El ideal de King fue costoso; una perla de incalculable valor. Valió su vida. ¿Nos arriesgamos nosotros por lo demás?
Martin Luther King Jr. / Foto: [link]Florida Memory[/link], Unsplash CC0.
Martin Luther King Jr. tenía un sueño. Su sueño era una sociedad profundamente diversa, donde a todo ser humano se le concediera dignidad; donde el color de la piel no fuera un delito ni un castigo; donde cada persona pudiera vivir libre de los prejuicios y fobias de sus vecinos, sin importar su estatus social, religioso o cultural.
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Este ser profético murió asesinado violentamente por promover el sueño que deseaba lograr, alcanzando solo destellos de cómo comenzaba a materializarse.
Hoy nos enfrentamos un sueño roto. Una serie de conspiradores y sus seguidores tienen otro sueño: un mundo de odio, discordia, discriminación y sufrimiento.
Su sueño es una comunidad cerrada, amurallada, marcada por la supremacía blanca; una sociedad despojada de diversidad, vacía de belleza y disponible solo para la más pequeña de las minorías.
Estamos ante un mundo cruel y sin amor, asediado por la violencia, acunado en el conflicto y perpetuamente en guerra consigo mismo. Y estamos peligrosamente cerca de que una visión racista se convierta en nuestra realidad cotidiana. Tenemos meses, semanas, quizá solo días, para apartarnos del precipicio de la inhumanidad.
El mundo que soñó el Dr. King sigue siendo lejano y más que un recuerdo, se ha vuelto humo del pasado. Sigue siendo una aspiración, una esperanza aún no realizada a la que todavía no hemos entrado ni a su umbral. Pero quienes creemos en ese sueño no podemos descansar; debemos actuar ahora, más urgente que nunca.
Está bien pensar en Martin Luther King, leer sus libros, escuchar sus predicaciones, ver sus fotos en las marchas a favor de la libertad; publicar citas o memes e invocar su nombre. Pero esas cosas son fáciles de hacer.
No tienen un costo real ni implican inversión personal. Son la forma más segura de pasividad ante la avalancha creciente de la sinrazón: aquellos que quieren expulsar a inmigrantes, negros, judíos, musulmanes y cualquiera que no tenga “pedigrí” europeo puro.
El ideal de King fue costoso; una perla de incalculable valor. Valió su vida. ¿Nos arriesgamos nosotros por lo demás?
En el mes de enero se celebró la vida de King, y no podemos celebrarla mientras toleramos la discriminación y el terrorismo contra personas de color, distintas que buscan refugio en nuestras costas.
No podemos hacerlo mientras ignoramos a inmigrantes que necesitan nuestra ayuda o mientras nos acomodamos ante los prejuicios de familiares, vecinos, jefes y líderes políticos, sociales o religiosos.
Quienes compartimos ese objetivo pacífico, debemos custodiarlo de manera que nos desafíe. Exige mucho más que segundos invertidos en una publicación en redes sociales.
En estos momentos de enorme trascendencia, quienes nos reunimos como personas de fe , moral y conciencia cristiana debemos decidir por cuál visión trabajaremos, lucharemos y comprometemos nuestras vidas.
Cincuenta y siete años después del asesinato de esta voz de la reconciliación social, del amor hecho compromiso, su legado sigue vivo, aunque aún incompleto. King, inspirado por Jesús —quien dijo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” y “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 22:39; 5:9)— escribió en La fuerza de amar: “El odio es una carga demasiado pesada para soportar. He decidido amar”.
Cada acción que tomemos hoy, cada palabra que pronunciemos y cada injusticia que decidamos enfrentar puede acercarnos un paso más a ese mundo reconciliado y sin odio que él soñó… y que es, la esencia misma de Dios.
En el principio de la Creación, Dios vio que todo era bueno, y nosotros lo hemos degradado. Ahora depende de nosotros restaurar con amor, justicia y compasión.
Que nuestras decisiones reflejen las enseñanzas de Jesús y que nuestro compromiso sea la luz que guíe a quienes vendrán después. El tiempo de actuar es ahora. Nos corresponde construir un mundo más justo, vivirlo con coherencia y defenderlo con valentía.
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