de Anais en La Habana. La primera vez ocurre después de recibir una carta decepcionante de su amado Hugo. El corto espacio de la habitación le produce asfixia. Se despoja de la ropa, absolutamente de toda. En cueros vivos baja al jardín. Se siente nada. No puede llorar. Los criados la encuentran tendida sobre la yerba. El capataz, Dorado, negro entrado en años, desdentado y granuloso, ordena que la lleven al lugar de pocas paredes donde duermen hacinados. Allí Dorado retuerce el cuello de una paloma blanca y con su sangre frota el cuerpo de la joven. Concluido el exorcismo, Anais besa con furia a Dorado en su descarnada boca.
Otra vez Anais queda como Eva antes de la manzana. Ahora lo hace por capricho. Reúne a un grupo de pintores en una sala, pide a Dorado que reparta entre ellos pinceles y cartulinas y les dice que cada uno retrate lo que vea de ella, posará desnuda sin pudor ni inocencia. La inocencia sólo se pierde una vez y la vida es larga. “Posar es eternizar”, dice Anais.
En una de las fiestas a las que asiste Anais conoce a Julián. Es de acero moldeado con fuego, una escultura de Rodin que se proyecta humanizada. Tiene ojos almendrados, su risa estalla como un proyectil. Una madrugada se abre el balcón donde duerme la niña y Julián entra en su intimidad. Anais se plantea dos opciones. Se va a dormir al cuarto de la tía Antolina diciendo que ha escuchado ruido en el balcón “o se entrega y se libera de la molesta virginidad”. Opta por la segunda alternativa y comparten horas de sexo hasta perder el sentido.
Hugo anuncia su llegada a La Habana dispuesto a contraer matrimonio. La tía Antolina, conocedora de la aventura de su sobrina con Julián, la lleva a una clínica donde el doctor Arboledas, experto cirujano con estudios en importantes universidades europeas, la somete a una delicada pero rápida operación para la restitución del himen. Concluida la intervención, el doctor le dice: “Puede ir a casa, recostarse, y mañana estará como nueva”. Acto seguido le recomienda: “No cuente nada a nadie, lo más valiosos que uno tiene no es el himen, es la discreción”.
Llega Hugo. La boda tiene lugar en la capilla de la finca. Los novios acuerdan ir de riguroso negro. El banquero se instala con su mujer en La Habana. Anais no olvida a Julián. Este asalta otra vez a Anais. Ella lo desea más que al hombre que ya es su esposo. Acuerdan encontrarse en una playa. “Julián me toma, me toma sin remedio. Luego regreso a mi habitación. Hugo duerme”. Son palabras de Anais.
Pasan años. Llega el divorcio. Anais contrae nuevo matrimonio con el norteamericano Rupert Pole, actor de cine. La pareja se instala en Los Ángeles. Allí muere Anais a los 87 años. Hugo muere en Nueva York 22 años antes que ella, “siendo un hombre exitoso”.
Las últimas páginas de la novela están dedicadas por Anais a su padre, a quien llama “el Rey Sol”. Tres líneas encabezan este último capítulo: “Anais Nin,
Un amor que era veneno,
Segunda entrega del Diario del Incesto”.
¿Hubo incesto? Escribe Anais: “Tenía al hombre que amaba en mis pensamientos; lo tenía en mis brazos, en mi cuerpo. El hombre que busqué por todo el mundo, que marcó mi niñez y me perseguía”. Wendy Guerra pone las últimas líneas de la novela en boca del padre, el célebre pianista cubano de origen catalán. Son estas: “Conozco a la mujer de mi vida, al ideal, ¡y resulta que es mi hija! Ni siquiera puedo besarte como me gustaría. Estoy enamorado de mi propia hija”.
Punto y aparte en la historia contada. POSAR DESNUDA EN LA HABANA es una certera radiografía de Cuba y del pueblo cubano. En Cuba no hay fronteras y eso asfixia. Pero no agota. Los cubanos no necesitan correr, no es su estilo. Pero qué gente. ¿Cómo pueden saber tanto en tan poco tiempo? En Cuba las cosas se ven de una transparencia y una exactitud envidiables. La Habana toda suscita un débil recuerdo de la vieja España y vestigios de la dominación española son distinguibles en cualquier lugar; en la vestimenta, gustos y costumbres del cubano. En el caminar de la gente por las calles se refleja una indolencia peculiar. Hay huellas de fanatismo religioso, una enraizada ignorancia y superstición esclavizante hasta el hábito. “Una ordinariez salvaje, un estado de primitiva vulgaridad, define al cubano. Es un hombre inculto, que no sospecha sus defectos, que silencia cualquier posible reproche”. Esto escribe Anais en su Diario, página 82 de la novela. Sigue Wendy Guerra: Hay otra Habana. La de los barrios duros. He tocado Cuba y me he quemado. Los cubanos cantan y bailan casi sin motivo, por suerte, por suerte, por suerte. Dios los bendiga siempre. Dios les conserve por siempre este don a los cubanos, que animan hasta un velatorio con su alegría. La luz de Cuba es el más grande de sus patrimonios, esa luz vive en los cuadros, en la lluvia, en el suelo, y te corona la existencia como un halo. El cubano lo que no sabe lo inventa; se involucra, te ayuda, y luego lo comenta a quien quiera escucharlo.
Está también el amor. Wendy Guerra escribe soberbias frases de amor inspiradas en los románticos franceses. La autora no puede creer que el amor sea verdadero si, por un tiempo al menos, no mitiga las debilidades del amado. Le parece que cuanto más apasionado y fuerte es el amor, más rápidamente deja de existir. Pocos son los instantes en que amar se define con nombre humano. Dijo Voltaire que sin las mujeres, la verdad sería dicha solamente en latín. El amor arrastra con fuerza, como huracanes, como los perros del trineo venciendo la nieve. ¡Qué gran misterio es el deseo! La enfermedad del amor, la sensibilidad, la obsesión, el temblor del corazón, el flujo y reflujo de la sangre. No hay droga ni bebida alcohólica que pueda igualarlo.
POSAR DESNUDA EN LA HABANA. “Un hermoso homenaje a Anais Nin que convierte a Wendy Guerra en su heredera contemporánea” (Camille Tenneson, LE NOUVEL OBSERVATEUR, París.
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