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Simplifica, de Bill Hybels

Cuando la gente está a punto de morir, ¿quieres saber de lo que hablan? De dos cosas: de si están bien o mal con sus familias, y de si están listos para encontrarse con su Hacedor. 

FRAGMENTOS 26 DE JUNIO DE 2015 05:30 h
simplifica, bill hybels Portada del libro

Este es un fragmento del libro ‘Simplifica', de Bill Hybels (2015, Tyndale House). Puede saber más sobre el libro “Simplifica” pulsando aquí.



 



No llegues al final de tu vida diciendo (con las palabras de la canción de U2), «I still haven’t found what I’m looking for» [Todavía no he encontrado lo que estoy buscando].



¿Alguna vez te has parado a preguntarte dónde pasarás probablemente tus últimos días en este planeta? Nadie sabe cuándo o dónde morirá, pero por estadística, es muy probable que sea en una cama de hospital. Es muy posible que pases tus horas finales tumbado en una cama de hospital, rodeado de monitores electrónicos, portasueros y cosas así. Como soy pastor, he estado en cientos de habitaciones así.



Acerco una silla y me siento junto a la persona que está en la línea de llegada, a veces en las horas o momentos finales. He pasado por esta rutina muchas, muchas veces, y sé cómo va. El patrón apenas varía.



Primero, sin embargo, déjame contarte lo que nunca pasa. En las vigilias alrededor de una cama a las que asistido, nunca he escuchado a nadie decir: «Eh, ¿me puedes traer esa placa de agradecimiento que conseguí por ser voluntario en el parque del distrito? Está colgada en la pared de mi sala de juegos. Tráemela para que pueda mirarla y recordar cómo todos me aplaudieron».



Nadie me ha pedido que vaya al banco y les lleve un maletín lleno de dinero conseguido con esfuerzo. Nadie me ha dicho jamás: «Déjalo aquí junto a mi pecho. Quiero sujetar mi dinero cerca de mi corazón mientras expiro».



Nadie me ha pedido que llevase su fabuloso BMW nuevo a lavar y después lo aparcase al otro lado de la ventana del hospital. Nadie me ha pedido nunca: «Que lo limpien bien. Que le pongan una buenacera. Y después ponlo ahí afuera para que pueda mirarlo mientras doy mi último suspiro». 



Nadie me ha pedido nunca que corriese a la oficina de su abogado para traerles una copia del último estado financiero de su compañía. Nadie me ha dicho nunca: «He trabajado muy duro por ese negocio. Solo quiero leer el estado financiero una última vez».



Simplemente, estas no son las conversaciones que tienen lugar cerca del final de una vida. Cuando la gente está a punto de morir, ¿quieres saber de lo que hablan?



De dos cosas: de si están bien o mal con sus familias, y de si están listos para encontrarse con su Hacedor. 



El cien por cien del tiempo, estas son las conversaciones que tengo con la gente en las camas de hospital.



 



Bill Hybels.

Hablé con un empresario hace algún tiempo en un restaurante. Se estaba recuperando de una batalla reciente con una enfermedad que le había postrado en el hospital durante más de cien días. Casi muere varias veces, pero se había recuperado milagrosamente y había obtenido una prolongación para su vida. Se emocionó al contármelo.



—Hay algo extremadamente perturbador en esta larga enfermedad —dijo.



—¿Aparte del hecho de que casi mueres varias veces? -pregunté. Sí —dijo él—. Fue otra cosa. Ya ves, pocas personas vinieron a visitarme. Quiero decir, literalmente, casi nadie. En cien días.



Sus ojos se llenaron de lágrimas. Se me revolvió el estómago.



—¿Cómo fue eso? —le pregunté.



—En mi empresa, he hecho a miles de personas ricas, extremadamente ricas -dijo. Yo conozco su compañía, y es un negocio multinacional, muy exitoso. No estaba exagerando—. Pero es una pena que pocas de esas personas del trabajo vinieran a verme cuando estuve tumbado durante más de tres meses.



 —Di mi vida por esta compañía, pero supongo que para ellos no era más que el director ejecutivo, el jefe.



—¿Y qué hay de tu familia? —pregunté. Sabía que tenía esposa y algunos hijos adultos—. ¿No te visitaron?



—Bueno, para ser sinceros, abandoné un poco a mi familia mientras montaba el negocio y hacía rica a toda esta otra gente —dijo—. Por eso no toda mi familia me visitó mientras estaba en el hospital.



Algunos lo hicieron. Pero no todos. Ahora los dos estábamos llorando. No sabía qué decir, así que fui sincero con él.



—Sí, amigo mío, hiciste eso mal —le dije—. Lo siento mucho.



 



Hablamos un poco más acerca de cómo, con la vida que había recuperado, podía hacer algunas reparaciones atrasadas desde hace mucho en aquellas relaciones.



Contrasta la historia de este hombre con la de otro amigo mío, el propietario de un negocio que fue un pilar en nuestra iglesia durante veintitantos años. Este hombre pasó bien su única vida. Mantuvo el desorden a raya y llevó adelante días simplificados de propósito, significado y satisfacción. Hace varios años le diagnosticaron una terrible enfermedad incurable, y él se dio cuenta de que tenía los días contados.



Recibió tratamiento de los mejores médicos que pudo encontrar. Pero la enfermedad le estaba quitando la vida. Cerca del final, una vez realizados todos los esfuerzos razonables por prolongar su vida, mi amigo no vio la necesidad de luchar por un milagro médico. Estaba tan seguro de su relación con Dios que decidió: "No quiero morir en un hospital. Quiero morir en casa."



Fui a visitarlo a menudo. Cuando supimos que el final estaba cerca, me llamó y me dijo



 «¿Podrías hacerme un favor? ¿Puedes arreglarlo para que algunos amigos —mis colegas de la iglesia— vengan?



MÍ familia esta aquí, y me encantaría que pudiéramos reunimos y cantar algunas alabanzas a Dios. ¿Podrías prepararlo?».



Asi que un grupo —sus amigos cantantes, una banda de voluntarios con la que había trabajado y yo— nos reunimos en su casa con su familia. Nos pusimos alrededor de su cama y durante cerca de una



hora y media cantamos las canciones que habíamos cantado juntos en la iglesia por más de veinte años. Él descansaba allí con mucha paz,cantando con nosotros lo mejor que podía, y decía: «Gracias. Gracias. Gracias». Créeme, no había quien no llorara en aquella habitación.



Oramos por él antes de marcharnos, y yo fui el último en dejar la habitación. Agarró mi mano y sonrió. «Bill, cuando me presentaste a Cristo y me bautizaste —dijo— encontré lo que estaba buscando.



Amo la comunidad de mi iglesia. Y Dios me recordó a lo largo de toda mi vida que la familia importa. Tengo la mejor familia que se pueda imaginar. Esta noche estaban todos a mi alrededor, familia y amigos. Y sé dónde voy cuando muera. Ha sido una buena vida». A los dos días murió.



Vaya contraste, ¿verdad? Mi amigo era de todo menos alguien que corría tras el viento. Invirtió su única vida en cosas que importan. No simplificó su vida evitando o quitando las cosas que no satisfacían; llenó su vida con las cosas que lo hacían. Comprendió una verdad vital que me desafía cada día, y yo te la ofrezco a ti ahora.



 


 

 


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