Rendirse ante la evidencia de la sucesión de libros, obras o eventos ligados al “oficio mayor” es la mejor vía para dar cuenta de lo acontecido.
Y hoy en el brillo de un pensar agónico,
con muchas añoranzas tenues, débiles,
y algo de una infeliz perplejidad,
la imagen de la mente se restaura;
aquí me hallo no sólo con la idea
del placer sino en la certeza amable
de que ahora hay vida y alimento
para el mañana.
William Wordsworth, La abadía de Tintern,
versión de Víctor Manuel Mendiola
Los recuentos anuales suelen reiterar muchos lugares comunes, pero cuando se intentan de manera más personal pueden surgir algunas opciones de registrar sucesos que se incorporaron a la experiencia cotidiana marcada por las preferencias. En este caso, fueron lecturas, aproximaciones o relecturas que sacudieron de diversos modos el abordaje planeado (pero más el no planeado, ante los imprevistos de rigor) por la orientación y los gustos acumulados. Así que, rendirse ante la evidencia de la sucesión de libros, obras o eventos ligados al “oficio mayor” es la mejor vía para dar cuenta de lo acontecido. Después de todo, como escribió Octavio Paz (tan citado por Rubem Alves):
Todos los días atravesamos la misma calle o el mismo jardín; todas las tardes nuestros ojos chocan en el mismo muro anaranjado, hecho de ladrillos y del tiempo urbano. De repente, un día cualquiera, la calle da al otro mundo, el jardín acaba de nacer, el muro fatigado se cubre de signos. Nunca los habíamos visto y ahora estamos espantados porque están así: tantos y abrumadoramente reales. Su propia realidad compacta, nos hace dudar: así son las cosas ¿o son de otro modo? (El arco y la lira)
El recorrido inició con la gran pérdida de Julio Trujillo, antiguo compañero de aulas, lo que permitió revalorar una trayectoria sólida, constante, con registros diversos y que en Jueves (2021) alcanzó una amplia expresión verbal. Aparecieron sus libros póstumos Todavía y Detrás de la ciudad y antes del cielo; con el segundo ganó el VIII Premio Internacional Margarita Hierro. Desde Una sangre (1998) Trujillo tuvo clara conciencia de su destino poético que fue tejiendo pacientemente con un fino conocimiento de las posibilidades del lenguaje. Su traslado a Inglaterra, precedido por circunstancias complicadas, lo llevó a una situación límite. Deja una gran lección de perseverancia signada por un estilo inconfundible.
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El centésimo aniversario del nacimiento de Ernesto Cardenal fue la ocasión propicia para acceder, por fin, a una nueva edición de su poesía completa (Planeta), con prólogo de Elena Poniatowska. El universo expresivo que construyó obliga a releerlo continuamente para comprender mejor el registro místico que lo posicionó como una voz completamente reconocible a partir de los Salmos (1964) y que llegó hasta obras extremadamente creativas en ese ámbito como la que cierra el volumen en cuestión (Por el camino de Emaús):
No.
No volverá todo al vacío del que vino
Hará una creación nueva nos ha dicho
Un mundo nuevo sin entropía
no este en el que todo se gasta
liberados del tiempo esa ilusión
que dijo Einstein
en un perpetuo hoy
transformados por el Amor
hasta ser una especie nueva
Su manejo del versículo, pero también del verso corto lo muestran como un verdadero maestro de las formas. Discípulo de Ezra Pound y de Thomas Merton, tomó la poesía estadounidense como modelo y consigna. Salmos estuvo muy cerca de aparecer en una edición impensada con un gran tiraje. Revisitarlo depara encuentros con una lírica exteriorizada al máximo.
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El insigne profesor e investigador colombiano Luis Enrique Sendoya (1917-1994), avecindado en México y cuyas clases sobre temas bíblicos fueron inolvidables, fue también poeta, autor de seis volúmenes y gran lingüista. Sus alumnos no lo apreciamos lo suficiente, pero uno tuvo la dicha de que le dirigiera su tesis. Todo un teórico literario (conocía ampliamente los autores rusos; fue premiado en ese país), como lo muestran los textos suyos que aún se pueden leer, especialmente en la revista Acta Poética que iluminó como pocos. “La lengua poética según Jan Mukarovsky” es muestra de su nivel. Niebla de música (1950) y Elegía por una ciudad muda (1957) son dos de sus poemarios.
Pupila vegetal, trémula y suave
que en el perfume del rosal solloza,
mirada que al contacto de la rosa
despierta para el sueño y no lo sabe.
Vienes desde la nube, y todo cabe
en tu efímera forma temblorosa:
la mañana callándose reposa
en el asombro de tu entraña grave. […]
(“Soneto para una gota de agua”)
Recordar la pasión con que enseñó es una forma de hacer que su memoria siga viva.
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Cuando el de la voz leyó fragmentariamente el poema “Rostro de hombre” de Gastón Soublette (1927-2025) en una antología poco accesible nunca imaginó que se encontraba frente a un polígrafo, filósofo, pensador y notable investigador de la cultura popular chilena. Ese texto, acerca de Jesús de Nazaret, a quien retrató de cuerpo entero, está ahí como ejemplo de las alturas que alcanza la poesía religiosa latinoamericana. Tras años de buscar su rastro reapareció ese título, sólo que ahora de un libro en el que se explayó casi teológicamente acerca del personaje. Parece que no siguió escribiendo mucha poesía, pero eso no importa en realidad: su acercamiento es justo, puntual y sublime:
La primavera sólo sabe responder con flores e insectos
Y los volcanes con fuego y cólera
La vida sólo sabe responder con la vida
¿No era eso lo único que deseamos a través de nuestra azarosa existencia?
Pues la vida se manifestó y Pedro y Juan la vieron.
Extravagante en su apariencia, obsesivo en sus búsquedas, apasionado también, la poesía lo tocó inevitablemente y respondió con gallardía a ese llamado mientras duró.
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Llegaron los cien años del nacimiento de Roberto Juarroz, poeta irrepetible, con una obra centrada en la verticalidad, cerebral en apariencia, aunque con una contundencia irrefutable. Palabras como dardos que atraviesan la realidad, la existencia humana en su grandeza y en su pequeñez. No en balde Octavio Paz habló de su altura y de su profundidad como extremos de lo vertical, de lo que se ve dese arriba, pero también desde abajo. No ha cejado el interés por desentrañar los misterios de su aventura verbal sin concesiones, empeñada en hallar asideros improbables para nombrar las ausencias, los vacíos, las caras ocultas de la experiencia. En la poesía argentina tildada en algunas de sus zonas de “metafísica” no ha surgido alguien así, que se tome de las despresencias para fundar nuevas realidades inalcanzables mediante mecanismos lingüísticos totalmente impensados. De la Decimoquinta poesía vertical (2002, en francés) procede esto:
Apagar la luz, cada noche,
Es como un rito de iniciación:
abrirse al cuerpo de la sombra,
volver al ciclo de un postergado aprendizaje:
recordar que toda luz
es un enclave transitorio.
El encuentro personal con él en 1987 fue un parteaguas total. Estar cara a cara con un hacedor de esas gemas fue algo insustituible y proseguir en sus océanos intuitivos y fulgurantes es un desafío que no termina nunca.
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Ver y escuchar a Kyra Galván (1956) era tan necesario como impostergable habiéndola leído durante décadas, especialmente desde aquellos textos iniciales que la instalaron en el mapa de la poesía mexicana y latinoamericana, feministas muchos, sí, pero de un feminismo exquisito, crítico sin llegar al panfleto. El anuncio de que estaría en esa estación de radio oficial tan cercana fue un acicate obligado, nada impediría escucharla y saludarla como lo que es: una de las autoras más constantes del panorama poético en castellano. Verla reinventarse en todos los sentidos, retomar estilos y temas intocados con anterioridad fue un verdadero banquete y todo desde la sencillez humana de alguien que no se sabe indispensable, pero que en rigor lo es, como toda la poesía. “Las cocineras” (de Un deseo frustrado desde la eternidad, 2022, delicioso recuento de mujeres anónimas, mitificadas) es un descubrimiento feliz y gozoso:
Las cocineras
hornean, ponen en conserva,
sazonan, gratinan, saltean, despellejan
rebozan, cuelan, untan
añaden paciencia
vierten una pizca de lágrimas
baten mezcla de ingredientes secos
y media cucharada de amor y bicarbonato
ciernen dos tazas de melancolía
guisan corazones al oporto
hígados encebollados
y despiertan el paladar
con rajas, pimienta y habanero.
Nos sirven cielo y placer empanizados.
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“Dramaturgos y poetas” fue el título de una lectura dramatizada de poetas a la que el director Sergio Cárdenas invitó con su proverbial generosidad, nada menos que en la sede coyoacanense de la Compañía Nacional de Teatro. Vaya uso tan peculiar del tiempo: fuera/dentro de este mundo la poesía lo invade todo con su aura que ilumina, mueve, sacude, hace viajar a la mente y la imaginación, retrotrae lo vivido y lo no vivido, qué sé yo, esto y aquello que el mundo material no sabe procurar, aunque lo contiene en dosis infinitas. Los textos de Rodolfo Usigli, Jaime Augusto Shelley, Alejandro Aura y, para cerrar, Elena Garro, bien seleccionados por el primer actor Arturo Beristáin y su grupo de hicieron de esa noche de septiembre un auténtico oasis en la que la palabra poética encarnó en las voces y la corporalidad de una manera única. Nadie debe dejar escapar instantes como ésos, especialmente quienes dicen no entender la poesía: la selección, lúdica y directamente pensada para impactar, no da cuartel a quien se piense ajeno/a a los buenos versos. He aquí unos de Usigli:
Dadme palabras
Para cubrir mis palabras–
Las palabras secretas de un amor,
Las palabras estrellas de un niño
O el silencio. Todo el silencio.
Para cubrir las palabras
de mis treinta años.
*
Toparse con La abadía de Tintern (1798-1800), de William Wordsworth (1770-1850) en traducción del poeta y crítico mexicano Víctor Manuel Mendiola rebasa con creces lo imaginado, pues este traductor fue capaz de tomar el aliento de ese poema hiperreflexivo y hacerlo sonar en un castellano tan limpio y transparente que no parece haber sido escrito en otro idioma. La forma y la profundidad están tan bien articuladas que el texto exige la lectura en voz alta, no tanto para comprender la reflexión extendida del autor inglés sino para escucharse uno mismo en la voz suya venida de las matrices expresivas de otra lengua. La UNAM, fiel a su tradición divulgadora, dio a conocer La arena en fuga. Antología del romanticismo inglés, en donde aparece esta versión que puede leerse en el sitio del Periódico de Poesía en los dos idiomas (https://periodicodepoesia.unam.mx/la-abadia-de-tintern/). Sobre esta grandiosa obra escribió Rosie Schaap: “Es un gran poema. Pero la mayoría de las personas que conozco que conocen bien la obra de Wordsworth no lo consideran su mejor poema. Ese honor, en mi experiencia, suele corresponder a su oda ‘Intimations of immortality from recollections of early childhood’. Es un poema que también me encanta, pero nada me llega tanto como Tintern Abbey. Es la fuente de consuelo más confiable que conozco. Es la obra literaria a la que recurro con más frecuencia cuando me siento separada de otras personas, incluso, de alguna manera, desconectada de mí misma. Nada me recuerda mi propia humanidad como Tintern Abbey. Es el poema que más necesito” (https://wordsworth.org.uk/blog/2015/06/08/romantic-readings-tintern-abbey-by-william-wordsworth/).
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Revisitar las antologías propias juveniles fue un retorno a los atisbos del asombro repartido en esas lecturas fugaces que se han quedado en los intersticios de la memoria de donde no quieren irse por nada del mundo. Espejo creciente fue el título que la imaginación imberbe adjudicó a esas cinco colecciones que entre 1986 y 1990 hicieron constar las lecturas caóticas, pero grandemente placenteras que se hicieron en esos años formativos, mucho tiempo antes de que surgiera la idea de elpoemaseminal. La diversidad, la sorpresa, el asombro se combinaron fehacientemente hasta forjar esos cuadernos en donde los versos copiados a máquina querían ser un corpus de lecturas, aun cuando solamente revelaban los encuentros que progresivamente se iban logrando a través de suplementos, novedades, recomendaciones y hallazgos. La acumulación desordenada fue una sucesión de descubrimientos que quedaron para regresar a ellos siempre aleatoriamente. Fragmento de “Aunque la mies más alta dure un día”, de Ángela Figuera Aymerich (1902-1984):
He de morir y a muerte me preparo
dando, a tan poco tiempo, tanta vida
que he de ganar de fijo la partida
y ha de lograr diana mi disparo.
Mujer de carne y verso me declaro,
pozo de amor y boca dolorida,
pero he de hacer un trueno de mi herida
que suene aquí y ahora, fuerte y claro. […]
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Las pérdidas se juntaron en tiempos muy cercanos: Salomón Villaseñor (1964), a quien se había reencontrado luego de años de distancia. Colaboró en la revista Obra Negra (1992). Autor de versos cuya sencillez no escondía la profundidad. José de Jesús Sampedro (1950), ganador del Premio Nacional Aguascalientes con Un (ejemplo) salto de gato pinto (1975), poesía no convencional con un gran sentido de la experimentación. Animador constante de proyectos culturales. Eduardo Hurtado (1950), luego de una enfermedad que lo encerró para producir textos breves e inteligentes. Magnífico observador de la vida cotidiana que nutrió su obra permanentemente. Miscelánea (2021) es algo así como su testamento improbable: “Largo, lento intervalo / de la ruina:/ a punto, siempre y a punto / del último derrumbe” (“Duración”). Mónica Maristain, argentina de nacimiento, de larga estadía en México, Drinking Thelonius (2008, revisado editorialmente por quien escribe en su momento) es un trabajo de gran aliento con poemas de versos largos propios de alguien que ponía a dialogar absolutamente todo en el texto sin ser grandilocuente: poesía conversacional transparente y fluida: “hoy fue un día en que he leído a celan y una gota / de sangre desvencijó mi corazón / (este olor acre que me sale del cuerpo) / ruge un claxon / la gotita de más me está matando”.
Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters (1868-1950), un autor siempre respetado, es una revelación constante. La edición de Galaxia Gutenberg realizada por Eduardo Moga, luego de otras que circulan poco, viene a llenar el hueco que los aficionados a esta poesía esperaban desde hacía tiempo. Bilingüe, como debía ser, permite abrevar en esa reelaboración genial de los panteones griegos que este poeta estadounidense asumió como un desafío inalcanzable, pero al que respondió con creces. Quizá la mejor traducción de poesía al castellano aparecida en 2025.
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El centenario del nacimiento de Rosario Castellanos fue ocasión para volver a su obra, siempre exigente, demandante, y reencontrarla en esos versos duros como navajas que abren la realidad con una violencia dulce, pero violencia al fin: “”.
Alguien me hincó sobre este suelo duro.
Alguien dijo: Bebamos de su sangre
y hagamos un festín sobre sus huesos.
Y yo me doblegué como un arbusto
cuando lo acosa y lo tritura el viento,
sin gemir el lamento de Job, sin desgarrarme
gritando el nombre oculto de Dios, esa blasfemia
que todos escondemos
en el rincón más lóbrego del pecho. […]
(“Destino”)
Esa poesía nunca decepciona y por eso causó gran alegría el aluvión de eventos que la conmemoraron en todas sus facetas: periodista, profesora, novelista, feminista… Demostración de que las etiquetas de género no son más que eso cuando la obra se sostiene por sí misma. De las mayores escritoras mexicanas del siglo XX.
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Del Borges de los Textos recobrados (un obsequio enormemente agradecible) hay en el primer volumen versiones primerizas de poemas que luego sufrieron importantes modificaciones, pero también traducciones francamente inverosímiles en las que solamente él pudo confiar que son joyas instantáneas. Digno es de seguir explorando en esas recopilaciones lo que quedó fuera de sus libros canónicos, pues todo lo que era poesía y tocaba este hombre refulgía, aunque no lo pareciera en un primer momento. El poeta Borges lo fue en todos los momentos. “Himno del mar” (1919) es un portento de poema a la edad en que fue escrito.
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Laura Jorquera (1889-1978) fue una poeta chilena que merece ser conocida no solamente como una pionera, que lo fue, sino como gran autora de sonetos formidables. Gracias al amigo colombiano Juan Carlos Gaona-Poveda se ha sabido del primer estudio abarcador sobre su trabajo como escritora: Sal de la tierra y luz del mundo: vida y obra de Laura Jorquera, de Pablo Rojas Barrera. Fue incluida en El salmo fugitivo. Antología de poesía religiosa latinoamericana gracias al pequeño libro que publicó en México la Casa Unida de Publicaciones en 1956: Sonetos de la fe, una auténtica rareza en todos los sentidos. Gaona Poveda escribió un texto sobre ella en Lupa Protestante (www.lupaprotestante.com/laura-jorquera-y-la-escritura-femenina-evangelica-juan-carlos-gaona-poveda/). He aquí uno de esos poemas inspirado en un texto clásico:
No me inclina, Señor, para adorarte
La gloria que me tienes ofrecida,
Ni me atrae el saber que en otra vida
Siglos tendré para servir y amarte.
Tú me llamas, Señor, debo escucharte
Pues Tu voz insistente me convida.
Con lazo indisoluble se halla unida
Mi alma Contigo, y debo acompañarte.
Mi vida toda quiero consagrarte;
Mi alma a Tus plantas mírala rendida,
Sus males, su dolor sin ocultarte.
Y al Calvario subir, por alcanzarte,
Dispuesta estoy, en ansias encendida
Si sólo así puedo mi amor probarte.
(1934)
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“Poemas candorosamente malos” decían que escribió Julio Cortázar, pero no, lo reunido en Salvo el crepúsculo y ahora en la reciente poesía completa demuestra que, sin pertenecer al gran grupo de autores del boom poético latinoamericano, su obra lírica (como se decía antes) se sostiene por mérito propio. La sección “El hombre innominable” consta de un grupo de textos que deben ser leídos lentamente para no perderse en sus giros geniales, en sus apuestas verbales que retuercen los sentimientos hasta hacerlos sangrar. Regresar a ellos, una y otra vez, produce una sensación de frescura y de renovación que, sin pensarla como tal, consigue alertar la imaginación.
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Y, para cerrar el año, llegó la noticia de la aparición de Calandra de luz. La presencia de la teología de la liberación en la poesía latinoamericana (Ediciones Cátedra), de Ángel Esteban, el incansable investigador español de la Universidad de Granada Ángel Esteban, quien conoce a la plana mayor de la literatura latinoamericana mejor que los críticos nativos. Toda una hazaña. Es autor de la edición crítica de Los recuerdos del porvenir. Se ocupa de César Vallejo, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Rubem Alves, Julia Esquivel, Pedro Casaldáliga y Ernesto Cardenal mediante un repaso pormenorizado de los entretelones históricos y culturales de ambas realidades entrelazadas. Es un estudio largamente esperado y de lectura obligatoria para los interesados en la expresión cultural del pensamiento cristiano liberador.
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