El País ha publicado en su edición de este sábado un bochornoso artículo sobre el crecimiento de iglesias evangélicas en la zona de Carabanchel.
Te ruego mi Dios que me enseñes a cantar, a dejar fluir mi voz y que ella porte el perfume grato de tu amor.
Pasar con demasiada frecuencia por el sendero del pasado hace que el presente no sea vivido con la intensidad que merece.
La noche trae consigo la duermevela intranquila, alterada y frágil que llena de desasosiego las pausadas agujas del reloj.
Él siempre ha estado ahí, aguardando a que lo invoque, a que le exprese con un gesto de fe que sigo confiando en su poder.
Son muchos los puentes cruzados de la mano de mi compañero de viaje. Muchas aventuras y desventuras vividas juntos. No cambiaría nada de lo vivido.
Su omnipotencia no ha menguado, ni su amor hacia el hombre ha disminuido. No obstante fluctuamos ante su soberanía para sosegar tempestades, sanar vidas, transformar corazones.
Sea lo que sea que contemplemos mientras marchamos por la vida, es sensato aprender a contemplarlo con los ojos ungidos de gracia y prestos a vislumbrar un atisbo de belleza.
Hoy, el umbral de mi alma se abre de par en par. Me inclino ante mi Señor con la reverencia que su persona merece.
Montada en la barca recibo el azote salado del mar y mientras el viento golpea mi rostro, evoco los instantes maravillosos en los que tú has traído a mi vida inusitada alegría.
Él conoce cada uno de mis pasos, sabe donde encontrarme, Él no permite que me pierda.
Tienes inefable paciencia para conmigo, me conoces y es por ello que abusando de tu amor me vuelvo ingrata ofreciéndote tan poco.
En la antesala de lo porvenir has de aguardar con premura el sobresalto, el cambio, el haz luminoso que hará resplandecer lo que la noche oscureció y las tinieblas desean perpetuar.
Juntos, hemos pintado un arcoíris en la nueva maleta y en ella hemos introducido sueños.
Las imágenes tienen la facultad de quedar grabadas en la memoria y retornar cuando, sin ser o siendo requeridas reaparecen en el presente. Ellas nos muestran la simplicidad de un momento al que le sobran palabras.
Me quedo con esa magia de una lágrima compartida, me quedo con quién me ayudó a encontrar aquella salida...
La mirada de Jesús sigue siendo transformadora. Él detiene su paso, mira la necesidad, atiende al desamparado.
La tierra seca agradece este riego. Yo también.
Al acercarnos a la persona de Jesús vemos claramente nuestra necesidad de buscarnos en Él; único y perfecto, soberano y fiel.
Nos da miedo enfrentarnos cara a cara a nuestros gigantes, a esas sangrantes llagas que preferimos tapar para así, evitándolas, pensar que no están, que nunca han existido.
Leo en las manos de Cristo lo que soy, una marca de dolor que él lleva muy cerca y a la cual no mira con desaprobación.
Anhelo ver con claridad lo que a menudo permanece entre brumas, una visión que solo se adquiere cuando uno es tratado de forma personal en el taller de Dios.
En esa pausa silenciosa Dios se toma su tiempo y trabaja en el interior, ajusta aquello que por el uso comienza a tener holgura.
En tus heridas están impresas mis culpas, los errores de mi condición inmunda, esa carga de pecado que has tenido a bien portar para librarme de tan pesado lastre.
Sé que llevas el control, que todo cuanto haces o eludes es producto de tu santa voluntad.
La compasión duele, estrecha lazos, abriga, abraza. La compasión te acerca al prójimo cuando existe una fuerza que se empeña en separar.
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