¡Es hermoso aprender a disfrutar de todas las etapas de la vida!
RAE: “La palabra abuelidad no está en el Diccionario”.
Pido perdón a Pérez Reverte y a toda la RAE porque me estoy inventando una palabra. Soy consciente de que el diccionario de la RAE no la ha incluido todavía, pero si lo hiciera, yo sería sin duda un poquito más feliz. Dicho lo cual, os traslado una gran noticia, nuestra hija mayor, Keila y su esposo Josías, nos han inaugurado como abuelos. Acaban de tener a la bebé más bonita del mundo. Lo siento por todos los demás abuelos, pero la realidad es así de dura. ¡Asumidlo, abuelos y abuelas del mundo! La preciosidad se llama Aina y es sencillamente un pedacito del cielo sobre la tierra. ¡Gracias Dios por colmar de felicidad nuestros corazones con ella!
Ahora sí, que sí, que cuando tenga un dolorcillo donde sea, podré decir que son achaques de mi recién estrenada abuelidad y lo diré con orgullo, sin agachar la cabeza. Cuando divague sobre cualquier tema, no estaré filosofando, sino “contando batallitas”. Y cuando cuente un chiste del que nadie se ría, no será porque he perdido el hilo siguiendo a una mosca (va por mi ‘Kuñado’), o porque era un “chiste nivel Benji” (como diría un tal Jordi de L’Arcada), sino porque los chistes de los abuelos son muy profundos y requieren de una alta dosis de sabiduría de la vida para entenderlos. ¡Ahora hasta es bonito hacer viajes a la cocina y no recordar a qué fuimos! ¡Es hermoso aprender a disfrutar de todas las etapas de la vida, también de la abuelidad!
Hoy nos reíamos mucho en casa los dos “yayus”, porque ya podemos empezar a ejercitar el sagrado y antiquísimo deporte de… quejarnos porque las hijas nos traen poco a nuestras nietas, porque casi no nos llaman por teléfono y porque apenas se acuerdan de estos abuelos recién iniciados en la carrera. Como abueletes tenemos que ir practicando el ser un poquito cascarrabias.
Cuando leo libros, nadie es perfecto, ahora valoro la edad del autor más que antes. Por ejemplo, los libros de mi amigo Stuart Park, que logran atraparme porque ha vivido mucho y bien sirviendo al Señor y a su iglesia. Cuando escribo acabo de recibir con gozo la revista de teología evangélica Alethéia y disfruté una barbaridad con la editorial de su director. Stuart presentó de manera excelente los artículos que contiene este número (66- 2/2024) y me hizo reír, porque en la parte de “Fe de erratas” (págs. 8-9) reconoce una de estas en uno de sus libros al citar 1 Corintios 15:26, donde Pablo se refiere a la muerte como “el postrer enemigo”. Stuart citó, sin embargo, “el postrer amigo”. No me diréis que no tiene su gracia. Pero antes de que los lectores hayamos relajado nuestros carrilletes por la simpática errata, el director deja caer:
Más grave fue el [error] que apareció en la edición de la Biblia publicada en 1631 por Robert Barker y Martin Lucas, impresores reales de Londres, que pretendía ser una reimpresión de la Biblia del Rey Jaime, en la que se omitió la pequeña palabra No en el Séptimo de los Diez Mandamientos de Éxodo 20:14. El despiste les costó a los editores una multa elevada y la retirada de su licencia para imprimir.
Para los lectores que no recuerden qué mandamiento es el mencionado, tiene que ver con la apropiación indebida. Imagina que la obra maestra de la literatura inglesa exhortara categóricamente en el Decálogo de la King James: “Robarás”. Los creyentes saldrían de los cultos dominicales ávidos de apropiarse de lo ajeno, al precio que fuera. Por fin podrían robar con impunidad aquello que tanto anhelaron. ¡Todo sea por obedecer los 10 mandamientos! ¡Qué menos! Evidentemente, esto sería un gran problema para el orden público. Y aunque la autoridad intentara intervenir, saldrían aprendices de teólogos hasta de debajo de las piedras, sacando de contexto lo que hiciera falta: “Señor agente, he robado porque es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”. Con la Biblia en la mano le señalarían al pobre policía el verso de Hechos 5:29. Pero no quiero irme por las ramas. ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Que recién disfruto desde hace apenas unas semanas esta abuelidad.
Por tanto, he de decir que ahora recuerdo a mis abuelos con otros ojos, los de la admiración por el cuidado de sus familias, por deslomarse trayendo el sustento a casa; porque atravesaron mil penurias, pero se sobrepusieron para no dar la sensación de lo único que en realidad no se podían permitir… tirar la toalla. Con poca o ninguna escuela (es de entender por la época que les tocó vivir) lograron dar estudios y oficios a sus hijos. Tres trabajos tuvo mi abuelo materno, José Antonio Arqueros Rodríguez (1911-1994), albañil y capataz de obra de la empresa minera de El Centenillo (Jaén), acomodador del cine del pueblo y en los ratos libres engordaba gorrinos para sostener a su familia. Por las noches juntaba a su esposa y sus tres hijas y les leía la Biblia, libros de historia, cuentos... Mi abuela materna, Manuela López González (1918-1994), a pesar de ser de salud quebradiza, cuidaba con esmero su casa y en su boca nunca hubo una crítica ni una queja hacia nadie en el mundo. Era la bondad personificada. Si alguien me había molestado en el colegio y trataba de contárselo a mi abuela… para que me diera la razón, desmontaba mis argumentos con su cantinela: “No hagas caso, no se habrá dado cuenta”. Al principio su consejo me irritaba, con el tiempo empezó a calarme dentro. Mis abuelos vivieron tiempos de intolerancia religiosa porque eran los del culto, los protestantes del pueblo. Pero no se achicaron ante nada y si alguna vez castigaban en el colegio a mi madre o sus hermanas por escapar de la fila para no ir a misa con el resto de los niños en alguna fecha señalada, mi abuelo se plantaba en el colegio y les cantaba a los directores las 40, las 50 y las que hicieran falta. En lo laboral tampoco se arredraban y solo cuando la empresa minera cerró tuvieron que abandonar la casa, pues todas las casas pertenecían a dicha empresa, y entonces fue cuando emigraron a Terrassa (Barcelona). Allí trabajó como cobrador de autobuses y más tarde ayudando a mi padre con los cristales. Pasaron muchos años y recuerdo a mi abuelo con su frase preferida: “Solo le he pedido una cosa a Dios, salud y trabajo, y me lo dio”. Ahora caigo en que, en realidad, mi abuelo pedía dos cosas, pero qué duda cabe que Dios, cuya generosidad no tiene límite, le concedió las dos y muchas más. Lo recuerdo con fuerzas menguadas, pero trabajando, con un cristal bajo el brazo, llevándolo desde la cristalería de mi padre, hasta donde mi abuelo tenía un pequeño taller donde hacía vidrieras, arreglaba los cristales rotos de los cuadros o anotaba los pedidos más grandes para que se encargaran mi padre y mi tío Miguel en la cristalería. Mi abuelo se sentía orgulloso de aportar para seguir cuidando a su familia. Heredé de mi abuelo el gusto por el limón, por las sopas (¡lo siento Mafalda!) y por el café bien azucarado. Y creo que en parte también heredé esa afición al trabajo, pues hasta en vacaciones me cuesta dejarlo.
A mi abuelo paterno, Nicanor Gálvez Redondo (1901-1936), no lo conocí porque murió joven durante la Guerra Civil. Aunque debía ser ateo o agnóstico, no impidió que mi abuela Pilar Mariscal Gómez practicara su fe evangélica y asistiera a los cultos en La Carolina (Jaén). Pilar, ya viuda, tuvo que sacar su casa adelante con seis hijos. No fue nada fácil, pero por medio de sus negocios, incluido el estraperlo que se vio obligada a practicar, conseguía alimentarlos a todos. El menor era llamado por sus hermanos y hermanas, “el chico” y había heredado el nombre más largo de todos, Hermenegildo (1937-2020). Era mi padre, al que pronto acortaron el nombre llamándolo simplemente “Mere”. Mi padre no conoció a su padre y tuvo que ser prácticamente cuidado y criado por sus hermanos mayores. Aunque mi abuela Pilar murió en 1978, cuando yo tenía apenas 10 años, recuerdo que su bolso negro, como negra era su viudedad, resultaba ser como la bolsa mágica de Papá Noel, siempre había caramelos que nos regalaba cuando nos visitaba. En Navidad mi abuela organizaba junto a todos sus hijos, nueras, yernos, nietos… una gran celebración que era un auténtico disfrute para todos. Imaginad cómo sería que tras más de 50 años todavía recordamos aquellos maravillosos encuentros familiares.
Con atrevimiento desde mi abuelidad incipiente, hago un llamamiento a todos los hijos e hijas para que os acordéis de vuestros padres ahora, no mañana, no después (Éx 20:12; Ef 6:2). Y para que, siempre que podáis, les llevéis a sus nietos. Aunque los abuelos ya no tengan sus cabecitas del todo bien, aunque los olvidos se multipliquen mientras las fuerzas merman, aunque su salud se deteriore, aunque repitan las mismas historias mil veces, aunque les salga el refunfuñón de tanto en tanto, aunque tengáis muchos compromisos y trabajo y cientos de actividades, haced el huequito y visitadlos, abrazadles, tomadles de la mano, besad sus mejillas y no olvidéis llevarles a los nietos. No esperéis a tenerlos “solo” en fotografías en el salón del comedor o tras el cristal de un nicho, porque sin lugar a dudas ya no será lo mismo.
Estrenada mi abuelidad empezaré a buscar postales navideñas, para enviarlas a familiares y amigos, aunque sea más fácil por las redes sociales, mail o whatsapp. Nuestros amigos Antonia y Eduard Vidal ya nos enviaron la suya. ¡Qué ilusión! ¡Gracias parejita por acordaros de nosotros cada año! ¡Feliz Navidad a todos los que leáis estas líneas! ¡Jesús nació en Belén y ojalá que, si no lo ha hecho todavía, también nazca en vuestros corazones!
[…] Lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. – Mateo 1:20-21
Benji Gálvez
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