Como una verdadera sorpresa editorial se ha tomado en México la aparición del libro de Rubén Moreira Valdez, coordinador parlamentario del Partido Revolucionario Institucional en la Cámara de Diputados.
Rubén Moreira Valdez.
Siempre ha habido en mí esta lucha: ¿dónde empieza el Reino de Dios? ¿Llega con la muerte o empieza en la Tierra? Este libro contiene, en el fondo, esa lucha de saber cuándo se instala. Y también nos acerca a la rebeldía de los hombres de fe, quienes la pusieron a prueba en su vida diaria.[1]
R.M.V.
Como una verdadera sorpresa editorial se ha tomado en México la aparición del libro Asuntos de fe. Breviario de santos, teólogos y reformistas, de Rubén Moreira Valdez, coordinador parlamentario del Partido Revolucionario Institucional en la Cámara de Diputados y exgobernador del estado de Coahuila (2011-2017, adonde gobernó también su hermano Humberto, lo que ha sido muy cuestionado). Desde los cargos que ostenta, Moreira es uno de los legisladores más beligerantes de la oposición en México porque fustiga continuamente al gobierno actual. El subtítulo del volumen apunta hacia la variedad de enfoques que desarrolla al abordar los distintos tópicos, aunque a veces predomine su orientación católico-romana. Allí conviven santos y teólogos ortodoxos con expresiones bastante disonantes de la fe cristiana como Thomas Müntzer, Camilo Torres y Gustavo Gutiérrez.
Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Coahuila y en Ciencias Sociales por la Escuela Normal Superior de ese estado, cuenta con un posgrado en Política y Gestión Educativa por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, además de una maestría en Gobernanza y Derechos Humanos. Ha publicado Mucho más temprano que tarde (ensayos, 2010), Los derechos humanos en Coahuila (coord., 2018) y Jaque mate al crimen organizado (con Rubén Aguilar Valenzuela, 2022). También ha sido profesor en algunas instituciones de educación superior.
Este año, recién concluyó la Licenciatura en Teología en la Universidad del Valle de Atemajac, Jalisco, y después de dar a conocer casi todos estos ensayos en algunos medios, Moreira ha reunido un conjunto con una presentación de Aguilar Valenzuela (“La fe busca entender”), antiguo vocero de la presidencia de la República entre 2000 y 2006, quien esboza la figura de Moreira como alguien preocupado por hacer dialogar la fe con la acción política desde una perspectiva católica amplia. Reconstruye ágilmente su trayectoria religiosa y cómo en sus años de estudio en la Escuela Normal tuvo noticias de la teología de la liberación y conoció el pensamiento social católico en un curso sobre economía política. Recuerda la importante relación con el sacerdote Antonio Usabiaga y que a través de su padre supo de Torres, el cura colombiano que optó por la vía armada, y de Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca, Morelos, renovador de las tareas eclesiales.
A partir de los estudios teológicos, Moreira “ha sido llevado por esta curiosidad intelectual a informarse sobre distintos temas como ciertas encíclicas, declaraciones papales, el polémico Concilio Vaticano II, la transformación de la realidad a la luz del Evangelio y la Guerra Cristera, entre varios otros aspectos que dominan el debate sobre la religión y sus entrecruces con la política”.[2] Según refiere Moreira en el prólogo, creció en una familia con integrantes de otras iglesias (mormona, presbiteriana y metodista) además de la católica. Ha hecho suya una frase del teólogo hispano-salvadoreño Ignacio Ellacuría: “En tiempos como estos no hay cosa más práctica que la teología”. El enfoque que preside los textos es desarrollar “la dialéctica de la fe en el Dios totalmente otro de Karl Barth y el del reino en la Tierra de monseñor Romero. Esa lucha está siempre en mi fe y, lejos de debilitarla, la fortalece” (p. 19).
En una entrevista a propósito de la aparición del libro, se señala:
¿Dónde se cruzan la reflexión de la fe con la práctica de la política? Moreira no lo duda: la dignidad humana es el origen. Los gobiernos deben encargarse de garantizar la dignidad y ésta sólo podrá sostenerse si las personas tienen libertad.
La teología sirve para reconocer esta cualidad y la política para garantizarla, para defender el derecho a realizar la propia vida en condiciones que cada quien desee, sin el dominio de un Estado que acote el propio desarrollo. “Si nos atenemos a la doctrina social de la Iglesia, la dignidad humana está en el centro. El gobierno debe trabajar para preservar la dignidad de las personas y esta se sustenta en su libertad. Libertad para desarrollarse y hacer de su vida algo bueno y que no puede ser capturada”.[3]
Los textos incluidos, divididos en dos secciones (“Imprudentes, beligerantes y reformistas” y “Ecclesia in tempore”), abarcan temas que van desde semblanzas de teólogos católicos y protestantes muy relevantes (como Paul Tillich, Karl Barth, Dietrich Bonhoeffer, Karl Rahner, Johann Baptist Metz y Jürgen Moltmann), así como la recuperación de personajes y episodios que analizan la teología y la presencia cristiana en diferentes contextos. La segunda sección está dedicada por entero a asuntos propios del catolicismo.
El libro inicia con un texto dedicado a Ellacuría (muy similar al que se ocupa de monseñor Óscar A. Romero), precisamente, en el que describe su asesinato en noviembre de 1989 como parte de las acciones represoras de los militares. Bonhoeffer y Barth son objeto de buenos resúmenes sobre su vida y obra. Acerca del primero Moreira escribe: “Bonhoeffer tuvo un corazón valiente; pudo haber escapado de la guerra y quedarse en la distancia a observar, pues se encontraba en Estados Unidos cuando se anticipaba el conflicto. […] El compromiso del pastor con el rebaño lu hizo dar el paso a una militancia activa para resistir al dictador” (pp. 28-29).
Sobre Tillich, además de los datos biográficos, añade: “Este filósofo-teólogo creó el método de la correlación, que vincula el mensaje del cristianismo con los temas planteados por la filosofía, en particular el existencialismo, y también la psicología. […] Su obra se sigue estudiando desde el ámbito de estas dos vertientes del pensamiento” (pp. 58-59).
Moltmann le mereció un texto a su muerte en junio de 2024 en el que destaca esta observación: “A partir de la lectura de El principio esperanza, del filósofo alemán Ernst Bloch, se planteó la pregunta: ¿por qué la teología cristiana ha pasado de largo ante el tema del futuro y de la esperanza cuando eran el fundamento y el resorte del pensar teológico? A principios de la década de 1970 publicó El Dios crucificado, obra que genera ruptura y polémica; de ella, el teólogo español José Tamayo aseguraba que el libro supuso una revolución en la imagen de Dios: del Dios ‘motor inmóvil’ de Aristóteles, al Dios crucificado, que se identifica con las víctimas” (pp. 85-86)
Pero es sobre Barth en quien Moreira se concentra con mayor atención, puesto subraya que fue alumno de Adolf von Harcnack, el mayor exponente del liberalismo de su época. En 1916 comenzó a redactar el Comentario a la Carta a los Romanos, “una sacudida para la adormecida teología de aquellos días” (p. 88) en la que uno de los ejes es “la fascinante y dura conclusión: Dios es el totalmente otro y, por lo tanto, imposible de conocer por el hombre” (p. 89). Más adelante, al referirse a la magna Dogmática eclesial (1927-1967) afirma. “Su tesis principal: Dios es Dios, pero es Dios para el mundo; el mundo es mundo, pero amado por Dios, y Dios se encuentra con el mundo en su Palabra: Jesucristo”. El autor no olvida que el papa Pío XII calificó a Barth como el mejor teólogo cristianos después de Tomás de Aquino y que en 1962 la revista Time le dedicó una portada.
Entre los reformadores del siglo XVI Moreira se acerca a Müntzer y Calvino. Sobre el dirigente anabautista incluye estas palabras de Éric Vuillard (La guerra de los pobres, novela sumamente recomendable) al principio: “Hoy, como ayer, los desheredados, aquellos a los que se prometía la igualdad en el Cielo, se preguntan: ¿y por qué no conseguir la igualdad ahora, ya, en la tierra?” (p. 90) para mostrar el grado de crítica espiritual que practicó en medio de la sociedad alemana del siglo XVI. Por ello, para finalizar su breve pero valiosa semblanza lo cita: “Dios quiere que luchemos contra los tiranos, que levantemos nuestras cabezas y aclaremos nuestras conciencias” y “Dios prometió que no abandonará a sus fieles, y en este tiempo vendrá su justicia como un río inagotable” (p. 92). Para los fines del libro, esas frases no desentonan en absoluto: “desde entonces la falsa disyuntiva: ¿el Reino es en esencia escatológico o su concreción se debe dar en la tierra?”.
Al hablar sobre Calvino (a quien contrasta con la pobreza franciscana), Moreira no deja de mezclar los lugares comunes de rigor (tirano, asesino de Servet…) con algunas observaciones adecuadas como es la relativa al aspecto económico: “Hay académicos que han contrastado la visión franciscana y la calvinista en temas como la pobreza. El francés estableció un sistema de apoyo a quien estaba en desventaja, pero también se oponía a la mendicidad y alentaba el trabajo como una conducta de vida. Si a ello sumamos el concepto de predestinación, entendemos la actitud del puritano y el calvinista ante el trabajo y la prosperidad, pues tener éxito representa contar con el beneplácito de Dios” (p. 70).
Los personajes antiguos son Santiago, Juan Crisóstomo, san Felipe de Jesús y Juan XXIII; los teólogos católicos, Henri de Lubac, Rahner, Metz y Marie-Dominique Chenu, además de Torres y Gutiérrez (uno de los iniciadores de la teología de la liberación), sobre quienes destaca: “[Torres] Era un marxista cristiano. Durante mucho tiempo su nombre resonó en los cantos de protesta. Hoy, la residencia estudiantil de la Universidad Católica de Lovaina lleva su nombre y también, desde 1974, una colonia proletaria en mi querido Torreón” (p. 95). “Gutiérrez recibió 31 doctorados honoris causa y el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Su relación con el Vaticano no siempre fue la mejor, pero Francisco le dijo alguna vez: ‘Te agradezco por cuanto has contribuido a la Iglesia y a la humanidad, a través de tu servicio teológico y tu amor preferencial por los pobres’” (p. 103). Asimismo, se tocan temas colaterales como la historia de El nombre de la rosa, relatos jesuitas y la magnífica revista La Civiltà Cattolica.
Dos mujeres llamativas cierran este corpus: “Edith Stein y la locura del poder” y “María Ignacia, Dios y la educación”. Sobre la primera, católica conversa del judaísmo, concluye citándola: “Ningún corazón humano se ha visto inmerso en una noche tan oscura como aquella que envolvió al Hombre-Dios en Getsemaní y el Gólgota. Ningún espíritu humano, por ávido de búsqueda que esté, podrá penetrar nunca en el inmenso misterio del abandono divino en el que se vio afligido el Hombre-Dios en los umbrales de la muerte” (pp. 54-55). Y remata: “Edith es santa y con su vida y muerte dio testimonio del galileo”. La coahuilense María Ignacia Azlor y Echeverz trajo al virreinato la Compañía de María, en el siglo XIX, que educaría a muchas niñas y cuyo sistema sigue en funciones. Con ella cierra la primera parte de este libro.
Notas
[1] Aarón Barrera, “Rubén Moreira presenta el libro Asuntos de fe, donde reflexiona sobre política, teología y libertad”, en Reporte Índigo, 6 de julio de 2026.
[2] R. Moreira Valdez, Asuntos de fe. Breviario de santos, teólogos y reformistas. México, Cal y Arena, 2026, p. 15.
[3] Aarón Barrera, op. cit.
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