En primer lugar a partir del pensamiento de la Grecia clásica en la que los griegos nombraron a
eros como “al amor entre hombre y mujer, que no nace del pensamiento o la voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano”.Un amor que literalmente nos sobrecoge, es decir que nos arrebata desde lo alto.
« Omnia vincit amor », dice Virgilio en las
Bucólicas —el amor todo lo vence—, y añade:
« et nos cedamus amori »,
En segundo lugar a partir de la crítica que la
Ilustración, hace al cristianismo histórico que durante el siglo XVI y XVII cultivó el rechazo y la destrucción de los aspectos exultantes y liberadores del eros.
En tercer lugar considerando la tradición judeo-cristiana y la idea bíblica del amor o ágape como una áscesis gozosa y personalísima en favor de otro.
A partir de estas consideraciones previas llega el Papa Ratzinger a una conclusión que incluye una potente verdad de sentido que podría formularse como
Dios es Amor y en cierto sentido el Amor es Dios: “entre el amor y lo divino existe una cierta relación: el amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia cotidiana” La divinización de Eros en sus formas clásicas de Venus-Afrodita y Apolo son un reconocimiento de la especial intensidad con que el hombre y la mujer clásicos vivían la experiencia amorosa hasta el extremo de considerar el sobrecogimiento erótico como causado por una fuerza divina o encantamiento que violentaba la propia voluntad y arrastraba al pobre mortal en dirección al objeto amado.
El Dios celoso del Antiguo Testamento tiene una viva conciencia higiénico-moral de la sexualidad humana y así en el Levítico estigmatiza como inmundos los flujos sexuales:
"Cuando el hombre tenga emisión de semen, lavará con agua todo su cuerpo, y será inmundo hasta la noche./Y toda vestidura, o toda piel sobre la cual caiga el derrame de semen se lavará con el agua y será inmunda hasta la noche./Y cuando el hombre yazca con una mujer y tenga derrame de semen ambos se lavarán con agua y serán inmundos hasta la noche"Sin embargo, el "Cantar de los Cantares" está lleno de preciosísimas imágenes dedicadas al gozo del amor sexual., así: 1, 1-2; 1, 12-14; 4, 9-11:
¡ Cuan dulces son tus caricias hermana, esposa mía ¡./¡ Cuánto mejor que el vino tus amores¡ …/…Como panal de miel destilan tus labios oh¡ esposa./Miel y leche hay debajo de tu lengua".
El misterio de la encarnación del Logos que se realiza en Cristo supone una nueva valoración y rescate de nuestra humanidad que es en definitiva realidad encarnada. Eros no es Ágape: amor desinteresado y totalmente personalizado, pero tampoco es simplemente Hybris o concupiscencia: codicia carnal o pura libido. Eros es admiración, exaltación de la hermosura y del lujo de la carne; tiene un componente necesariamente cultural e imaginativo, vinculado a un ideal de belleza. A la inversa tampoco el Ágape o amor personal es equivalente del amor puramente ideal y descarnado del platonismo – amor platónico - sino que incluye también afecto de la carne y descubrimiento de su belleza.
La importancia y profundidad del amor y del deseo son temas permanentes de nuestra educación sentimental. Los modelos sentimentales de los países latinos ( copla, bolero, tango) indican la inclinación entre nosotros a pautas emocionales de gran extremosidad afectiva: amores, odios, pasiones forman la mayor parte de los temas del cancionero. Los “culebrones” responden a esa extremosidad que llega hasta la paradoja de hacer del amor-pasión un cielo que es infierno:
"Que le has dadito a mi niño/que no atiende a mis razones/y se muere de cariño/llorando por los rincones/rosa venenosa, cáliz de amargura/tienes la finura de una buena moza".
O ese ejemplo clásico del barroco español que es el soneto de Lope:
"Desmayarse, atreverse, estar furioso, / áspero, tierno, liberal, esquivo, /alentado, mortal, difunto, vivo, / leal, traidor, cobarde, animoso; / no hallar fuera del bien centro y reposo, /mostrase alegre, triste, humilde, altivo, /enojado, valiente, fugitivo, / satisfecho, ofendido, receloso; / huir el rostro al claro desengaño, / beber veneno por licor süave, /olvidar el provecho, amar el daño; /creer que un cielo en un infierno cabe,/ dar la vida y el alma al desengaño: / esto es amor: quien lo probó lo sabe." En última instancia como resume José Antonio Marina en su
Por qué soy cristiano, lo esencial es tomar conciencia de que el amor es siempre ontológicamente ganador. O como dice Juan, el discípulo predilecto del Señor «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él » (1 Jn 4, 16).
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