He visto tantos milagros en respuesta al clamor de padres y abuelos que me atrevo a decir que esta es una de las fuerzas más poderosas sobre la faz de la Tierra.
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Como parte de mi pastorado me encuentro constantemente con padres desesperados por la condición en la que se hallan sus hijos y la impotencia de poder hacer muy poco o nada a favor de sus tutelados.
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Una madre, recién convertida, me decía: “Tengo dos hijas. La de veintiún años está en una relación lesbiana, vive en otra ciudad, siente odio por mí y peor ante mi decisión de seguir a Cristo… Estas vacaciones pasé unos días con ella y comprobé que la relación con su actual pareja no solo está fuera del plan de Dios para ella, sino que es altamente tóxica, por no decir, enfermiza. Aunque intento amar a mi hija, cuanto más me acerco a ella más se aleja de mí. Y la pequeña, de catorce años, idolatra a su hermana mayor y rechaza también mi fe. A pesar de que vive conmigo se niega a acompañarme a la iglesia y estoy muy preocupada por su futuro”.
Vaya panorama. Me gustaría decir que son casos aislados. Sin embargo, cada semana, padres con gran dosis de frustración y confusión nos piden consejo. Ven cómo sus hijos son enredados por el sistema del mundo, como si de una tela de araña se tratara, y que se distancian en su corazón de sus progenitores y de Dios.
Para esta madre angustiada mi respuesta fue: “Ama a tu hija. Que ella nunca dude de que tiene una madre que la ama. Espérala en la entrada, como el padre de la historia del pródigo esperaba a su hijo, y no dejes de orar por ella. La oración de los padres por los hijos es tan poderosa que parece profecía en muchos ejemplos de la Biblia”.
En cambio, para la de catorce, que sigue bajo su tutela, le recomendé otras acciones, mezcla de amor, persuasión, firmeza y astucia, que no son el tema de este artículo.
Al estudiar la Palabra de Dios encontramos numerosos ejemplos de padres orando por sus hijos. Lo curioso es que cuando Noé, José, Jacob, Abraham o David oran por sus hijos -o los hijos de sus hijos- lo hacen en categoría de profetas. Es como si le prestaran la boca al Señor para hablar una palabra de bendición sobre su descendencia, con la seguridad de que esta palabra los perseguirá y tendrá consecuencias eternas.
He hecho mío ese modelo al orar por mis hijos. De manera que (y tomando una de las promesas de la lista que he recopilado) si voy a orar en base a Isaías 54:13, que dice, “Todos tus hijos serán enseñados por el Señor, y grande será el bienestar de tus hijos” (es una promesa que me encanta), oraré de la siguiente forma: “Rebeca, Enoc, Rubén, Caleb -hijos míos- todos vosotros seréis enseñados por el Señor y grande será vuestro bienestar. Así lo dice, Isaías cincuenta y cuatro, trece, y hago nuestra esa promesa, en el nombre de Jesús, amén”.
Ni mucho menos, estoy diciendo en este artículo que puedo educar de cualquier forma a mis hijos o darles un mal ejemplo, y que estas promesas bíblicas surtirán el efecto esperado a modo de sortilegio. Todo lo contrario; una vez hecho mi mejor esfuerzo al educarlos y dejar un ejemplo sembrado en sus corazones, oraré con fe, asido de estas promesas que en Cristo Jesús son sí y amén (2 Corintios 1:20).
He visto tantos milagros en respuesta al clamor de padres y abuelos que hoy me atrevo a decir que una de las fuerzas más poderosas sobre la faz de la Tierra son las oraciones, llenas de fe y fervor, de una paternidad, natural o adoptiva. Porque nadie ama como unos padres, nadie intercede con tanta tenacidad y pasión. Si sumado a este hecho comprendemos que las promesas de la Palabra de Dios son como unas cuerdas de amor que lanzamos sobre nuestros vástagos, capaces de destruir los enredos del pecado y atraerlos al Salvador, pondremos en nuestra oración toda la solemnidad de un patriarca que bendecía a sus hijos o de un Moisés bendiciendo a Israel o de Jesús orando por sus discípulos antes de partir o de Pablo confesando sobre sus hijos espirituales cosas como esta: “mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:13).
Hoy os comparto 21 promesas que podemos usar para bendecir a nuestra descendencia. Cree que eres el mejor profeta para hablar destino y propósito sobre tus hijos. Así, las bendiciones de papá o mamá -o de los abuelos- serán como el Señor mismo poniendo sus manos sobre ellos y bendiciéndolos.
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Os dejo un enlace al podcast en el que oro por mis hijos usando estos versículos. Por si te inspira o anima a cómo bendecir a tu descendencia.
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