El País ha publicado en su edición de este sábado un bochornoso artículo sobre el crecimiento de iglesias evangélicas en la zona de Carabanchel.
Dios toma vidas rotas, corazones heridos, historias marcadas por el dolor y el fracaso, y las transforma en testimonios de esperanza.
El mensaje del Evangelio no consiste en prometer una vida sin dolor, sino una esperanza que permanece incluso cuando todo parece derrumbarse.
En un tiempo de incertidumbres y desencantos, estos gestos nos recuerdan que el ser humano sigue necesitando esperanza, comunidad y la certeza de que su vida puede escribirse de nuevo.
Amar es elegir, una y otra vez, el bien del otro en lo concreto de la vida cotidiana. Hay en ello una dimensión profundamente humana y, al mismo tiempo, una resonancia espiritual difícil de ignorar.
La longanimidad no es simplemente un término teológico olvidado, sino una virtud que puede llegar a ser profundamente humana y espiritualmente necesaria.
El problema no es que el Evangelio sea anticuado. El problema es que resulta demasiado incómodo para nuestro egoísmo moderno.
Aprender a decir “no estoy bien” no es rendirse. Es reconocer que necesitamos a otros y que, sobre todo, necesitamos a un Dios cercano, renovador y trascendente.
Un profesor puede contribuir a la exclusión o, por el contrario, convertirse en un referente que acompañe y fortalezca.
Los evangélicos deberían estudiar la dinámica interna de Roma que le permite cambiar, pero no reformarse a sí misma de acuerdo con las Escrituras.
Quizá una de las claves para nuestro tiempo sea reconocer el cansancio sin instalarnos en él. Volver a levantar la mirada, recuperar el sentido y apoyarnos unos a otros.
La risa cívica como antídoto frente al narcisismo autoritario.
Dios no se asusta de tu cansancio, no rechaza tus lágrimas, no se decepciona de tu debilidad. Al contrario, se acerca y fortalece en medio de la fragilidad.
La entrada de Jesús sobre un asno plantea una idea incómoda pero necesaria: tal vez la verdadera credibilidad no está en lo espectacular, sino en la fidelidad a lo que uno es y lo que uno dice.
A menudo no entendemos el misterio de la vida ni el alcance de las palabras y la obra de Jesús en días tan marcados por la violencia en el mundo.
Ser cristiano es más que llamarse cristiano, es vivir de tal manera que el bien, la verdad y la compasión tengan la última palabra.
Jesús nos dice que la verdadera calma nace al reconocer nuestra ansiedad, abrirnos a la vulnerabilidad y confiar en algo más grande que nosotros.
Para los evangélicos, el 2033 será una oportunidad para celebrar las verdades del Evangelio. Sin embargo, las celebraciones ecuménicas no serán neutrales ni gratuitas para la fidelidad evangélica.
El hecho de ver lo podrido que está todo significa que las facultades están intactas, que la mente está sana y que el corazón funciona como debe.
Estar con quien está enfermo, cuidarle no solo físicamente sino también emocional y espiritualmente, es una expresión profunda de humanidad.
La oración, la confianza en Su voluntad y la esperanza en la vida eterna son recursos que fortalecen el corazón y la mente cuando todo parece perdido.
El ideal de King fue costoso; una perla de incalculable valor. Valió su vida. ¿Nos arriesgamos nosotros por lo demás?
Que esta tragedia no solo nos deje lágrimas, sino también humanidad, fe viva y compromiso con el bien.
El pensamiento del autor sobre el tema se resume así: “Dios está presente en cada ser humano desde el momento de la concepción, no solo como Creador, sino también como Salvador”.
En este enero que todavía no ha terminado, toma la decisión de confiar en Dios, aprende a apoyarte en los que pueden darte fortaleza, y paz ante el duelo personal y el dolor del mundo.
Que estos 25 años nos inspiren a ser portadores de reconciliación, llamados a amar, servir y dejar una huella de bondad en cada acción.
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