El País ha publicado en su edición de este sábado un bochornoso artículo sobre el crecimiento de iglesias evangélicas en la zona de Carabanchel.
No es lo mismo conocer de Dios que conocer a Dios. Por eso necesitamos leer la Palabra de Dios buscándole siempre a Él.
No podemos ser niños toda la vida, personas que siempre estén esperando que les digan qué deben hacer.
Tenemos que adentrarnos en la aventura de luchar para que el amor siga creciendo como si fuera el primer día.
Cuando queremos guardar nuestra vida, nos volvemos egoístas, sólo pensamos en nosotros mismos.
De esta manera comprendemos su trabajo: llevarnos a la Verdad, que es una persona, nuestro Salvador.
Los maestros de la ley podían recitar libros del Antiguo Testamento de memoria, pero rechazaron al Señor Jesús.
El único Dios que existe es alguien creativo y alegre.
Para vencer la tristeza, es necesario dejar de amarla.
No podemos alimentar un mundo competitivo como el que conocemos, sino aprender a ver y admirar lo que otras personas puedan hacer.
Siempre tenemos que ir a la persona del Señor Jesús.
El amor echa fuera el miedo, y quien tiene miedo no ha sido perfeccionado en el amor y la gracia de Dios.
Es mucho más difícil arrepentirnos de nuestro resentimiento y de nuestro orgullo que de cualquier otro tipo de pecado en concreto.
El amor tiene siempre que ver con la fidelidad.
Es bueno saber y conocer, pero sin nacer de nuevo, no tiene sentido.
En demasiadas ocasiones, estamos preocupados por lo que otros dicen o hacen.
El Señor nos cuida ¡aunque aparentemente duerma! Esa es la confianza que nos llena de paz.
Dios nos ha regalado el presente para disfrutar con Él y con todo lo que nos obsequia.
No se trata de abandonar las redes sociales, se trata de volver al centro, de revisar el corazón antes de subir al altar o antes de subir una publicación.
El universo se sostiene por su fidelidad.
La amistad es una vía de doble sentido. No se trata solo de lo que nosotros sentimos y necesitamos.
A Dios le encanta que confiemos en él.
La compasión del Señor Jesús va más allá de lo que imaginamos.
Cuando veas el curso de un río, fíjate en cómo va encontrando su lugar, y así comprenderás cómo Dios trabaja dentro de nosotros.
Tres pasos transformaron la vida de Bartimeo y lo mismo pueden pasar con la nuestra.
Jesús conoce cada uno de nuestros sentimientos porque los adoptó como suyos.
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