El robo mayor es que te sustraigan el futuro.
Si a un auténtico cristiano alguien pretende hurtarle la esperanza, tengan por seguro que manifestará su contrariedad, cuando no su indignación, por tal afrenta a los fundamentos más inalienables de su fe; una fe que, por cierto, no es sinónimo de una simple creencia (uno puede creer en que tal o cual futbolista meterá el gol del campeonato), sino médula del Verbo primero que desanima a las tinieblas.
Otra cosa bien diferente es cuando nadie intenta robarle esa oliente eternidad, sino que es él mismo quien talla su epitafio como seguidor de Cristo y se aleja, desengañado posiblemente más por la deformada práctica que de los Evangelios hacen aquellos presuntos intermediarios o ‘llevadores’ de iglesias, pródigos para el sermoneo espiritualoide o la cháchara de la desafección ideológica (aunque practiquen el pasotismo que interesa siempre a los poderosos o a los creadores de escasez), pero rácanos a la hora de implicarse en asuntos que afectan al diario sobrevivir de quienes se congregan por aquellos recintos.
Ahora bien, hablando ya de la tragedia cotidiana que, a modo de sonsonete, informa el telediario, vemos que lo que no se quería llamar ‘crisis’ está resultando un cataclismo; que lo que no se quiere llamar ‘rescate’ de los bancos privados, nos resultará una hipoteca personal que tendremos que pagar por varias generaciones, entre otros motivos porque el avalista es el Estado, es decir, todos nosotros.
Esto ya lo sabemos, y no abundaré en mayores reflexiones. Pero sí
conviene pensar y actuar sobre la situación de la juventud española y europea.
Hace pocas semanas leí el comentario de un muchacho de 18 años: “No tengo sueños, no tengo futuro. ¿Cómo voy a vivir así?”.
Si a cualquier persona (máxime si es joven) le roban su futuro, las reacciones pueden ser terriblemente desesperadas; desde la emigración como en los tiempos del hambre hasta el suicidio, pasando por actos violentos rayanos en la anarquía.
A modo de ejemplo de los recortes extremos que vienen realizando unos gobiernos (que se han ido alternando con los otros, no lo olvidemos), con el fin de calmar a ‘usureros’ legales que no conocen fronteras,
recordar el suicidio de Dimitris Christulas, un jubilado griego de 77 años que en la Plaza Syntagma, frente a la sede del Parlamento heleno, se disparó en la sien, diciendo éstas palabras: “No quiero dejar deudas a mi hija”.
Horas antes había pagado el alquiler del modesto piso que habitaba. En el bolsillo de su chaqueta había una nota previendo que “los jóvenes sin futuro” reaccionarán. En ella, tras tildar a políticos y financieros como “traidores de este país”, señalaba: “El Gobierno de Tsolakoglou ha aniquilado toda posibilidad de supervivencia para mí, que se basaba en una pensión muy digna que yo había pagado por mi cuenta sin ninguna ayuda del Estado durante 35 años. Y dado que mi avanzada edad no me permite reaccionar de otra forma (aunque si un compatriota griego cogiera un kalashnikov, yo le apoyaría) no veo otra solución que poner fin a mi vida de esta forma digna para no tener que terminar hurgando en los contenedores de basura para poder subsistir. Creo que los jóvenes sin futuro cogerán algún día las armas y colgarán boca abajo a los traidores de este país en la plaza Syntagma, como los italianos hicieron con Mussolini en 1945”.
Claro que no comparto la fórmula del suicidio ni manifestación alguna de violencia, armada o no, pero lo que sí resulta evidente es que debemos tomar postura ante tanta corruptela y apropiación indebida que ha puesto a la Europa mediterránea al borde del desastre.
Quienes somos (o decimos que somos) cristianos
no debemos olvidar las certeras palabras del poeta Miqueas: “¿Daré por inocente al que tiene balanza falsa y bolsa de pesas engañosa? Sus ricos se colmaron de rapiña, y sus moradores hablaron mentira, y su lengua es engañosa en su boca… Faltó el misericordioso en la tierra”.
Urge pensar más en el hombre, especialmente en los jóvenes formados como nunca y que ya se sienten como una generación perdida. Urge clamar por responsabilidades ante este robo mayor.
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