Le decía a Vd. hace unas semanas que todo el trabajo de meses o de años por parte de los educadores (ya sean las familias o los maestros) por imbuir en el corazón de nuestros hijos, o nuestros alumnos, ciertos valores de respeto, de convivencia, de tolerancia y de amor, se veía desmontado en los fatídicos 20 segundos de un anuncio televisivo.
Y no me refiero a los anuncios en los que aparezcan desnudos, o al menos no a esos, pues los niños y jóvenes, a mi modo de ver, comienzan a estar curados de espantos. Me refiero más bien a aquellos que se burlan de los pilares fundamentales de la personalidad, o de la libertad, o de la fe y las creencias de las personas.
¿Recuerda Vd. hace unos años una campaña publicitaria de una conocida marca de automóviles-francesa, por más señas- en la que se burlaban impunemente de los budistas? Probablemente no. Seguramente estará ya olvidada, pero con aquella bromita aparte de vender coches, seguro que hicieron daño a más de uno, entre ellos a mí, que no soy budista. Porque cuando uno constata la impunidad de ciertas agresiones con los demás, el que la emprendan después con uno mismo, es sólo cuestión de tiempo.
Me dirá Vd. que hoy ciertos valores sociales en alza aparente, como el respeto a la mujer, si son respetados. Sí, es cierto que a nadie se le ocurriría hoy hacer un anuncio como aquél cuyo slogan fue “toda tú eres un culito”, y que tanta polvareda mediática levantó en su momento.
¿Cómo? ¿Qué por qué le hablo del pasado? No, no. Le hablo de hoy, del presente más riguroso. Lo que ocurre es que los publicistas, como los autores de guiones cinematográficos de la época franquista, han aprendido a ser tan sutiles, que pueden eludir cualquier censura. Y, como además no hay más censura que la del propio mercado, pues eso, que se puede decir cualquier cosa.
Mire Vd., amigo/amiga
, todo esto viene a que anuncios como el que parece haber resucitado al épico Bruce Lee, hacen un daño no por imperceptible, menos efectivo.
En el mencionado spot, actualmente en emisión, el histriónico, desaparecido y pésimo actor, nos dice: “Be water, my friend”, con el objetivo de que nos compremos un coche que aparentemente se agarra de tal modo a la calzada, que se convierte en carretera. Para ello, no se duda un instante en hacer un uso torticero de dos hermosísimas palabras: agua y amigo.
Cuando el manipulado señor Lee dice “Sé agua, amigo mío”, lo que está diciendo es “sé amorfo, tú-quienquiera-que-seas, y conseguirás lo que haga falta”. Desde mi punto de vista, nada hay más odioso que hacer que otra persona deje de ser quien es, deje de ser distinto y diverso, deje de ser individuo, para ser masa, agua o cualquier otra cosa distinta de un ser humano, el único creado a la imagen de Dios.
El trabajo de un educador es hacer precisamente lo contrario de lo que nos dice el virtual señor Lee. Es sacar y desarrollar al máximo los dones y talentos de cada persona, que por deseo y obra de Dios, son diversos, ricos y diferentes.
¿Recuerda Vd. lo que le dice el gato de Cheshire a Alicia, en la inmortal obra de Lewis Carroll? ¿Qué no se acuerda? No se preocupe. El famoso gato le dice a Alicia que él mismo está loco.
-¿Por qué dices eso?- le pregunta Alicia.
-Verás, en principio, los perros gruñen cuando están enfadados, y mueven la cola cuando están contentos ¿no es así?
-Sí – responde ella.
-Pues yo hago justo lo contrario: gruño, cuando estoy bien, y levanto la cola cuando me enfado. Así que estoy loco.
¿Ve Vd. el problema? El gato no está loco por eso. Está completamente enajenado sencillamente porque, no siendo un perro, sino un gato, él mismo no sabe que lo es.
El ser humano no es agua, para tener que adaptarse a la botella, a la taza de té, al coche o a la carretera del anuncio. El ser humano es una criatura libre, hecha para dominar y gobernar la creación, no un ser adaptativo a las modas consumistas del momento. Es también cada hombre, cada mujer, un ser irrepetible, único en la eternidad, con un plan y una proyección genuina y diversa.
¿Quiere Vd. una prueba? Tome dos de esos coches del anuncio. Recién salidos de fábrica son casi idénticos. Déselos a dos compradores diferentes, y luego revise esos dos coches a la semana de haber sido entregados a sus respectivos propietarios. ¿Serán iguales para entonces? Lo ve,
son las cosas las que se adaptan a las personas, y no las personas a las cosas. Aunque, en el mundo actual, ciertamente mantener esto es más que difícil. Pero si no lo hacemos acabaremos como el gato de Cheshire, ignorando quiénes somos.
¿Sabe Vd.? Si pudiera hablar con los autores del anuncio, les diría: Por favor, señores de BMW, no me digan que tengo que ser agua para llegar a conducir uno de sus magníficos automóviles. Vds. no lo necesitan, ni yo puedo dejar de ser quien soy. Y, si no hubiera más remedio, entonces, no me llamen amigo, pues habría dejado de ser persona.
Por favor, respetémonos unos a otros, pues el respeto es el menor grado de amor al que podemos aspirar. Sin él no sobreviviremos, por muy líquidos que nos volvamos.
Hasta la semana que viene.
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