Para aquellos que aceptan la Biblia como Palabra de Dios la inmortalidad no es una esperanza, es una seguridad, algo tan real como la propia respiración cuando hay vida.
En el capítulo anterior tratamos sobre la muerte de Dios. Aquí nos ocupamos de la muerte, muerte, el fin de la vida, morir, la muerte del ser humano.
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Ortega y Gasset se lamentaba de que ninguna cultura ha enseñado al hombre a ser “lo que constitutivamente es: mortal”.
El arte de morir es una asignatura eternamente pendiente. Ningún mortal aprende a morir. La muerte no se ensaya. Se presenta.
A veces se ensaña haciéndonos sufrir durante meses o años, otras veces aparece de repente, sin previo aviso, lanzando sus flechas mortales directamente al corazón.
H. Jonas, en el libro publicado por Editorial Herder, Pensar sobre Dios y otros ensayos, escribe: “Desde tiempos inmemoriales, los hombres han lamentado su mortalidad, han intentado escapar a ella, y se han aferrado a la esperanza en una vida eterna”.
Para aquellos que aceptan la Biblia como Palabra de Dios la inmortalidad no es una esperanza, es una seguridad, algo tan real como la propia respiración cuando hay vida.
En La Biblia del ateo varios autores niegan rotundamente la idea de inmortalidad. Dice el filósofo inglés Bertrand Russell: “Creo que cuando me muera, me pudriré, y nada de mí sobrevivirá”.
Woody Allen, cineasta: “Quiero conseguir la inmortalidad sin morirme”.
Jack London, escritor norteamericano: “Creo que cuando uno se muere, está muerto. Creo que al morir estaré tan aniquilado como el último mosquito que haya aplastado”.
No, no es así. Dios creó al hombre a su imagen. Dios es inmortal. El hombre también lo es.
Los rayos del sol mueren un día y vuelven a levantarse al siguiente. El cuerpo del ser humano queda en la tumba, pero su alma alza el vuelo hacia las alturas, tal como lo enseña el Salmo 90.
Decía el genial poeta alemán Wolfgang Goethe: “¿Pensáis que la vista de un ataúd me puede imponer? No hay hombre de valor que se deje arrebatar del pecho la fe en la inmortalidad”.
A todo esto, ¿qué es la muerte? La poetisa francesa Ausone de Chancel tiene un breve poema en cuatro líneas que dice:
Entramos, gritamos,
y es la vida.
Gritamos, salimos,
y es la muerte.
Nuestra existencia en la tierra se desarrolla en torno a esos dos gritos: El grito del nacimiento y el grito de la muerte.
A veces decimos de una persona muy enferma que lleva la muerte escrita en la frente. No. Llevamos la muerte en nuestras vísceras interiores, en nuestras entrañas. La llevamos desde el instante del nacimiento.
Un día más de vida es un día más cerca de la muerte. La cuna y la tumba tienen dimensiones parecidas, ocupan casi el mismo espacio. El vientre de la madre y el vientre de la tierra también son otros dos ejemplos.
La Biblia trata mucho de la muerte porque es el gran problema de la vida, suprema realidad de la existencia humana en la tierra.
Desde los primeros capítulos del Génesis la muerte amenaza a la humanidad como lo máximo que le puede ocurrir. Agag, rey de los amalecitas, dice en presencia del profeta Samuel: “Qué amarga es la muerte”.
El autor de la epístola a los Hebreos enseña que la muerte forma parte del plan divino: “Por cuanto es destino de cada hombre morir” (Hebreos 9:27). De cada hombre, de cada mujer, de cada niño, de cada viejo. La muerte no hace acepción de personas.
Una de las enseñanzas capitales del Eclesiastés, libro escrito por Salomón, es que nada podemos contra la muerte ni existen armas para combatirla; ante ella tenemos la batalla perdida: “No hay hombre que tenga potestad sobre el espíritu para retener el espíritu, ni potestad sobre el día de la muerte; y no valen armas en esta guerra” (Eclesiastés 8:8).
Los incrédulos que escriben sobre la muerte en La Biblia del ateo insisten en que morimos y todo se termina. Voy a permitirme citar aquí una referencia de Cristo sobre la vida después de la muerte.
En conversación con los discípulos, el Maestro le dice: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho” (Juan 14: 2).
Cristo habla de mansiones celestiales, ya preparadas para los que mueren en Él. La fuerza del argumento recae en la segunda parte del versículo: “Si así no fuera, yo os lo hubiera dicho”. Es decir, si no hubiera Dios, ni cielo, ni vida tras la muerte, Él lo hubiera dicho.
Y Cristo era incapaz de mentir. “No hizo pecado ni se halló engaño en su boca” (1ª de Pedro 2:22).
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