El País ha publicado en su edición de este sábado un bochornoso artículo sobre el crecimiento de iglesias evangélicas en la zona de Carabanchel.
Terminó sus estudios y lo primero que hizo fue recorrer el vecindario escuchando toda clase de quejas y confidencias.
¿A qué llega el hombre?
Lo que anhelaremos ver serán las marcas del Amor eterno que nos une a Él. Vernos en Él.
Aunque usted no sea tan devoto, ferviente, entusiasta y constante en la oración, recuerde que es solo en Cristo que Dios le escucha y le acepta.
María se lleva la palma.
Su parábola favorita era la del sembrador.
Aquel silencio fue más revelador que muchas respuestas. Acabó por delatar a todos.
Le recomendaban encarecidamente que, alguna vez, hiciese el esfuerzo de admitir una falta.
Se empieza a plantear la emigración masiva de todos aquellos que posean recursos suficientes para abandonar la Tierra.
Los padres se miraron horrorizados. Les escandalizaba la forma en que su hijo parecía adentrarse en el mundo.
Habitaba el mismo barrio, la misma casa; dormía en la misma habitación, en la misma cama; calzaba los mismos zapatos y vestía los mismos calzones.
Me fui. Y me acerqué a lo que siempre me había atraído: la filosofía.
Sobre la asamblea comenzó a planear una inquietud que, con el paso de los minutos, no hacía sino crecer.
Nuestras naves saben lo que quieren… más que nosotros mismos.
Somos lo que consumimos.
Se presentó lavado, bien peinado y vestido con sus mejores ropas, como quien desea ser visto con dignidad.
— Sí, los encontrará todos en la sección de teología, al fondo a la derecha.
Dicen que el ascensor es el medio de transporte más seguro que existe, incluso más que el avión.
Decíamos que era gracia; sin embargo, vivíamos como si el cielo extendiera nóminas.
Lo que ninguno sospechaba era que aquel jarrón haría historia.
— Si compra el pan, habla con el panadero; si se corta el pelo, con el peluquero, y poco más.
En cuanto enferman, los peces mueren y se precipitan al fondo del mar. No sobreviven.
No se trataba de ser bueno para añadir mérito; las buenas obras no mejoraban su ya envidiable posición.
Pero la lengua, que todo lo escucha y todo lo pronuncia, empezó a cansarse.
Quien se asomaba a la cueva salía con la vaga impresión de haber estado ante un sabio, aunque sin saber por qué.
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