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Reaparece la autobiografía juvenil de Carlos Monsiváis

Sesenta años después de su aparición original, reaparece la autobiografía juvenil del escritor Carlos Monsiváis (1938-2010), ahora en el sello de Siglo XXI Editores en la colección Vidas para leerlas.

GINEBRA VIVA AUTOR 79/Leopoldo_CervantesOrtiz 26 DE JUNIO DE 2026 23:25 h

Me correspondió nacer del lado de las minorías y muy temprano conocí el rencor y el resentimiento y justifiqué por vez primera el oportunismo en la figura de Enrique IV, no porque creyese que el De Efe bien vale una misa, sino porque toda posibilidad de venganza, así fuese la anacrónica de recordar a un príncipe hereje que gobernó Francia, me sacudía de placer.[1]



C.M.



 



La leyenda



Sesenta años después de su aparición original, reaparece la autobiografía juvenil del escritor Carlos Monsiváis (1938-2010), ahora en el sello de Siglo XXI Editores en la colección Vidas para leerlas. Empresas Editoriales fue la encargada de darla a conocer el mismo año en que Monsiváis publicó su primer libro, la Antología de poesía mexicana del siglo XX(muy reconocida por Octavio Paz). El año anterior había pasado unos meses en el Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Harvard, gracias a una beca.[2] Emmanuel Carballo dirigió la colección Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos que incluyó a otros nueve: Sergio Pitol, Marco Antonio Montes de Oca, Vicente Leñero, Gustavo Sainz y Salvador Pitol, entre ellos.[3] Durante mucho tiempo Monsiváis se negó a reeditarla por lo que se volvió toda una leyenda y los escasos ejemplares circulaban en librerías de ocasión y recientemente la versión electrónica ya está disponible en internet. Incluso se decía que fue “la autobiografía que Monsiváis quisiera sepultar”, siguiéndole el juego por el ambiguo desinterés con que se refería a ella. La periodista Patricia Vega retomó fragmentos y armó un artículo para destacar algunos aspectos, además de agregar varias fotografías inéditas.[4] En 2019 la Fundación Caballero Águila dio a las prensas otra edición que sólo se conseguía en el Museo del Estanquillo que reúne gran parte de las colecciones del escritor.[5]



En palabras de Jezreel Salazar, estudioso de la obra monsivaíta, la autobiografía “parece significativa no sólo por ser la primera obra propia publicada por quien se volvería una figura central del campo cultural mexicano […], sino porque ese contexto de publicación generó la producción y recepción del género autobiográfico en términos heterodoxos. Se sabe que las autobiografías suelen escribirse cuando alguien ha adquirido ya un reconocimiento público importante o ha alcanzado un grado de consagración, es decir, hacia el final de sus días. En este caso, lo autobiográfico cumplió otra función, justo contraria”.[6] Según el peruano Marco Garfias Dávila, Monsiváis “elige después de ensayos fallidos en la poesía y la novela, adoptar la crónica como género y al humor y la ironía como estilos. Su propia autobiografía está escrita en esa clave, de ahí su tono hilarante y crítico construido con pequeños hechos concretos. Las fuentes de las que se va nutriendo su naturaleza literaria aparecen en el relato con un peso abrumador por su número y diversidad, tanto que solo a este aspecto podrían dedicarse unas cuantas tesis y libros”.[7]



Carballo escribió el prólogo en el que ofrece un perfil muy acorde con la personalidad del futuro autor de Principados y potestades, su primer libro de crónicas. Además de mostrarlo como un autor prometedor , subrayó lúdicamente su formación protestante: “Sí hoy día Carlos es tímido, a mediados de los años cincuenta daba la impresión de ser aspirante devoto a pastor presbiteriano […] …sectario en cuestiones de comida y como buen hijo de familia protestante enemigo del alcohol y los inevitables placeres adyacentes ”.[8] Reconoció su extraordinaria precocidad y la forma en que se integró al ambiente literario de la época: “Monsiváis es un joven de 28 años, atento a lo que pasa en México y en los demás países, inicio ya que está en todas partes y en ninguna [...], lector que lo mismo transita por los dominios de la economía, la sociología y la política que por los caminos sinuosos de la literatura”. En esa edad ya se había relacionado con figuras como Juan José Arreola, Elías Nandino y Carlos Fuentes, al lado de su inseparable amigo José Emilio Pacheco, y recorrido algunos espacios culturales (condujo un par de programas radiofónicos sobre cine, por ejemplo).



 



Nuevos prólogos



En la reedición ese prólogo ha dejado el lugar a dos textos, uno muy breve de Elena Poniatowska y el otro de su primo Rubén Sánchez Monsiváis. Asimismo, el volumen cuenta con varias fotografías de Monsiváis que muestran distintos momentos de su trayectoria. Poniatowska recuerda la larga amistad que la unió con él y cómo le fue imposible entregar su propio texto para la colección citada: “Monsiváis, quien se detenía frente a todos los templos protestantes. A cumplir una devoción y cantaba con muy buena voz [...] Monsi nunca ‘la riega’, nunca bebé, nunca se exhibe, no fuma ni paga la cuenta, tampoco escribe a máquina y menos en computadora”.[9] “Es tan excéntrico —se afirmaba—, que hasta dice que es protestante”: fue una frase repetida hasta la saciedad. Poseedor de un humor cáustico, lo escondía bajo una máscara de indiferencia que nadie le creía porque su antisolemnidad militante afloraba en todo momento. Resultaba hilarante verlo contener las carcajadas cuando los entrevistadores anodinos (sobre todo televisivos) le colmaban la paciencia y soltaba una frase demoledora que ni siquiera era bien entendida.



A su vez, Sánchez Monsiváis sitúa la autobiografía en el marco familiar y también eclesial del cual surgió la vena literaria de su primo. Es posible, así, asomarse a los orígenes de la fe protestante de la familia materna (desde la conversión de su tío Manuel) y cómo se estableció en la colonia Portales (sur de la Ciudad de México) luego de vivir en la zona de la Merced, adyacente al centro histórico de la capital azteca. Los entretelones de la identidad protestante monsivaíta permiten apreciar la intensidad con que asumió su lugar en el mundo de las letras, pues con tal magnitud se dejó ver en toda su obra escrita. El famoso letrero: “En esta casa somos católicos y no aceptamos propaganda protestante”, le cerró muchas puertas, pero la respuesta que dio a la pregunta preocupada de la madre de un compañero de escuela sobre sus actividades dominicales es de antología. “Fíjese que nos dedicamos a la lectura y la vocalización”.[10]Este breve ejercicio indaga en la proyección que el biografiado adquirió progresivamente desde una infancia y juventud marcada por la militancia protestante que asumió con gran entusiasmo. La narración acerca de cómo la familia se estableció en el sur de la ciudad está aderezada con la huella indeleble que de esa fe que profesó activamente hasta los 17 años, aproximadamente:



Para la familia Monsiváis Viadas la religión evangélica no solo constituía una profesión de fe sino una forma de vida, lo que en términos prácticos se traducía en una conducta que debía excluir pecados como el odio, la envidia, la mentira, el robo, la lujuria, el fraude y todo el repertorio imaginable. Así como todas aquellas cosas que pudieran inducir al vicio y a la degradación espiritual, como las bebidas alcohólicas, el tabaco, las drogas, etc. Cada miembro de la familia poseía una Biblia que leía con regularidad. Sin embargo, solo Carlos fue capaz de apreciar, más allá de la enseñanza doctrinal de esa obra, su calidad literaria.[11]



 



El texto sigue las distintas aristas de la vida del escritor: las lecturas incesantes (impensadas para su edad: ¡conoció a John Bunyan, Juan Calvino y Karl Barth!), las aficiones musicales y cinematográficas, el coleccionismo voraz, el izquierdismo ideológico de rigor, el anticlericalismo nunca menguante, el peso de la cultura popular hasta la médula, la influencia cada vez mayor, todo en el ambiente de una vida familiar que no dejó nunca y en medio de los conflictos sociales que narró como pocos, en la estela de su gran maestro Salvador Novo. 



El nuevo título, El intelectual público. Autobiografía de juventud, da la impresión de que asume a posteriori la importancia que alcanzó el escritor durante su vida, marcada por un interés indeclinable por las realidades sociopolíticas y culturales (en el capítulo VII, “Corren los granaderos, los grandotes y los chiquitos”, especialmente, testimonio de su observación insobornable) con su estilo ácido y sin concesiones para los lugares comunes y los clichés. Monsiváis alcanzó un lugar inconfundible (e insustituible) en el ámbito cultural y mediático por la visión sarcástica con que criticó los excesos de los gobiernos y las tendencias conservadoras donde quiera que se encontrasen. A éstas dedicó muchas páginas y libros enteros que reivindicaron la tradición liberal que nunca hizo a un lado. Una relectura atenta de esta nueva edición permite verlo de cuerpo entero en el camino que lo llevaría a forjar una obra ciertamente compleja pero que, en su variedad, deja muchas puertas abiertas para sus lectores.



 



Citas citables



A cada paso, en los diez capítulos de la obra, cuyos membretes son toda una declaración de principios, es posible reconocer ya al esforzado escritor que trabajó las palabras con un tesón inacabable. Sin pizca de autocomplacencia y con un uso renovador del lenguaje (tomado muchas veces de las múltiples referencias bíblicas que manejaba y de los himnos que cantó tanto en sus inicios), deja constancia de sus afinidades y sus fobias más marcadas, las cuales lo acompañarían siempre, cuando formó parte del escenario cultural por derecho propio. ¡Incluso se entrevista a sí mismo! He aquí algunas citas rescatadas de entre esas páginas que vuelven a circular tal como se merecen y que evidencian un protestantismo histórico y cultural perfectamente asimilado.



En donde el autor confiesa haber nacido en la Merced el 4 de mayo de 1938, acepta sin rubor su condición de héroe de esta historia, proclama su intolerable afición al D. F. y se presenta sin más trámite como precoz, protestante y pretencioso.



El mucho estudio aflicción es de la carne, y sin embargo la única característica de mi infancia fue la literatura: himnos conmovedores (“Cristo bendito, yo pobre niño, por tu cariño me allego a Ti, para rogarte humildemente tengas clemente piedad de mí”), cultura puritana (“Instruye al niño en su carrera y aun cuando fuere viejo no se apartará de ella”), y libros ejemplares…



Leía apasionado a Dumas y Michel Zévaco porque Los cuarenta y cinco o los Pardaillan eran hazañosos en medio de las guerras de religión y yo, hugonote intensísimo, lloraba desolado evocando la Noche de San Bartolomé



Para el esencialmente protestante Julien Green el Paraíso consistía en un cuarto poblado de estatuas bellísimas. En no poca medida comparto a pesar mío ese temor, ese invencible miedo cristiano a la unidad total del cuerpo y del espíritu.



“Firmes y adelante, hueste de la fe”



En la primaria, después de Homero y Virgilio y los clásicos protestantes, leí las divulgaciones freudianas de Gómez Nerea y agoté a Jane Austen y vislumbré a través de Mr. Pickwick, Mr. Tupman y Mr. Snodgrass, las posibilidades de la sátira, y me fascinaban las novelas de Martín Luis Guzmán y Rómulo Gallegos, los folletones de Eugenio Sue y Vicente Riva Palacio, las biografías de Ludwig y Zweig y Los Sertones de Euclides da Cunha.



Ya que no tuve niñez, déjeme tener currículum.



“Viaje al corazón de Monsiváis”



Como casi todos los pequeños burgueses que se radicalizan, mi proceso fue visceral, emotivo y no fue sino más tarde cuando quise otorgarle bases teóricas a tanta irritación.



“De pie la juventud, valiente el corazón”



¿Cómo le hago?, díganme. En primer lugar, ¿cómo le hago para abandonar la triste y gassetiana idea de pertenecer a una generación? Y luego, ¿cómo le hago para superar la vieja sensibilidad que me tocó de herencia?



“Porque para hablar de la provincia es preciso tener alma de poeta y una cítara en la mano”



Mi protestantismo duplicaba mi juarismo. Las leyes de reforma independizaban a la sociedad mexicana de un clero al que jacobina y calvinista y justamente atribuía muy buena parte de los grandes males del país.



En realidad, y a pesar de mi fugaz contacto con el marxismo vulgar, de Manual de Politzer, seguía creyendo en el liberalismo vulgar, de frases sueltas de [Melchor] Ocampo, Ignacio Ramírez y Francisco Zarco, o ya internacionalizado, de anécdotas de Lincoln, Garibaldi y Robespierre. Cualquier idea me resultaba singularmente actual.



“Trabajando hermanos unidos por la senda de la caridad”



Mi felicidad no tenía límites: había descubierto la parodia. Con rapidez organicé un argumento cinematográfico donde me burlaba abiertamente de todos los clichés del cine mexicano y se lo asesté a un productor.



“En materia de cultura lo importante no es saber sino competir”



Sin temor de caer en la exageración, sé que toda buena película modifica mi vida. He tenido varios encuentros fundamentales, pero debo citar tres: el primero en un cine de barrio, con los Hermanos Marx. […] El segundo encuentro se llamó Casablanca; la película por antonomasia, el instante que me descubrió el poder formativo de Hollywood. […] Mi tercera película es Cantando en la lluvia.



“Por medio de la presente, sírvome manifestar mi gratitud”



No admiro a mi generación: la veo demasiado uncida al régimen imperante, la recuerdo siempre ligada a las generaciones anteriores en el empeño de ahorrarse trabajo, de disfrutar lo conquistado por otros. La veo inerte, envejecida de antemano, lista para checar y reinar. Aunque, desde luego, admito y admiro y trato cotidianamente a las excepciones, las gloriosas, insólitas, renovadoras excepciones.



Innocents abroad y de regreso”



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[1] Carlos Monsiváis. México, Empresas Editoriales, 1966, p. 15. Nueva edición: El intelectual público. Autobiografía de juventud. México, Siglo XXI Editores, p. 45.



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[2] Cf. Guillermo Sheridan, “Medio mensaje de Monsiváis”, en Letras Libres, 5 de julio de 2013, https://letraslibres.com/revista-espana/medio-mensaje-de-monsivais/.



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[3] Cf. L. Cervantes-Ortiz, “La autobiografía temprana”, en Carlos Monsiváis: cuaderno de lectura. Pról. de Adolfo Castañón. México, Casa Unida de Publicaciones, 2013, pp. 133-153.



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[4] Patricia Vega, “La autobiografía que Monsiváis quisiera sepultar”, en Eme Equis, núm. 118, mayo de 2010, pp. 40-53.



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[5] Cf. Évolet Aceves, “La oculta autobiografía de Carlos Monsiváis”, en Pie de Página, 16 de marzo de 2024, https://piedepagina.mx/la-oculta-autobiografia-de-carlos-monsivais/; y Mauricio Flores, “El joven Monsiváis”, en Círculo Rojo, 26 de octubre de 2021, https://circulorojo.org/2021/10/26/el-joven-monsivais/



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[6] J. Salazar, “La autobiografía como proyecto de nación”, en Senalc. Seminario de Estudios sobre Narrativa Latinoamericana Contemporánea, 30 de junio de 2017, www.senalc.com/2017/06/30/monsivais-la-autobiografia-como-proyecto-de-nacion-2/. Cf. Daniel Ferreira, “Carlos Monsiváis: autobiografía subrayada”, en El Espectador, k14 de diciembre de 2020, https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/carlos-monsivais-autobiografia-subrayada-article/



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[7] M. Garfias Dávila, “La autobiografía del joven Carlos Monsiváis”, en Yuyaykusun, Lima, Universidad Ricardo Palma, vol, 11, núm. 103, 2021, p. 115, https://revistas.urp.edu.pe/



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[8] E. Carballo, “Prólogo”, en Carlos Monsiváis..., pp. 5, 6.



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[9] E. Poniatowska, “Autobiografía de Carlos Monsiváis”, en El intelectual público…, p. 11.



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[10] Rodrigo Vera, “Monsiváis, protestante de raíz familiar: ´Serlo es ya una opción social legítima, salvo en zonas con cacicazgos exterminadores o clero católico muy intolerante”, en Proceso, núm. 1018, 6 de mayo de 1996, p. 24.



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[11] R. Sánchez Monsiváis, “Carlos Monsiváis y su familia”, en El intelectual público…, pp. 20-21.


 

 


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