En nuestro mundo están naciendo generaciones en las que se ha pasado de un “estar” en comunidad a un “tener la sensación” de estarlo.
“Como el Padre me envió, así también yo os envío”. Jn. 20:21
¿Somos nosotros quienes construimos el mundo? ¿O es el mundo que hemos construido quien nos rediseña y reconstruye a nosotros? Importa acertar con la respuesta, porque el poder inteligente que hemos dado a luz en la era tecno-científica está siendo capaz de recrearnos sin que ni siquiera nos apercibamos de ello.
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En nuestro único universo, que parece ser el digital, los influencers, instagramers, youtubers y blogueros son venerados como modelos a seguir. Son los nuevos profetas, maestros y sumos sacerdotes. Esto imprime a su imagen una dimensión religiosa porque, actuando como motivadores y objeto de seguimiento, son acogidos como auténticos salvadores. Los seguidores, como fieles discípulos, se dejan seducir por sus consejos que actúan a modo de prescriptores de poder, éxito, gloria y fama, implicándose así en una especie de “eucaristía digital”. El medio digital es como una “iglesia”. El like es el “amén”. Compartir es “la comunión”. El consumo es “la redención”.
Sin embargo, a pesar del poder fascinador de tantos “redentores de medio pelo”, en un estudio realizado hace algún tiempo, uno de cada tres jóvenes aseguraba que no hablaba de su soledad porque no quería o porque no tenía con quién hacerlo. La mayoría de ellos afirmaba no tener amigos con los que compartir algo importante. ¿Cómo? ¿Pero no cuenta todo el mundo con una legión de “amigos” “seguidores” y “me gusta” en sus Facebook, Instagram y X? El problema es que en nuestro mundo están naciendo generaciones en las que se ha pasado de un “estar” en comunidad a un “tener la sensación” de estarlo. De la amistad a la “sensación” de amistad. De la comunicación a la conexión despersonalizada.
Sin embargo, las relaciones humanas desde los valores cristianos no funcionan así. El amor, la confianza, el cariño, la bondad, la compasión, la misericordia, la paciencia, la comprensión, la paz, la amistad, la empatía, la escucha atenta, solo pueden manifestarse en plenitud en la vivencia de la corporalidad, porque solo esa experiencia nos permite entrar de veras en el encuentro personal auténtico. A eso la Biblia lo llama comunión y fraternidad, porque es la única manera de construir relaciones interpersonales seguras y duraderas. Es, en realidad, la única forma de crear comunidad.
Ahora bien, dicho esto, importa saber que la red no es solo un “instrumento”, sino el “medio ambiente” en el que vivimos y, por tanto, es capaz de reorientar el modo de pensar, de conocer, de comunicar y de vivir. Eso significa que si somos misioneros hemos de serlo en el continente digital (“El desafío de la revolución digital a la iglesia”. Sara Lumbreras y otros). De la misma manera que no nos plantamos sin más en un país de misión, sino que tenemos que inculturar (integrarnos en la cultura y en la sociedad penetrando el tejido social), tampoco podemos dejarnos caer en paracaídas en las redes sociales: ¿Qué podemos hacer para aprender a realizar la misión en esta “nueva tierra”?
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Las redes llegan donde nadie llega, alcanzan lo que no resulta alcanzable por otros medios y configuran uno de los mejores códigos de relación que existen hoy. Las redes sociales son uno de los continentes más habitados del mundo. Por ello, la iglesia no puede no estar allí como espacio para evangelizar, del mismo modo que no puede no estar en Asia. A partir de ahí, ha de reconvertir sus estrategias, su planificación, sus objetivos y sus recursos humanos y financieros.
Es necesario que estas generaciones aprendan el significado de la relación fraterna encarnada en los vínculos interhumanos porque el encuentro personal no tiene sustitutos, resulta irreemplazable. Pero ellos no lo saben, porque jamás ha formado parte de su experiencia. La misión de la iglesia ha de alcanzarles donde están: en el universo digital, para enseñarles, acompañarles y orientarles pastoralmente en el camino de la vida. Soli Deo Gloria.
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