El País ha publicado en su edición de este sábado un bochornoso artículo sobre el crecimiento de iglesias evangélicas en la zona de Carabanchel.
Aplicar la IA en la iglesia no consiste en abrazar sin reparos todo lo disponible ni en rechazarlo en bloque. Consiste en someter cada uso a una pregunta profundamente teológica: ¿sirve esto al avance del Reino de Dios o solo a la eficiencia?
Los sistemas artificiales comienzan a emular el habla, el razonamiento y el comportamiento propiamente humanos. ¿Qué es, en definitiva, lo que nos hace humanos?
Ofrecen una espiritualidad seductora, adornada con símbolos medievales y rituales orientales. Pero detrás de esta fachada se esconde un rechazo a la revelación bíblica, a la gracia soberana y a la soberanía de Cristo.
Más que ofrecernos un listado de aplicaciones autorizadas, la Biblia nos presenta el perfil de la persona llamada a actuar con integridad en este contexto.
Las herramientas más poderosas de la historia humana siempre han tenido dos caras. Con la IA no es diferente, y por eso debemos ser conscientes de su impacto en el ámbito espiritual.
Quien piense que la IA es solo una amenaza se está quedando con la mitad del cuadro.
Nuestra tarea es asegurar que, mientras construimos máquinas más inteligentes, no olvidemos lo que nos hace verdaderamente humanos: nuestra dependencia total de la gracia de Dios y nuestra obediencia a Su voluntad revelada.
Caminar sabiamente en esta era no implica renunciar a las herramientas que Dios pone en nuestras manos. Significa usarlas con intención, con discernimiento, con preguntas constantes sobre para qué sirven y a quién sirven.
Muchos cristianos miran a ChatGPT, Gemini, Grok y Claude, entre otras, con la misma mezcla de fascinación y recelo. Pero el miedo a lo desconocido nunca ha sido un buen consejero.
No esperamos una liberación que nos aleje de la tierra hacia un destino etéreo y sin forma. Al contrario, aguardamos la restauración de todas las cosas.
Debemos hacernos la pregunta más punzante de nuestra existencia: ¿Qué quedará cuando mi cuerpo vuelva al polvo?
La segunda muerte es la separación eterna y consciente del ser humano de la presencia bondadosa y la gracia de Dios.
La sombra de la muerte que cubre Occidente es un problema profundamente espiritual. Europa ha elegido vivir como si Dios no existiera y ahora debe afrontar la realidad de tener que rendir cuentas.
El aborto es la marca indeleble de una civilización que ha perdido el temor de Dios, pero la iglesia no puede rendirse.
Atentar contra la propia vida no es un ejercicio de “libertad”, sino un acto de robo y vandalismo contra la propiedad sagrada de Dios.
Existe una diferencia abismal entre causar la muerte (acción activa prohibida por el sexto mandamiento) y permitir la muerte cuando Dios ya ha decretado su llegada (reconocimiento de la finitud humana).
La sociedad moderna ha declarado que la muerte ya no es enemiga; puede ser aliada, solución y derecho. Pero la Biblia responde sin ambigüedades: No matarás.
¿Cómo se vive sin miedo cuando la muerte sigue siendo la última enemiga (1 Corintios 15:26)? La respuesta no es una técnica psicológica, sino una persona: Jesucristo resucitado.
Cada experiencia cercana a la muerte plantea una decisión: ¿aceptarás la verdad de Cristo o te quedarás con las sombras de la duda?
En este artículo, nos centramos en las experiencias en el lecho de muerte: aquellas que suceden en el proceso final de morir, a menudo en presencia de testigos como familiares o personal médico.
La Biblia proporciona un marco: cualquier “visión” debe alinearse con la Escritura, no contradecirla. Dios siempre controla el velo entre vida y eternidad.
Cuando nuestro corazón da el último latido y cuando respiramos el último aliento, ¿qué será después?
En esta serie, hemos comenzado explorando el origen de la muerte en el pecado original. Ahora, nos adentramos en cómo Cristo la derrotó.
En esta nueva serie, “Venciendo la Sombra”, me atrevo a explorar el tema de la muerte y la esperanza de la vida eterna.
La conexión del líder inca Pachacuti con su dios creador Viracocha, podría haber preparado el camino para el evangelio en los Andes.
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