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A cien años del conflicto cristero en México (II)

Desde su inicio esa guerra estuvo plagada de equívocos que se fueron sumando hasta desembocar en una verdadera sangría: se maneja que, en total, por ambos bandos, fallecieron alrededor de 250 mil personas.

GINEBRA VIVA AUTOR 79/Leopoldo_CervantesOrtiz 21 DE AGOSTO DE 2026 21:35 h
Primera edición de La Cristiada

El 31 de julio de 1926, unos hombres hicieron por que Dios Nuestro Señor se ausentara de sustemplos, de sus altares, de los hogares de los católicos, pero otros hombres hicieron que volviera otra vez, esos hombres no vieron que el Gobierno tenía muchísimos soldados, muchísimo dinero para hacerles la guerra, eso no lo vieron ellos, lo que vieron fue defender a su Dios, a su religión, a su Madre que es la Santa Iglesia, eso es lo que vieron ellos. Esos hombres le hablaron a Dios Nuestro Señor con el santo nombre de Viva Cristo rey, Viva la Virgen de Guadalupe, Viva México.1



 



El inicio de la conflagración



Jen Meyer, quizá el principal especialista en la guerra cristera, ha escrito varios resúmenes sobre el inicio de la confrontación armada con el gobierno de Plutarco Elías Calles.



En uno de los más recientes, luego de recordar la forma en que el tema lo ha perseguido desde que publicó su obra pionera, La Cristiada, en 1973, y cómo ha seguido indagando y corrigiendo muchas de las cosas que afirmó entonces en trabajos posteriores.



Ahora, retoma los entretelones del inicio del conflicto y propone mirar este suceso desde las distintas perspectivas involucradas, algo que en otro tiempo era muy complicado por las pasiones que produce en los partidarios de ambos bandos.



Para ello, cita in extenso a Paul Valéry, quien afirmó en 1931: “la historia —él habla de la memoria histórica colectiva— es el producto más peligroso que la química del intelecto haya elaborado. Sus propiedades son bien conocidas. Hace soñar, emborracha los pueblos, les engendra falsos recuerdos, exagera sus reflejos, entretiene viejas heridas, los atormenta en su descanso, los conduce al delirio de grandeza o al delirio de persecución y vuelve las naciones amargas, soberbias, insoportables y vanas”. 2



Con esa perspectiva en mente, Meyer invita a “ser generosos con todos los actores de la tragedia” y a releer la historia tratando de comprender a los actores que intervinieron, comenzando con el presidente Calles, con los católicos importantes de su gobierno que se alejaron del mismo por estar en desacuerdo (como Alberto Pani, secretario de Hacienda, y Manuel Gómez Morín, “fundadores de instituciones”), y varios gobernadores que no aplicaron la Ley Calles porque acorralaba a los católicos “y, en acuerdo discreto con sus obispos, evitaron el recurso a las armas”.





[photo_footer]Familia cristera. [/photo_footer] 



Algunos obispos, no estuvieron a favor de la lucha armada como el de Aguascalientes, Ignacio Valdespino. “En Roma, en el gobierno supremo de la Iglesia, en la Curia de la Santa Sede, imperaban la división y la confusión”, afirma. Y agrega que “fueron incontables los católicos, de todas las clases sociales, hombres y mujeres, que lucharon pacíficamente para defender su fe”.



Se dice que el propio Calles confesó a un familiar: “No sabía que en cada hogar mexicano estaba una virgen de Guadalupe. De haberlo sabido, no se hubiera hecho lo que se hizo”.



Y cita a sus hijas, Hortensia y Alicia en diálogo con él: “Nunca entendimos, ni supimos porque nuestro padre odió tanto a la Iglesia. Todos y todas fuimos bautizados y confirmados, nos casamos por la Iglesia”.



De modo que, desde su inicio esa guerra estuvo plagada de equívocos que se fueron sumando hasta desembocar en una verdadera sangría: se maneja que, en total, por ambos bandos, fallecieron alrededor de 250 mil personas, según el general Luis Garfias, director del Archivo Histórico y rector de la Universidad de las Tres Armas 3y otra cifra también es significativa: un millón y medio de refugiados en Estados Unidos.



Las palabras de Meyer sobre el comienzo de la guerra son sencillas, pero justas: “Para muchos, sin embargo, la suspensión del culto y los violentos inventarios del mes de agosto de 1926 fueron la gota que derramó el vaso; gente pacífica que, durante muchos años había aguantado el caos de la revolución, luego los cuartelazos y la corrupción excesiva de los primeros años 1920s, gente que hubiera seguido aguantando más de lo mismo, dijo ¡ya basta!



Para aquellos, el factor religioso fue decisivo”. En suma, la guerra cristera sería algo así como una continuación de la Revolución, aunque desde una arista que nadie imaginó en su momento, a pesar de los problemas planteados por la existencia del Partido Católico en algunas elecciones.



El expresidente Álvaro Obregón, mentor de Calles, que fue reelecto en 1928 y asesinado ese mismo año, señaló: “Plutarco nos están llevando a un pantano donde nos hundiremos todos” e hizo esfuerzos diplomáticos para solucionar el conflicto: “en abril de 1928 ofreció la reforma constitucional a cambio de levantar la suspensión de cultos; al parecer, el ala conservadora de la jerarquía católica había aceptado la propuesta obregonista”.





[photo_footer]Jean Meyer / Foto de Germán Canseco. [/photo_footer] 



Por el lado del Vaticano, el papa Pío XI, “convencido por unos pocos obispos y jesuitas mexicanos, que la suspensión del culto público era indispensable para salvar a la Iglesia, tampoco había previsto las consecuencias de tal decisión”.



Como bien destaca Meyer no faltaron espíritus lúcidos: al obispo Valdespino, “partidario de un compromiso racional y razonable”, correspondió Silvano Barba González, gobernador de Jalisco. Solicitó audiencia al presidente en julio de 1926, exactamente antes de entrar en vigor la Ley Calles.



En la reunión con él, el presidente le preguntó a Joaquín Amaro, secretario de la Defensa, en cuánto tiempo “aplastaría” el ejército federal a los rebeldes, a lo que éste respondió que en tres semanas, y Barba comentó que ojalá no fueran tres años. Fueron palabras proféticas



El delegado apostólico Juan Federico Philippi hizo un intento por detener el conflicto: envió un telegrama a Calles cuyo contenido no se conoce, pero en la correspondencia del obispo de Tabasco se halló la respuesta del presidente el 28 de julio de 1926, a pocas horas de promulgarse la ley y de suspenderse los cultos: “El conflicto a que usted se refiere está resuelto toda vez que el Gobierno, con toda energía necesaria, hará cumplir y respetar la Ley. Creo que usted ignora la historia de nuestro país, pues, de conocerla, no citaría usted patriotismo en los Obispos, ya que estos han sido siempre” eternos traidores a la Patria. 5



Philippi contestó, a su vez, solicitando un paso de tiempo de un mes “para discutir ampliamente el asunto y llegar al resultado definitivo. 6 Pero la suerte estaba echada porque otros prelados apoyarían lastimosamente la vía armada.



En abril de 1926 se creó, a propuesta del arzobispo José Mora y del Río, aunque la idea fue de monseñor Jorge Caruana, el Comité del Episcopado Mexicano “que regularía todas las acciones que el clero nacional tomaría en torno a la situación por la que estaban atravesando”. 7





[photo_footer]Aurelio Acevedo, gobernador cristero de Zacatecas. [/photo_footer] 



Dicho Comité publicó una Primera Carta Colectiva que señalaba las prerrogativas que el gobierno pretendía quitarles. Al analizar las características de los integrantes del Comité, Villanueva Hernández subraya que, a diferencia de otros obispos que no aprobaban el enfrentamiento militar, el arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez era partidario de la lucha armada. Díaz Barreto y Leopoldo Ruiz se oponían a ella.



Luego de informar al papa la decisión de suspender las misas en cuanto entrara en vigor la Ley Calles, los obispos tomaron medidas específicas en sus diócesis para afrontar la conflagración.



Leopoldo Lara y Torres, de Tacámbaro, muy radical progresivamente, instruyó a los sacerdotes y fieles: “El Memorial del obispo de Tacámbaro es un excelente ejemplo que muestra la forma en que los miembros del Episcopado Mexicano se organizaban para enfrentar el inicio del conflicto: la Ley Calles y la suspensión de los cultos con el cierre de los templos”. 8



El presidente no cedería en absoluto y el clero radical se convencería más de acudir al conflicto violento. Para enero de 2027 el Comité Episcopal se había desintegrado, sobre todo por la muerte de Mora y del Río en San Antonio, Tejas, el 22 de abril de 1928. Su sucesor sería el obispo Díaz Barreto a partir de junio de 1929.



 



La organización armada



Prácticamente todos los estudios coinciden en que una cosa fueron las decisiones de las cúpulas clericales y otra muy distinta la de los laicos organizador para resistir violentamente las decisiones del gobierno.



Con todo y que hubo sacerdotes que participaron activamente en la lucha armada, el grueso de la acción recayó en los militantes católicos que se unieron al principio de manera muy espontánea y poco articulada, y después con orden y un mando unificado.



Alicia Olivera Sedano lo sintetiza así:



El movimiento armado cristero no tuvo en sus inicios un plan de organización preconcebido, sino que estalló de manera espontánea en forma de huestes independientes entre sí, muy desorganizadas y peor pertrechadas, sin tener más afinidad que la de ser grupos de católicos rebeldes contra las leyes establecidas. No fue sino hasta que fracasó el boicot organizado por la Liga que ésta decidió dar forma y organización al movimiento, proponiéndose controlar a los diferentes grupos y jefes levantados, y tratando de combinar sus acciones. 9



La Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, agrega esta autora, decidió crear un comité especial que tratara los asuntos de guerra, para lo cual estudió el asunto en una sesión del comité directivo



que llamó “de defensa armada”, el cual se fundaba en la convicción de que para defender las libertades y de manera especial la libertad religiosa, “[…] la acción armada, como medio de defensa, no estaba excluida de su programa; es más, estaba incluida en él, como el medio más eficaz, desde el momento en que había sido un mito la libertad de sufragio en México y un hecho público y notorio el constante fraude electoral”. En consecuencia, la Liga aceptó tomar bajo su cargo la defensa armada. 10





[photo_footer]Plutarco Elías Calles en la revista Time, 1924. [/photo_footer] 



Posteriormente, y luego de varias consultas y reuniones (se obtuvo del episcopado “el compromiso de no condenar el levantamiento armado, si se optaba por este como último recurso” 11), el comité directivo de la Liga auxiliado por un par de sacerdotes, formuló el programa de acción y nombró como jefe del movimiento rebelde a René Capistrán Garza, muy conocido por su labor al frente de los estudiantes católicos: “A las personas que en 1926 se levantaron en armas contra el gobierno se les dio en un principio el nombre de defensores, sin duda porque obraban de acuerdo con la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa; después se les llamó libertadores, porque militaban en el Ejército Nacional Libertador, y finalmente cristeros, palabra que se usó en sentido despectivo, porque luchaban vitoreando a Cristo Rey. Todos formaron lo que de 1926 a 1929 recibió primero el nombre de Ejército Nacional Libertador y luego el de Guardia Nacional”. 12



Los primeros brotes de la lucha armada fueron precedidos por desórdenes, motines y protestas en Michoacán, así como por el asesinato de católicos en varios estados (Zacatecas, Puebla, Oaxaca).



El ejército federal comenzó a hacer presencia en esos lugares. Chalchihuites, Zacatecas, fue el escenario de las primeras escaramuzas, las cuales se extendieron al resto del estado. Capistrán Garza lanzó el manifiesto de El Paso en noviembre de 2026.



Después debió partir hacia Estados Unidos a buscar el apoyo del episcopado y prácticamente después de eso quedó fuera de la dirección, aunque hay varias versiones sobre su actuación como representante de los católicos alzados: “Al analizar la actuación de Capistrán Garza en ambos encargos, se llega a la conclusión de que no fue acertada para el movimiento y por ello no resultó satisfactoria para sus representados. De igual forma, se concluye que en un momento dado sus informes inexactos sobre la ayuda económica y el apoyo que brindarían los católicos y el episcopado norteamericano —que tramitaba y de manera imprecisa dijo haber obtenido— desataron en la república el levantamiento armado simultáneo de todos los grupos rebeldes que estaban comprometidos, pero de ninguna manera preparados, para esa lucha, la cual, una vez desencadenada, no pudo ser detenida por sus promotores y tampoco alcanzó el éxito que éstos esperaban”. 13



Años más tarde, se volvería partidario de la Revolución en el poder.



En otro texto, Olivera analiza las dirigencias católicas del momento, desde los obispos como Francisco Orozco y Jiménez y José de Jesús Manríquez y Zárate, integrantes del clero rural que actuaron como guerrilleros o jefes de guerrilla, abogados ideólogos como Miguel Palomar y Vizcarra y Rafael Ceniceros Villarreal, y el propio Capistrán. También incluye a Anacleto González Flores, líder de la Unión Popular de Jalisco, quien estaría al frente del movimiento en el occidente del país y moriría pronto en una batalla.



Entre los militares estuvieron Pedro Quintanar y Aurelio R. Acevedo (Zacatecas), el segundo, director de la revista David, Dionisio Eduardo Ochoa (Colima), Luis Navarro Origel (Guanajuato), Manuel y Gabino Reyes (Ciudad de México), y Jesús Degollado y Guízar (sur de Jalisco, Colima y el occidente de Michoacán). 14



Al morir los principales jefes, la carencia de militares de carrera y la falta de armas y aprovisionamiento, el movimiento decayó notablemente a mediados de 1927. Eso llevó a que el Comité Especial de Guerra de la Liga buscara una persona apropiada para encabezar el movimiento.



El general Enrique Gorostieta y Velarde, antiguo militar huertista que estuvo exiliado en Cuba, fue nombrado jefe principal aun cuando sus simpatías religiosas no eran firmes. Aceptó el cargo e hizo una gran labor organizativa a partir de octubre de 1928 (cuando lanzó a su vez un Manifiesto a la Nación), pero a pesar de todo era realmente un advenedizo, aunque muchos de los que lo conocieron afirman que luego de convivir con los cristeros se hizo un católico plenamente convencido.



Olivera afirma que “lo llevó a la lucha más su odio contra el gobierno que su fe en la causa por la que combatió”. El 2 de junio de 1929 murió en la hacienda de El Valle, cercana a Atotonilco, Jalisco, al ser atacado por las fuerzas del general Saturnino Cedillo. 15



Mientras tanto, sin el consentimiento de la Liga ni de los cristeros, algunos representantes del Episcopado intentar una negociación con el gobierno, con el argumento de que la ausencia de cultos formales podría propiciar que la feligresía los olvidara por completo. Eso llevó a los famosos “arreglos” de junio de 1929 con que culminaría la guerra. 16



En Los Altos de Jalisco se dio el movimiento más homogéneo y mejor organizado y, por tanto, donde se destacaron los jefes más acordes con la rebelión, entre los que se contaron Victoriano Ramírez, alias “El Catorce”, Dionisio Hernández y José María Ramírez.



En el clero rural sobresalieron los sacerdotes José Reycs Vega y Aristeo Pedroza. Muchas historias corrieron alrededor de ellos, unas verdaderas y otras falsas. “A la muerte de Gorostieta quedó como general en jefe del ejército cristero José de Jesús Degollado y Guízar; en el cargo que él dejó como jefe de Los Altos quedó el sacerdote José Reyes Vega, quien junto con el también sacerdote Aristeo Pedroza cometieron los más execrables crímenes que se atribuyen a los cristeros”. 17



“El Catorce” fue ajusticiado por sus propios compañeros debido a sus excesos.



En una entrevista de 2023, Meyer consideró que “los católicos tuvieron razón en levantarse en armas contra el gobierno de Plutarco Elías Calles que los perseguía”.



Y añadió: “Estaban en su derecho, no tenían otra salida”, aunque matiza: “Faltó conocimiento de la dimensión religiosa del pueblo mexicano (al gobierno). El conflicto religioso en México tuvo muchísima resonancia e impacto por el carácter universal de la Iglesia católica. Con el fusilamiento de Miguel Agustín Pro y sus hermanos tras un atentado contra Álvaro Obregón, el presidente Calles cometió un error garrafal. Sus asesores le aconsejaban llevarlos a juicio, pero se negó, ordenó fusilarlos de inmediato y llamar a la prensa para que vieran que no le temblaba la mano”. 18



Así evaluó el historiador las lecciones del conflicto cristero:



La consecuencia positiva del conflicto, con toda la tragedia que pudo evitarse con un poco de buena voluntad, es que la virtud del Estado laico es que religión y política no se mezclan. El Estado aprendió la lección: no hay que tocar el tema religioso, no hay que molestar la fe de la gente, porque es peligroso. Y la Iglesia aprendió la lección de evitar toda contaminación política, que no la puedan identificar con algún partido; ni siquiera el PAN se atrevió nunca a decir que es católico. Ésa es la dimensión positiva que dejó la Cristiada, el verdadero Estado laico es esto: no se debe dar registro a partidos que invoquen la religión en su programa o definición.



Y sobre los acuerdos que llevaron a la paz ha sido muy enfático siempre al valorar las posturas políticas y religiosas en juego.



Sin haber un vencedor claro, a pesar de que el gobierno pareció serlo, su enfoque es realista pues señala bien los intereses que estuvieron en juego a la hora de las negociaciones. Imperfectas, obviamente, pero influirían de manera decisiva en lo que acontecería en las décadas subsiguientes, incluso después del nuevo movimiento, la “segunda guerra cristera” que aconteció en Durango (1934-1938):



…con la ayuda internacional de diplomáticos y religiosos americanos, franceses, chilenos, italianos, México y Roma se resignaron a firmar, en junio de 1929, unos “arreglos” nada satisfactorios para los radicales de los dos bandos, anticlericales furibundos cuyo sueño era acabar con la Iglesia, jóvenes militantes católicos que soñaban con tomar el poder. Los arreglos, impuestos por el Papa, pusieron las bases de un “modus vivendi” que funcionó hasta la reforma constitucional de 1991. La idea era: “no derogamos la ley, pero no la aplicaremos”. La realidad fue diferente: no la aplicaron durante un año; la aplicaron con máxima dureza de 1931 a 1936 y le tocó al presidente Lázaro Cárdenas cumplir, progresivamente, con los arreglos y establecer definitivamente la paz religiosa en 1938. 19



1. Francisco Campos, de Santiago Bacayora, Durango, en 1969, cit. por J. Meyer, “Hace cien años”, en El Universal, 2 de agosto de 2026, www.eluniversal.com.mx/opinion/jean-meyer/hace-cien-anos/



2. J. Meyer, “La Cristiada, ni modo”, en El Universal, 9 de agosto de 2026, www.eluniversal.com.mx/cultura/confabulario/la-cristiada-ni-modo/



3. Christopher Domínguez Michel, “III: Jean Meyer: el historiador de la libertad religiosa”, en Letras Libres, 31 de marzo de 2010, https://letraslibres.com/revista-mexico/iii-jean-meyer-el-historiador-de-la-libertad-religiosa/



4. Cf. V.M. Villanueva, “La negociación de Álvaro Obregón con la jerarquía católica para la paz en la Guerra Cristera: el preámbulo de los Arreglos de 1929”, en Celia Mercedes Alanís Rufino e Imelda Paola Ugalde Andrade, coords., 1929: Un año clave para comprender el México posrevolucionario. México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, 2021, p. 76, https://inehrm.gob.mx/recursos/Libros/1929_libro_electronico.pdf..



5. Archivo Histórico del Arzobispado de México. Fondo Pascual Díaz, 1926, caja 55, exp. 30, cit. por Víctor Miguel Villanueva Hernández, Plutarco Elías Calles y la jerarquía eclesial. Los intentos de paz en la Guerra Cristera. México, Universidad Autónoma de la Ciudad de México-Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2022, p. 86.



6. Ibid., p. 87.



7. Ibid., p. 88.



8. V.M. Villanueva Hernández, op. cit., p. 100.



9. Alicia Olivera Sedano, Algunos aspectos del conflicto religioso de 1926 a 1929. Sus antecedentes y consecuencias. [1965] México, Secretaría de Educación Pública, 1987 (Cien de México), p. 117.



10.Ibid., p. 118. La cita corresponde a Rafael Ceniceros Villarreal, Historia del conflicto religioso en México a partir de la organización de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa en 1925. Manuscrito inédito, archivo de la LNDLR, 3ª parte, 1925.



11. Cf. Juan González Morfín, “René Capistrán Garza: el contrarrevolucionario mexicano que pasó a ser partidario de la Revolución”, en Sillares. Revista de Estudios Históricos, Universidad Autónoma de Nuevo León, 4 (8), 2025, p. 18, https://sillares.uanl.mx/index.php/s/article/view/123/107.



12.Ibid., p. 124. Los datos están tomados de Andrés Barquín Ruiz, Andrés [pseudónimo de Joaquín Blanco Gil], El caso ejemplar mexicano. Vol. II. El clamor de la sangre. México, Rex-Mex, 1947, p. 16.



13.A. Olivera Sedano, Algunos aspectos del conflicto religioso…, p. 231.



14. A. Olivera, “La dirigencia cristera”, en Estudios Jaliscienses, El Colegio de Jalisco, núm. 6, noviembre de 1991, pp. 57-73, www.estudiosjaliscienses.com/wp-content/uploads/2019/08/6-La-dirigencia-cristera.pdf.



15. Cf. J. Meyer, “El general Enrique Gorostieta”, en El Universal, 2 de junio de 2029, www.eluniversal.com.mx/articulo/jean-meyer/nacion/el-general-enrique-gorostieta/



16. Cf. J. Meyer, “A 90 años de los ‘arreglos’”, en El Universal, 23 de junio de 2019, www.eluniversal.com.mx/articulo/jean-meyer/nacion/noventa-anos-de-los-arreglos/



17. A. Olivera, “La dirigencia cristera”, op. cit.



18. José Juan de Ávila, “‘Los cristeros se levantaron con razón contra Calles’: Jean Meyer”, en Milenio, 20 de mayo de 2023, www.milenio.com/politica/cristeros-levantaron-razon-calles-jean-meyer.



19. J. Meyer, “A 90 años de los ‘arreglos’”, op. cit.


 

 


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