¿Te parece un buen empleo? Lo es. Pero si no te gustan las conversaciones de ascensor, si no eres un aficionado a la lectura, si estás poco familiarizado con las nuevas tecnologías o eres incapaz de entretenerte con alguna actividad que pueda hacerse en cuatro baldosas, estás perdido. Ahí, detrás de ese mostrador, el tiempo puede ser tu peor enemigo y el aburrimiento un compañero inseparable.
Por suerte, en este edificio, como en la mayoría, el mostrador está justo a la entrada y las puertas de cristal permiten ver a la gente que pasa por delante del edificio. (Ésta es otra de las grandes diversiones que ofrece el puesto de conserje). Uno ve gente de todo tipo. Algunos con su altura desafían a la gravedad, otros tan a ras de suelo son un desafío para la gravedad; unos con algún kilo de más, pocos con algún kilo de menos; los hay que tienen prisa y también los que nunca la tuvieron. Cada uno diferente y cada día a decenas.
Pero cierta mañana una mujer se detuvo frente a la portería. Llamó mi atención. Aunque no sé si fue ella o fue la silla de ruedas sobre la que estaba sentada; puede que la combinación de ambas. Y empecé a preguntarme. ¿Por qué estará en silla de ruedas? ¿Y desde cuándo?
¿Será que nunca jugó como lo hacían las demás niñas? ¿Y si saliera un momento y orase por ella? ¿Qué tal decir: en el nombre de Jesús, levántate y anda? ¿O quizás: no tengo oro ni plata pero lo que tengo te doy? ¿Estoy preparado? ¿Y ella? ¿Cuántos creerán en Jesús a raíz de un milagro así? ¿Y si soy sincero y le digo que no tengo demasiada fe en que ocurra nada pero que si puedo orar por ella igualmente? Desistí de cualquier intento. Demasiado para mí. Aparté mi mirada de aquella mujer y la devolví al libro que estaba leyendo. “Hoy amaré a Dios y amaré lo que él ama”. Releí la frase. Sí, había leído bien. “Lo que él ama”. ¿Acaso Dios no amaba a esa mujer? Me debatí entre dejar de leer y salir a fuera para orar. De hecho un cristiano no se reconoce por leer libros cristianos, sino por orar por enfermos, pues es una manera de amar al prójimo. En ese instante, estaba impactado. Al siguiente, seguía parado. Dejé pasar el tiempo, el impulso se fue y la mujer también.
Me dí cuenta que era mi fe la que estaba en una silla de ruedas, sentada, incapaz de caminar por la parálisis de la incredulidad. Sé que pocos condenaréis que dejara pasar esta oportunidad y que si no optaseis por el silencio, querríais animarme y consolarme con frases como: yo tampoco lo hubiese hecho. Seguro que hay más oportunidades. Lo importante es lo que has aprendido. Hace falta mucha fe para eso.
No creo que se hubiese levantado. Puede que el propósito de Dios sea que esa mujer esté en esa silla. Y después de escuchar cada una de las frases, os daría las gracias. Pero dentro de mí seguiría ardiendo un deseo, el de ver a Jesús sanando en el siglo XXI y en España; el deseo de ver levantarse a un paralítico, de que un ciego vea e incluso de que un muerto resucite; el deseo de ver a Dios, movido a compasión por el que sufre, por el enfermo, por el necesitado; el deseo de que almas queden conmovidas y labios sin argumentos ante el milagro que Dios acaba de hacer en su vida, en su sufrimiento, en su abnegación, en su imposible.
¿Demasiado pentecostal? Yo me lo preguntaba, pero hace tiempo que deje de seguir a las denominaciones y empecé a seguir a Cristo, aunque a veces sea desde lejos. No estoy hablando de dejar a un lado la cruz, ni del
pare de sufrir; tampoco del espectáculo, ni de los abusos sobre los que hemos oído y que espero no te tocara vivir de cerca. Hablo de la meta cristiana de imitar a Cristo. Y sí, de acuerdo, imitar a Cristo es mucho más que orar por enfermos, pero tampoco es menos. Está incluido. Está incluido conmovernos, tener misericordia y orar, sin luces, ni escenarios, pero con fe, no sólo en que el milagro puede ocurrir, sino en Aquel que tiene todo el poder para hacer que ocurra. ¿Tú tienes fe para orar por los enfermos o es tu fe la que está enferma? Quizás la primera sanidad deba ocurrir en nosotros y si es así, pues que así sea.
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