Decía Cortázar que ciertas narraciones eran una “apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana.”
Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos cornetas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David.
Gabriel García Márquez
El tiempo de Navidad ha sido reflejado literariamente por distintas miradas. El tema es prolijo y su abordaje ha producido, desde variadas sensibilidades, novelas, cuentos y poemas. En ocasiones el tono literario es de añoranza, en otros casos el dolor y la tristeza permean los escritos.
Muchos autore(a)s siguen la línea que tan magistralmente plasmó Charles Dickens en A Christmas Carol (Un villancico de Navidad), reflejan el paso de la oscuridad a la luz cuando los personajes experimentan transformaciones personales que tienen influencia benéfica en su entorno familiar y social. Un poco para compartir mi atracción por la literatura navideña en las contrastantes tonalidades antes referidas, comparto aquí algunas sugerencias de lecturas, mayormente cuentos.
Sigo la línea trazada por Julio Cortázar, quien consideraba que el oficio de escritor(a) consistía en “lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con su circunstancia de una manera nueva, enriquecida, más honda y más hermosa”. Decía Cortázar que ciertas narraciones eran una “apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros y dará su sombra en nuestra memoria”.
Para mí las sugerencias literarias que siguen cumplen a cabalidad los criterios de Julio Cortázar. Comienzo con dos cuentos de O’Henry, El regalo de los Reyes Magos y el Policía y el Salmo. En ambos los personajes centrales son habitantes pobres de la Urbe de Hierro que desean celebrar de manera gozosa la Navidad, que buscan cómo, pese a sus magros recursos, la festividad puede ser motivo de alegrías. Los magníficos finales, cada vez que los leo, dejan en mí una sonrisa reflexiva.
Arthur Conan Doyle y Agatha Christie enmarcan sus acercamientos navideños en investigaciones detectivescas que solucionan un robo y un asesinato, respectivamente, en La aventura del carbunclo azul y Navidades trágicas. Conan Doyle, mediante el sagaz e incisivo Sherlock Holmes, ata indicios que otros investigadores les parecen inconexos y logra descubrir al perpetrador del delito. Sin embargo, dados los días en que sucede el hurto y que, gracias al descubrimiento de Holmes, no pudo consumarse, el detective de Baker Street 221B le deja saber al doctor Watson que si finalmente el ladrón no pudo quedarse con el botín entonces no lo entregará a la policía, porque de hacerlo “se convertiría en carne de presidio para el resto de su vida”. Además, argumenta Holmes, “estamos en una época de perdón. El azar ha puesto en nuestras manos un problema de lo más caprichoso y singular, y resolverlo ha sido nuestra recompensa”.
Hans Christian Andersen y Antón Chéjov eligieron protagonistas infantiles para sus conmovedoras narraciones. El primero con La niña de los fósforos logra, estoy convencido, remover los sentimientos por la forma en que describe el frío terrible que debía soportar una pequeña “la última noche, la víspera de Año Nuevo”. Era una niña pobrísima, con “la cabeza descubierta y los pies descalzos”. Su desamparo era flagelante, causado por la dureza del sistema que la condenaba a mal vivir y pasar hambre. Deambulaba por las calles sin lograr vender los fósforos a transeúntes insensibles que la veían sin mirarla. Por su parte Chéjov narra en Vanka lo acontecido a un niño de nueve años, huérfano y aprendiz de zapatero “no se fue a la cama en Nochebuena”, sino que bajo la luz de una vela se puso a escribir una carta a su abuelo, Konstantín Makárichi, el único pariente que tenía. El poder interpelante del cuento nos reta a imaginar, y dar la lid, por una sociedad que no condene a la orfandad a la infancia impedida de disfrutar su niñez con alegría y sin latigazos de todo tipo que dejan marcas imborrables.
Menciono, de Fiódor Dostoievski, El niño con la manita, cuyo personaje “no tendría más de siete años”. Era Navidad, hacía “un frío espantoso y el niño vestía ropa de verano y unos trapos viejos atados al cuello que hacían de bufanda” y extendía la mano para pedir limosna. Del mismo autor El árbol de Navidad y una boda, donde exhibe las diferencias de clase y hábitos para sacar ventajas mezquinamente calculadas.
Otra narración de Charles Dickens es, para mí, una invitación para acercar la memoria y el corazón al fuego en tiempos gélidos: What Christmas is, As We Grow Older (Qué es la Navidad, a medida que envejecemos). El autor describe su azoro y deslumbramiento ante las reuniones familiares y de amistad en la niñez, cómo quedaron grabadas en él, así como el posterior alejamiento y hasta rupturas con antiguos acompañantes en las celebraciones. Pero, y es un gran pero, siempre es factible recuperar las relaciones resquebrajadas. La temporada navideña es idónea para tender puentes, cauterizar las heridas y compartir la vida con los alejado(a)s.
Un cuento de Oscar Wilde me conmovió hasta las lágrimas. Antes había leído El gigante egoísta (publicado en 1888), y al releerlo en días pasados descubrí con profunda emoción vetas antes no vistas. La narración es un cuento navideño, una obra maestra de la narrativa que presenta la conversión de un corazón pétreo y gélido, el del gigante, en otro, como dice el profeta, de carne (Ezequiel 36:26). El cuento de Wilde invita para que en pleno invierno de las conciencias florezca la primavera de la generosidad y el amor. Considero que es una hermosa lectura para la temporada de Adviento y Navidad.
En el volumen de Truman Capote publicado por Editorial Anagrama y titulado Tres cuentos, se incluyen dos narraciones acerca de la temporada, ambas refieren la niñez del autor y cómo quedaron en su memoria: “Un recuerdo navideño” y “Una Navidad”. Al primero Julio Cortázar lo tenía como uno de sus cuentos favoritos, porque era de esas piezas literarias que sacuden pensamientos y emociones.
Termino con un clásico mexicano, La Navidad en las montañas, de Ignacio Manuel Altamirano. En esta obra, consideraba José Emilio Pacheco, Altamirano alcanzó la maestría literaria. Al igual que Dickens narra lo sucedido a Ebenezer Scrooge en tres días, Altamirano también describe lo acontecido en el mismo lapso al capitán anti clerical y adversario del régimen colonial en el que dominó al país la Iglesia católica. El militar es transformado al atestiguar los efectos del Evangelio en una comunidad que hizo suyas las enseñanzas de Jesús. La de Altamirano es, como la de Dickens, una parábola de redención y resurrección.
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