La resaca emocional después de las fiestas: el inicio del trabajo del alma.
Foto de [link]Phil Hearing[/link] en Unsplash
Hay un momento preciso en el que la anestesia deja de hacer efecto. No avisa, no pregunta, no negocia. Simplemente se va, y con su partida vuelve la sensibilidad. Es parecido a lo que ocurre después de una cirugía: durante un tiempo todo parece estar en orden, no hay dolor, no hay urgencia, no hay señales de alarma. El cuerpo sigue herido, pero en silencio. La herida no desapareció, solo quedó suspendida bajo el efecto del analgésico. Hasta que, inevitablemente, el medicamento pierde su fuerza. Y entonces el cuerpo vuelve a hablar. No lo hace para castigarnos, sino para protegernos. No para acusarnos, sino para recordarnos que hay algo que necesita ser atendido, cuidado y sanado.
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Así funciona enero para el alma.
Diciembre es, muchas veces, una anestesia emocional colectiva. Luces, encuentros, abrazos, comidas, risas, promesas, regalos. Todo eso es hermoso, necesario y profundamente humano. Pero también tiene una sombra silenciosa: nos permite distraernos de lo que duele. Nos da una pausa. Un respiro. Un “luego lo resolveremos”.
No porque queramos huir conscientemente, sino porque el alma cansada busca descanso donde y cuando puede.
Y entonces llega enero, casi sin pedir permiso. Se apagan las luces, se guardan los adornos, la casa vuelve a su forma habitual y la vida retoma su ritmo real. Regresan las rutinas, las cuentas que hay que enfrentar, las tensiones que nunca se fueron del todo.
Vuelven también esas preguntas que dejamos en pausa, esas conversaciones que evitamos, esas heridas que seguimos postergando… Y no es que enero sea cruel, es que es honesto. No viene a inventar nada nuevo, simplemente deja al descubierto lo que ya estaba ahí. El inicio del año no crea el dolor; lo revela.
Yo mismo lo entendí de una manera muy clara cuando me di cuenta de que cada enero me encontraba en el mismo lugar. Cambiaban las fechas, cambiaban los propósitos, cambiaban las palabras… pero mi interior seguía igual. Fue ahí cuando comprendí que no podía seguir anestesiándome, que no bastaba con distraerme unos días más. Tenía que responsabilizarme de lo que estaba evitando mirar.
Por eso la resaca emocional no es un problema en sí misma: es una señal de que algo necesita ser atendido. No es un castigo, es un llamado de atención. No es una evidencia de debilidad espiritual, sino una oportunidad sagrada de despertar. Es el momento en que el alma deja de anestesiarse y empieza, por fin, a decir la verdad.
La Escritura siempre ha entendido este principio: Dios no respalda nuestra evasión, sino que nos conduce a la verdad, porque sabe que solo la verdad puede restaurarnos.
“Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno”. (Salmo 139:23-24 LBLA).
El salmista no ora: “Distráeme”, ni “alíviame rápido”, ni siquiera “protégeme del dolor”. Ora algo mucho más profundo y más arriesgado: “Examíname”. En casi todas las traducciones en español aparecen palabras como escudriñar, probar, examinar, que hablan de un conocimiento íntimo, minucioso, honesto. David no está pidiendo consuelo superficial; está pidiendo verdad. Está diciendo, en otras palabras: “Muéstrame lo que hay en mí, aunque no sea cómodo. Llévame a la raíz, aunque duela. Prefiero la luz que sana, a la oscuridad que anestesia”.
Él conoce a Dios. Sabe que no hay atajos, no hay desvíos, no hay escondites reales delante de Su presencia. Sabe que el único camino hacia la vida es la verdad.
Por eso este clamor encuentra eco en otra afirmación igualmente contundente:
“Yo, el Señor, escudriño el corazón, pruebo los pensamientos, para dar a cada uno según sus caminos, según el fruto de sus obras”. (Jeremías 17:10 LBLA)
La idea es la misma, pero desde el corazón de Dios: Él no solo puede conocernos profundamente, sino que desea hacerlo. No para acusarnos, sino para alinearnos. No para humillarnos, sino para sanarnos. No para castigarnos, sino para llevarnos a una vida más verdadera, más libre, más íntegra.
Dios no revela lo que hay en nosotros para herirnos, sino para rescatarnos. Su examen no es clínico y frío; es pastoral y redentor. Él saca a la luz lo que escondemos porque sabe que lo oculto nos enferma, pero lo expuesto delante de Su amor nos restaura.
Por eso:
Solo lo que se ve puede sanarse.
Solo lo que se nombra puede ordenarse.
Solo lo que se confronta puede transformarse.
La resaca emocional no es el fin del camino. Es el inicio de una obra. Es el momento en que Dios nos invita a dejar de huir y a comenzar, por fin, a vivir desde la verdad que sana. Y a veces, dejarse sanar implica pedir ayuda, hablar con alguien, no caminar solos.
Muchos entramos al nuevo año llenos de propósitos externos: comer mejor, organizarnos más, trabajar más fuerte, ser más productivos, rendir más. Y no está mal. Pero hay algo que no podemos olvidar: el alma no sana por rendimiento. El corazón no se ordena solo con disciplina. La herida no se cierra por ignorarla ni por cubrirla con actividad.
Hay dolores que no se van con un calendario nuevo.
Hay cargas que no desaparecen con metas nuevas.
Hay heridas que no se curan con distracción emocional, ni siquiera con distracción espiritual.
Por eso este tiempo no debería llamarse solo: “inicio de año”. Debería llamarse, con más honestidad, “INICIO DE OBRAS”.
El punto exacto en el que dejamos de anestesiarnos y empezamos a responsabilizarnos.
Cuando dejamos de huir y comenzamos a trabajar en aquello que necesita ser transformado.
Cuando aceptamos que sanar no es automático, ni mágico, ni rápido, pero sí posible y profundamente necesario.
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No desde la culpa.
No desde la condenación.
No desde la exigencia de ser perfectos.
Sino desde la verdad que sana. Desde esa verdad que no humilla, pero tampoco encubre. Que no aplasta, pero tampoco adormece.
Porque la verdad no siempre es cómoda, pero siempre es misericordiosa.
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