“Vemos ahora que la evidencia astronómica lleva a una visión bíblica del mundo. Los detalles difieren, pero lo esencial de las exposiciones de la Biblia y la astronomía coinciden [...] Para el científico que ha vivido según su fe ante el poder de la razón, la historia acaba como un mal sueño. Ha escalado la montaña de la ignorancia; está a punto de conquistar el pico más alto; y cuando supera la roca final, es recibido por un grupo de teólogos que estaban allí sentados desde siglos”. (1)
La principal razón para esta conclusión es de carácter físico y viene de la mano de la segunda ley de la termodinámica que afirma el aumento del desorden en el universo. Ante la realidad de un mundo que envejece lentamente, en el que los soles se apagan, las montañas se erosionan, los cauces de los ríos pierden su pendiente, los acantilados rocosos se convierten en playas arenosas y las casas se agrietan hasta derrumbarse,
resulta imposible mantener la idea de un cosmos que haya existido eternamente. Hay que admitir, por tanto, la creación como un principio necesario e irrefutable. Por mucho que esta conclusión pueda desagradar a algunos, lo cierto es que la ciencia actual asume que el universo no ha existido siempre sino que apareció de repente de la nada. Tal como escribió el físico, Alan H. Guth: “el universo ha evolucionado desde exactamente nada” (2).
Sin embargo, inmediatamente después de realizar esta afirmación la ciencia no tiene más alternativa que detenerse y enmudecer porque no es posible probar racionalmente la creación a partir de la nada. Aunque se posean sofisticados aparatos, la nada en que se gestó todo el cosmos jamás podrá ser observada. He ahí la frontera donde la física tiene que ceder el lugar a la teología, pues sólo ésta es capaz de profundizar en los misterios de la fe y la revelación.
A pesar de todo, ciertos investigadores pretenden de manera decidida y presuntuosa, aventurar conjeturas acerca de lo que podría haber ocurrido antes. ¿Qué había antes del Big Bang? ¿existe algo más allá de los confines del universo? ¿hubo antes de la Gran Explosión una Gran Contracción que permitiera volver a creer en la eternidad del mundo?
Se empieza a hablar así de universos paralelos, universos bebé, superespacio de infinitas dimensiones y agujeros de gusano o tubos finos de espacio-tiempo que conectarían regiones distantes del universo y supuestamente permitirían viajar en el tiempo. Algunos científicos penetran en el ámbito de las hipótesis especulativas que resultan imposibles de comprobar en la realidad. ¿Hasta qué punto puede afirmarse que estas ideas, tan abstractas y alejadas de cualquier posible experimentación, sean propiamente ciencia? Resulta curiosa la arrogancia con la que algunos asumen, como si lo comprendieran, el más grande de todos los misterios, la creación del universo a partir de la nada.
Cuando no se cree en la existencia de Dios, la idea de creación original repugna profundamente. Esto es lo que hay detrás de tanta cosmología especulativa, el deseo de eliminar las posturas místicas, vitalistas o creacionistas. El físico ateo procura explicar el origen del universo de manera que Dios resulte innecesario. Por eso se niega a reconocer la evidencia de diseño que muestra el cosmos y se entrega al esfuerzo desesperado por descubrir una teoría final, o del todo, que excluiría la necesidad de un Creador. Este escepticismo es, a pesar de las apariencias, el que empapa toda la obra del famoso profesor, Stephen Hawking, y el que estuvo detrás de la separación en 1990 de su esposa Jane, cristiana practicante, quien se había sentido cada vez más ofendida por el ateísmo que profesaba su marido.
Sin embargo, a pesar de estas posturas que son más filosóficas que científicas, lo cierto es que cuanto más se profundiza en el estudio de los múltiples detalles físicos que hay en el cosmos, más difícil resulta explicar cómo empezó a existir sin la acción sobrenatural de un Dios Creador. Cualquier respuesta que se dé a la pregunta acerca de cómo se creó el universo, necesita un marco de referencia que está más allá de las posibilidades de la propia ciencia. Tales afirmaciones cosmológicas son imposibles de contrastar en la realidad. La creación no puede reproducirse en ningún laboratorio del mundo. La estructura de la ciencia y de las leyes físicas que rigen el cosmos se originaron en el acto mismo de la creación. Es evidente que si las predicciones que se hacen no se pueden comprobar, entonces no se está siguiendo propiamente el método científico. Y, por tanto, todo lo que se diga al respecto, incluso aunque tenga consistencia matemática, sale del ámbito de la ciencia y entra en el terreno de la más pura especulación.
(1) Jastrow, R, 1978, God and the astronomers, Norton, New York.
(2) Guth, A. 1984, El universo inflacionario, en Mas, L. (ed.) Cosmología, Libros de Investigación y Ciencia, Barcelona, 12-25.
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