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Rubem Alves: la poesía que todo lo transforma y lo recrea

La poesía lo transformó y lo recreó: surgió otro Alves de ese fulgurante choque de trenes.

GINEBRA VIVA AUTOR 79/Leopoldo_CervantesOrtiz 29 DE MAYO DE 2026 19:10 h
Rubem Alves.

Grupo de Estudos Rubem Alves Jequitibás, 28 de mayo de 2026



 



El Paraíso continua existiendo



como esperança,



em las palabras de los poetas.



El cuerpo come pan para poder andar.



Pero, para poder volar, es preciso tener alas,



los poetas son las alas del alma.



La poesía, hasta la más humilde,



es sierva de la esperanza.[1]



R.A. “Os poetas são as asas da alma”



 



El encuentro tardío



Fue un encuentro tardío, ciertamente, pero muy gratificante, por eso, cuando Carlos Rodrigues Brandão se dio a la tarea de extraer poemas de su obra en prosa, el resultado es deslumbrante, cierto y luminoso. Deslumbrante, porque en su juventud Rubem no sabía que iba a probar las mieles de la poesía, que ésta lo estuvo esperando mucho tiempo, pero el encuentro finalmente llegó. Cierto, porque las palabras, al ser acariciadas por la sensibilidad de alguien como él, se dejaron seducir por el proyecto que encarnó en sus años más maduros, más ligeros y más atentos al fluir de esos vocablos que llenaron sus días de una enorme alegría. Y luminosos porque compartió esa dicha con los lectores/as y quienes tuvieron la fortuna de escucharlo de viva voz. La poesía lo transformó y lo recreó: surgió otro Alves de ese fulgurante choque de trenes. Así lo comenta Rodrigues Brandão: “En todos los libros escritos por Rubem Alves, algunas palabras aparecen con una generosa frecuencia: criança, Deus, brinquedo, educação, ensinar, aprender, jardín, amor, desejo... e poesia. […] Así como su educación puede ser imaginada como sembrar un jardín, su teología debe ser pensada como un ejercicio de poesía. Y no sólo ella, sino tal vez todo lo que él deseaba decir, escribir e incluso vivir”.[2]



Fue uno de los fundadores de la teopoética, esa fusión inesperada que surgió inevitablemente de las entrañas de las teologías de la liberación, justo aquellas a cuyo nacimiento contribuyó con el nuevo lenguaje que asumió desde la parte final de su tesis doctoral. Allí se asomaba ya la posibilidad de poner en marcha esa nueva forma de expresión que para él fue una novedad absoluta, pero que se venía anunciando desde otras voces y otras latitudes. De modo que Rubem estuvo presente em esas dos apariciones ligadas a la teología de una u otra forma para ser un protagonista central. Justo a ello se refiere Ángel Esteban en su muy reciente acercamiento a la presencia de la teología de la liberación en la  poesía latinoamericana: Calandria de luz, en donde Rubem, junto a dom Pedro Casaldáliga, son las figuras brasileñas por antonomasia. El gran filtro que acercó ambas tendencias fue la libertad: “Lo más novedoso del pensamiento alvesiano es el concepto de libertad. Para su verdadera conquista es necesario invertir los esfuerzos en crear un lenguaje original, inédito, que dé cuenta de una realidad insólita, desconocida, adecuada a la primicia del ser humano que comienza a andar por un universo reconquistado e interprete la historia desde una perspectiva diferente, adecuada al modelo actualizado de sociedad e individuo”.[3]



En la poesía es posible experimentar la libertad más radical desde el lenguaje y las palabras transformadas en operaciones de profundo cambio. En ella fue capaz de liberarse “de un tipo de presentación textual muy definido y acotado, de un lenguaje con el que ya no se identificaba, y le facilitó exponer de una forma adecuada sus emociones, sus perspectivas, luchas y esperanzas”. Fue un descubrimiento tardío, según dijo, pero enormemente revitalizador: “Descubrí la poesía tardíamente, después de rebasar los cuarenta años. ¡Qué pena! ¡Cuánto tiempo perdido! La poesía es una de mis mayores fuentes de alegría y sabiduría”.[4]



Cecília Meireles, Fernando Pessoa, T.S. Eliot, Octavio Paz, Adélia Prado, Emily Dickinson, Robert Frost, William Blake (de quien proceden dos títulos de sus libros: Un mundo en un grano de arena, La eternidad en una hora) entre tantos nombres que formaron la constelación que iluminó a Alves desde que dio a conocer Poesía, profecía, magia, ese anuncio y concreción verdadera de lo que representaría el centro de su vida como escritor, pensador y cronista de todas las horas. La poesía tomó posesión de él y gestó el nacimiento de otro Rubem, más abierto al misterio y al fulgor de la belleza. Así se desplegaría en su escritura una auténtica avalancha de expresiones que transfiguraron la vida para apreciarla en todas sus manifestaciones.



 



La poesía y la vida



Alves integra también una generación de poetas latinoamericanos notables: Rafael Cadenas (Venezuela, 1930), Julia Esquivel (1930-2019), Marco Antonio Montes de Oca (1932-2009), Gabriel Zaid (México, 1934). Varios de ellos marcaron el pulso de la expresión poética dentro y fuera de sus países. Quizá el mayor paralelismo lo tuvo con la guatemalteca Esquivel, pues ambos procedieron del ámbito presbiteriano tradicional, pero gracias a sus estudios y a su orientación teológica desembocó en la poesía de tendencia creativa y liberadora. En Brasil, Hilda Hilst, Ferreira Gullar, Prado y Affonso Romano de Sant’Anna fueron sus contemporáneos.



En el caso de Alves, los primórdios de esta forma de expresión aparecen desde la tesis doctoral, se perfila en Hijos del mañana (Tomorrow’s child), se concreta en Poesía, magia, profecía y se despliega en los libros posteriores, especialmente en O poeta, o guerrero, o profeta y Lecciones de hechicería, aunque todos los libros, incluyendo los de educación y los relatos infantiles dan testimonio de esa impronta.



La presencia e influencia de los poetas mencionados al principio es palpable en giros, términos, imágenes y temas que reaparecerán constantemente. Por ejemplo, la frase de Paul Valéry: “¿Qué sería de nosotros sin aquello que no existe?”. Se convirtió en una especie de mantra alvesiana que como un flashazo iluminó tantos momentos de su reflexión y sus exposiciones. Pero no queda duda de que el Dios tutelar fue Fernando Pessoa por la libertad expresiva y temática, además de la cercanía lingüística, casi tanto como Nietzsche y Gastón Bachelard. La forma en que llegó a circular en su sangre se volvió paradigmática al interior del alvesianismo y sus “Cantares” (quadras) los difundió por todas partes, así como la “frescura teológica” (el desparpajo o desenfado total) del poeta portugués impregnó completamente el pensamiento y la escritura de Rubem en una especie de mímesis literaria y existencial que transformó por completo su decir. La imagen de Dios y del Jesús niño son incomparables y se transfiguran continuamente en las crónicas alusivas a la Navidad, especialmente. Luego de las lecturas de Guimarães Rosa y Meireles, Pessoa invadió el inconsciente alvesiano hasta el colmo.



Con Paz sucedió algo distinto: sin atender necesariamente su obra poética como tal, Rubén se obsesionó con las palabras de El arco y la lira (1956) que seguramente tenía marcadas en su edición castellana, muy probablemente. La imagen tan vívida de la cotidianidad invadida por la otredad dejó en él una huella indeleble que permaneció siempre:



Todos los días cruzamos la misma calle o el mismo jardín; todas las tardes nuestros ojos tropiezan con el mismo muro rojizo, hecho de ladrillo y tiempo urbano. De pronto, un día cualquiera, la calle da a otro mundo, el jardín acaba de nacer, el muro fatigado se cubre de signos. Nunca los habíamos visto y ahora nos asombra que sean así: tanto y tan abrumadoramente reales. Su misma compacta realidad nos hace dudar: ¿son así las cosas o son de otro modo? No, esto que vemos por primera vez ya lo habíamos visto antes. En algún lugar, en el que acaso nunca hemos estado, ya estaban el muro, la calle, el jardín. Y a la extrañeza sucede la añoranza. Nos parece recordar y quisiéramos volver allá, a ese lugar en donde las cosas son siempre así, bañadas por una luz antiquísima y, al mismo tiempo, acabada de nacer. Nosotros también somos de allá. Un soplo nos golpea la frente. Estamos encantados, suspensos en medio de la tarde inmóvil. Adivinamos que somos de otro mundo.[5]



 



Alves debió leer con suma delectación la sección en que el Nobel mexicano relaciona la poesía con la revelación religiosa. Ese punto de contacto permeó siempre su imaginación como un elemento integrador de la que antaño fue su preocupación teológica y que se fue modificando radicalmente.



Eliot es, sin duda, otro de los grandes resortes de la poesía alvesiana: la imagen de la luz fracturada se quedó fijamente en su imaginario como visión, literalmente, de una experiencia de lo sagrado filtrada por la experiencia y por todas las realidades humanas. La luz divina, fracturada por el agua, llega hasta el fondo del estanque o el mar transformada, lastimada, alterada por las aguas en movimiento. Su función reveladora y la grandiosidad de esa luz que mereció un himno por parte del poeta angloamericano alcanzó en Alves una identificación casi total:



Our gaze is submarine, our eyes look upward



And see the light that fractures through unquite water.



We see the light but see not whence it comes.



 



Nosso olhar é submarina.



Nossos olhos olham para cima



e vêem a luz que se fratura através de águas inquietas.



 



Nuestra mirada es submarina, nuestros ojos miran hacia arriba



Y ven la luz que se quiebra por el agua movediza.



Vemos la luz, pero no vemos de dónde viene.[6]



 



Esos versos vislumbran la incapacidad humana para acceder a lo trascendente, a lo sagrado, mediante iniciativas imperfectas y limitadas. Toda una crítica de la teología desde la poesía.



Prado le sirvió a Alves, en palabras de Esteban, “para instaurar una poética teológica del cuerpo”,[7] pues la confluencia entre ambos fue precisamente ésa, la que desde la teología intuyó desde muy temprano, pero sobre todo en Hijos del mañana y en Variações sobre a vida e a morte (La teología como juego). La forma en que Prado se refiere al cuerpo lo acompañó en diversos momentos. Para Alves, Adelia era una teóloga.



Sin embargo, su teología no es sistemática, organizada sobre la base de razonamientos lógicos o doctrinas; es sentida, comparable a un “trance poético”. La teología de Adélia es poética, por lo tanto teopoética, que surge de una ‘necesidad cósmica’ que nos precede y nos protege, asegurando la permanencia de todas las cosas, como ella misma escribió acertadamente: “El trance poético es la experiencia de una realidad anterior a ti. Te observa y te ama. Esto es sagrado. Es de Dios. Es tu propia mirada la que otorga una claridad inefable a las cosas. Intentar expresarlo es la labor del poeta.[8]



 



Emily Dickinson, a su vez, impactó con sus textos breves e incisivos procedentes de una vida interior silenciosa e intensa. Su retrato es entrañable: “Mujer frágil dotada de alas, con un delicado sentido del Misterio. Pero por eso mismo, por sentir el asombro del Misterio que nos rodea, despreciaba lo que decían sobre él los religiosos”.[9] Como Walt Whitman, quien encontraba cartas dejadas de Dios por todas partes, Dickinson-Alves se vuelve a un Dios callejero, presente y hablando en los seres vivos… Porque Alves ha encontrado sus poetas-compañeros, poetas-teólogos, sus hermanos que lo hacen volar en el viento para encontrar una sabiduría que está al alcance de todos. Sólo que el aprendizaje alvesiano fue una peregrinación hacia el deseo…



Si antes había identificado al Verbo divino con la Poesía, en sus “lecciones de hechicería” confiere a la belleza las características de lo absoluto, de una divinidad que se renueva, porque es infinita, pero resucita constantemente, porque no se satisface con cada una de sus formas. La inabarcable perfección de la belleza implica que lo viejo sea siempre nuevo:



 



La belleza es infinita;



ella nunca se satisface con su forma final.



Cada experiencia de belleza es el inicio de un universo.



El mismo tema debe repetirse,



cada vez de una forma diferente.



Cada repetición es una resurrección,



Un eterno retorno de una experiencia pasada



que debe permanecer viva.



El mismo poema, la misma música, la misma historia…



Y, mientras tanto, nunca es la misma cosa.



Pues, en cada repetición, la belleza renace nueva y fresca



como el agua que brota en la mina.[10]



 



Del principio al final



Poesia, profecía, magia. Meditações (1983) fue la puerta de entrada de Alves a la poesía escrita. Allí están ya Eliot, Meireles, Frost, Lewis Carroll, Pessoa, El principito y el omnipresente Apocalipsis. Es el germen de lo que vendría. Sobre Frost: “Los bosques son bellos, sombríos, hondos, / pero hay promesas para guardar / y muchas millas por andar / antes de poder dormir, / sí, antes de poder dormir”:



Sigo pensando que Frost debía tener ojos mágicos para tener el poder de transustanciar lo que veía, a través del suave aliento de la nostalgia. Tanto es así que las palabras se convierten en alimento, bebida, algo bueno para la carne cansada, bueno para el amor... Si no fuera por esto, ¿por qué volvería a ellas? Palabras que se repiten... Una señal de que algo anda mal en mi cabeza, algún hilo suelto, tal vez, una memoria que falla... Pero no es eso. Vuelvo porque quiero. Y si quiero, es porque, en lo viejo, en lo repetido, lo amado encuentra refugio. Y así, de nuevo comemos el mismo pan, bebemos el mismo vino, y la vida y la alegría se renuevan...



Magia. Poesía. En el fondo, lo mismo. Palabras que hacen cosas. Palabras que son cosas. El mundo se transforma. Y los escenarios silenciosos se convierten en sacramentos, extensiones del cuerpo, carne de mi carne, moradas de sonrisas. Por un breve instante, el tiempo y la distancia desaparecen. Estamos allí, al borde del hermoso, oscuro y profundo bosque, hechizados por las palabras. El encanto se desvanece, como una niebla que se disipa. Pero el anhelo permanece, en el inmenso vacío que se abre[11]



 



La visión casi mística de Eliot, que llegó para quedarse:



Las superficies planas y cristalinas del agua reflejan las nubes, el azul del cielo, los árboles. Pero, al traspasar la superficie del espejo, emerge el misterioso mundo de las profundidades, visitado por buceadores, con formas jamás vistas, bellas y silenciosas: hadas y gnomos submarinos, sueños, deseos prohibidos, risas, lágrimas contenidas, esperanzas, miedos…



Nuestra mirada es submarina.



Nuestros ojos miran hacia arriba.



Y ven la luz que se fractura a través de las aguas inquietas.



 



Un mundo encantado, que el espejo no nos deja ver.



Siempre nos han dicho que vivimos en el reflejo: yo soy y existo en el pensamiento. Soy, luego existo. Y construimos mundos y dioses con ideas claras y definidas, creamos ciencia y confesiones de ortodoxia. Y ahora nos sorprende lo que yace más allá del espejo...



Entonces escuchamos otra palabra que puede tranquilizarnos ante el asombro. Palabras de buceadores experimentados, que descansaban en la policromía de los corales ocultos y, en silencio, contemplaban la muerte que pasaba. Amigos de las sombras y de la luz que desciende, fracturada, a través de las aguas inquietas. Soñadores, poetas, artistas, locos...[12]



 



Alves aclaró su horizonte conceptual que redefinió la manera en que se acercaría a la realidad desde entonces:



El propósito de las analogías es domesticar. Nos dicen que no hay necesidad de temer a las cosas diferentes, porque, en el fondo, son como pájaros enjaulados, peces en acuarios, bueyes tirando de carros, perros que nos lamen las manos. Cosas dóciles e inofensivas.



Pero las metáforas son entidades locas que abren las puertas a lo salvaje, y entonces aparecen los pájaros que vuelan y nunca regresan, las tormentas que nos empapan, las soledades de los desiertos...



Lo salvaje es hermoso.[13]



 



Y ya desde entonces surgió la imagen de la hechicería que desarrollaría después con tanta riqueza y con un énfasis lúdico insobornable que veía así ¡nada menos que a la iglesia!:



Una hechicera que prepara el sacramento del futuro, mezclando nostalgia con esperanza, una bebida que no engorda sino que embaraza y despierta, y los cuerpos viejos y tristes renuevan sus fuerzas, caminan sin cansarse, corren sin fatigarse, vuelan como águilas, salvajes...[14]



 



En el final, el mismo año que Rubem quedó encantado, su amigo Rodrigues Brandão se encargó de reunir estas cuentas de vidrio, hermosas y brillantes, testimonio de una vida transformada y recreada por la poesía:



Memoria



Memoria:



un conocimiento que el pasado sedimentó.



Indispensable para repetir



las recetas que los muertos nos legaron.



Y son buenas.



Tan buenas que nos hacen olvidar



que es necesario volar.



Nos permiten caminar



por los caminos trillados.



Pero no tienen nada que decir



sobre los mares desconocidos.[15]



 



Sueño antes del sueño



Hermosos bosques,



oscuros, profundos:



misterio antes del sueño:



suceden en el espacio de la vigilia



antes del paseo,



y en el abrazo del deseo:



promesas que deben cumplirse.



 



Poema: sueño antes del sueño,



sueño de quien camina.



Sueño, poema de quien se ha dormido...



Sombras sobre sombras,



sueño sobre sueño,



deseo de recitar un poema



sobre un poema ya recitado.



Profundidades evocadas:



No las conocía.



 



No son de Frost.



Son mías.



Mis bosques...



¿Acaso no soy un bosque?[16]



 



Las maravillas del mundo



Los poetas son personas religiosas



que no necesitan la religión:



las maravillas de este mundo



les bastan.[17]



 



Es en este silencio



La magia del poema



no reside en las palabras del poeta.



Reside en los espacios



que existen entre sus palabras.



Es en este silencio



donde se escucha la melodía



que antes no estaba presente.



Ahí es donde ocurre la magia.



“Me hace llorar”.[18]



 



Para Edson Fernando con gratitud por la invitación



 



Notas



[1] R. Alves, “Os poetas são as asas da alma”, en Um ipê-amarelo uma paineira-branca. Poemas encontrados na prosa de Rubem Alves. Americana, SP, Adonis, 2014, p. 75. Versión propia.



[2] C. Rodrigues Brandão, “Por qué encontrar poemas em uma prosa tão poética?”, en Um ipê-amarelo..., p. 9.



[3] Á. Esteban, Calandria de luz. La presencia de la teología de la liberación en la poesía latinoamericana. Madrid, Ediciones Cátedra, 2025, p. 217.



[4] R. Alves, Quarto de badulaques. São Paulo, Parábola Editorial, 2003. Español: Cuarto de cachivaches. Trad. de L. Cervantes-Ortiz. México, Ediciones Dabar, 2009, p. 89.



[5] O. Paz, “La revelación poética”, en El arco y la lira. [1956] México, Fondo de Cultura Económica, 1972, p. 133.



[6] T.S. Eliot, Collected poems. 1909-1962. Londres, Faber & Faber, 1979, p. 184. R. Alves, Poesia, profecia, magia. Meditações. Rio de Janeiro, CEDI, 1983, p. 7. T.S. Eliot, Poesía completa. Trad. de José Luis Rivas. México, Universidad Autónoma Metropolitana, 1990, p. 186.



[7] Á. Esteban, op. cit., p. 218.



[8] José Neivaldo de Souza, “Adélia Prado: por uma teologia poética”, en Amerindia, 11 de marzo de 2021, https://amerindiaenlared.org/contenido/19225/adelia-prado-por-uma-teologia-poetica/ Versión propia.



[9] R. Alves, Mais badulaques. São Paulo, Parábola, 2003, p. 46. Versión propia.



[10] R. Alves, Lições de feitiçaria. Meditações sobre a poesía. São Paulo, Edições Loyola, 2003, p. 197, cit por. Á. Esteban, op. cit., pp. 221-222.



[11] R. Alves, Poesia, profecía, magia…, p. 9.



[12] Ibid., pp. 13-14. Énfasis agregado.



[13] Ibid., p. 32. Énfasis original.



[14] Ibid., p. 33. Énfasis original.



[15] R. Alves, “Memória”, en Um ipê-amarelo…, p. 29. De La alegría de enseñar (2000).



[16] R. Alves, “Sonho antes do sonho”, en Um ipê-amarelo…, p. 47. De El cuarto del misterio (1995).



[17] R. Alves, “Os assombros do mundo”, en Um ipê-amarelo…, p. 48. De Lo mejor de Rubem Alves (2008).



[18] R. Alves, “É nesse silêncio”, en Um ipê-amarelo…, p. 81. De Encantar el mundo por la palabra (2010).


 

 


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