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Protestante Digital

 
 

Los mercaderes del templo, ¿quiénes son hoy y qué hacían mal? (6)

Sexto artículo de la serie "Recuperando algunos de los pasajes clave sobre misiones".

MISIONES AUTOR 687/Carlos_Madrigal BARCELONA 21 DE DICIEMBRE DE 2024 17:00 h
Fotografía de [link]Tuccera LLC[/link] / Unplash.

Uno de los episodios más conocidos del ministerio de Jesús es la expulsión de los mercaderes del templo. Generalmente se asocia su reacción con la repulsa contra los que hacen negocio con la religión. Tristemente no faltan los ejemplos de quienes han sacado partido de la sensibilidad de los fieles y convertido su servicio religioso en un medio de enriquecimiento personal. Sin embargo, cuando leemos el pasaje en los cuatro Evangelios hay otra razón que suele escapar a nuestra atención y que seguramente es aún más importante.



La Escritura justifica la acción de Jesús con dos citas del Antiguo Testamento:



“¿No está escrito: ¿MI CASA, CASA DE ORACIÓN SERÁ LLAMADA POR TODAS LAS NACIONES? Pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Mr 11:17 en referencia a Is 56:7).



Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: EL CELO POR TU CASA ME CONSUMIRÁ” (Jn 2:17, que cita el Salmo 69:9).



Es la primera y única vez que vemos a Jesús violento. Y si el calificativo nos parece impropio del talante al que Jesús nos tiene acostumbrados, no sé de qué otra manera se puede describir a alguien que “haciendo un azote de cuerdas… echó fuera del templo a todos… y volcó las mesas” (Jn 2:15). ¿Qué era eso tan inaceptable para Él y que lo sacó tanto de sus casillas? Los Evangelios nos dan dos razones, que probablemente sean una sola:




  1. Convertir el templo en un instrumento para hacer negocio (Mt 21:13; Mr. 11:17; Lc 19:46 y Jn 2:16).

  2. Y el énfasis añadido de Marcos: el hecho de que debía proveer un espacio para las naciones (Mr 11:17).



En realidad, Marcos no añade nada, sino que Mateo y Lucas omiten la parte de la cita de Isaías 56:7 referida a las naciones, que Marcos reproduce íntegramente. Mientras que ninguno de los cuatro se olvida de transmitir el mensaje sobre la conversión de la casa de Dios en “cueva de ladrones” (Mt, Mr, Lc) o “casa de mercado” (Jn, cf. Jer 7:11). Juan por su parte, aunque sólo hace referencia al negocio como motivo del altercado, en su argumentación posterior, inédita en los sinópticos, apunta a una condición del templo que trasciende al edificio de piedra propiamente dicho. El de ser figura de otro templo: el cuerpo de Cristo (Jn 2:21). Que a su vez abre la puerta a una dimensión más: la del conjunto de los creyentes como templo vivo y cuerpo místico de Cristo, ahora repartido entre las naciones.



El templo en tiempos de Jesús constaba de dos secciones principales. El templo propiamente dicho y el llamado Atrio de los Gentiles, dedicado a las naciones, a todos los pueblos fuera del pueblo de la alianza. Allí “todas las familias de la tierra” (Gn 12:3, LBLA) podían acudir a conocer al Dios de la bendición abrahámica: el que se presentaba como creador y único Dios universal. El que, al margen de las divinidades tribales o regionales de las naciones, ofrecía y ofrece respuestas a los enigmas y anhelos de toda la raza humana.



Sin embargo, la comunidad creyente del momento había saturado el atrio con prestaciones para habilitar el culto y la adoración del templo. Me explico… Los “cambistas” eran los que cambiaban divisas romanas, inaceptables en el templo, por monedas hebreas que pudieran ofrecerse como donativo. Se vendían palomas porque era el animal más económico que se podía ofrecer en sacrificio. Y así sucesivamente. Por tanto, el pueblo de Dios, cuya vocación (= llamamiento) era guiar a las naciones al encuentro con Dios, había taponado y colapsado el único lugar dedicado a que lo conocieran.



Lo que queda claro en la reacción de Jesús, es que el templo no puede “servir a dos Señores a la vez” (Mt 6:24). Si se utiliza para el negocio, o siendo más benévolos, sólo para satisfacer las necesidades religiosas del pueblo creyente, no puede cumplir con su función para las naciones. Y si cumple su función para las naciones, no puede ni debe hacerse negocio con él, ni podemos mirarnos al ombligo, ni encerrarnos en cuatro paredes. Y esto es o debe ser válido para los tres templos: ¡para el de piedra, para la persona de Cristo, y para la Iglesia!



Perfilando un poco más: si la iglesia pierde su énfasis hacia “todas las familias de la tierra” (así como el pueblo de Israel usaba el templo exclusivamente para su beneficio privado), para Jesús pierde, no parte, sino todo el sentido de su vocación. Y el hacer negocio no es sólo una profanación y ya está, sino que es como un robo a mano armada, porque se está despojando a las naciones de la única oportunidad de conocer el Evangelio. La razón primaria de que exista algo llamado iglesia no es meramente ofrecer un lugar u ocasión para la adoración de los fieles, tampoco es ser el instrumento o autoridad en la regulación de la fe, ni mucho menos encerrar a Dios de puertas para adentro. La iglesia es peregrina, por lo tanto, móvil. Y la vocación de la iglesia es olvidarse de sí misma y de echar raíces en la tierra, para dar a conocer a Jesús al mundo entero y centrar todas las atenciones en Él.



Jesús cita Isaías 56:7 como justificación a su disturbio: “Mi casa, casa de oración será llamada para todos los pueblos” (LBLA). Pero merece la pena retomar el pasaje desde el versículo 3, donde el profeta introduce el tema en relación a los extranjeros y a los eunucos que serán recibidos en el templo y como miembros del pueblo de Dios: “Al extranjero… A los eunucos... les daré en mi casa y en mis muros un lugar, y un nombre mejor que el de hijos e hijas; les daré nombre eterno que nunca será borrado” (Is 56:3-5). Como ya mencioné en el artículo sobre “Felipe y el Eunuco: los grandes ignorados de la misión hoy” es curioso que el primer gentil que abraza la fe de Jesús no sea solamente el “extranjero” Cornelio, con quien se inaugura oficialmente la apertura del evangelio a las naciones fuera de Israel (Hch 10, 11). Es además un “eunuco” etíope, un alto oficial de Candace (Hch 8:27) que aparece inmediatamente después de un avivamiento (una conversión en masa) entre los samaritanos, quienes estaban a medio camino entre judíos y gentiles (Hch 8:4-25). Este eunuco había viajado a Jerusalén con el único propósito de adorar en el templo, y regresaba leyendo al profeta Isaías en su carruaje (Hch 8:27-28).



El eunuco de Hechos prefigura a todos aquellos gentiles que escucharán y recibirán el evangelio. A ti y a mí. Representa a todos aquellos que entre tanto no pasan de las tinieblas a la luz son estériles para la vida espiritual, e infructuosos para la eternidad (Col 1:13 con Ef 5:8, 11). Pero aún más, los eunucos y extranjeros de Isaías representan a todos aquellos habitantes de los desiertos y las fronteras espirituales a quienes la iglesia debe llevarles el Evangelio. Hasta tal punto importantes que Dios dice de ellos que les dará “un nombre mejor que el de hijos e hijas” (Is 56:5). Es decir, si los “hijos” y las “hijas” representan aquellos que estamos en un entorno eclesial asentado, los eunucos y extranjeros que recibirán un mayor honor de parte del Señor son aquellos en entornos donde no se conoce el Evangelio, sin las oportunidades y las libertades de las que gozamos nosotros.



Con esto en mente, en los Hechos de los Apóstoles vemos a aquel eunuco que viene al templo a adorar; entendemos que al Atrio de los Gentiles[1], porque era el único lugar donde los gentiles podían entrar e indagar acerca de la verdad de Dios. Y posiblemen­te el lugar estaba tan abarrotado de vendedores y cambis­tas que nadie le hizo caso. ¡Qué irritante! El problema principal no era que hicieran negocio, sino que lo hicieran en el Atrio de los Gentiles. Y el negocio como hemos visto no era sino para proveer los elementos necesarios para la adoración en el templo: palomas, corderos para el sacrificio, monedas apropiadas para la ofrenda… Los unos estaban muy ocupados vendiendo (los comerciantes) y los otros tan centrados en el propio culto (los fieles que venían a ofrecer sacrificios y ofrendas) que nadie pudo atender al eunuco. ¡Ni se les ocurrió! Quizás apenas se podría entrar debido a la muchedumbre. Podemos decir que el pueblo de Dios estaba tan embelesado con la alabanza, las luces, los cantos, la melodía, las oraciones, la atmósfera espiritual… ¡que se habían olvidado de las naciones! ¿Cuántas iglesias están hoy taponando igualmente su atrio de los gentiles? Si están adorando y deleitándose en Dios como si fuera su posesión privada, pero ignorando el llamado para las naciones no distan/no distamos mucho de los mercaderes y cambistas del templo.



El eunuco regresa leyendo a Isaías, pero no sabe cómo interpretar su mensaje. Y tiene que ser Felipe el evangelista quien en su viaje de regreso se le acerque para que “comenzando desde esta Escritura, le anuncie el evangelio de Jesús” (Hch 8:35). ¿No había nadie en el Atrio de los Gentiles que le pudiera ayudar a entender Isaías 53? (aunque sólo fuera con una explicación veterotestamentaria: “habla del Mesías esperado”). Y eso que el Atrio era, como su nombre indica, para los gentiles. ¡Toda esa multitud de fieles no debía estar allí! No era este el propósito del lugar. La sección del templo que prefiguraba a la misión debía estar dedicada a las naciones que no conocen a Dios. Y qué decir de la iglesia que debe cumplir con la misión que esta sección del templo prefiguraba, ¿está dando a conocer a Dios entre las naciones?



Vemos aquí algo que se ha repetido a lo largo de la historia: a los creyentes les cuesta entender el propósito de Dios para las naciones. No la entendió el pueblo de Israel, pero es que tampoco la entendieron los Doce, quedándose demasiado en Jerusalén y contraviniendo las instrucciones de su Maestro que les había encargado ser sus “testigos tanto [i.e. a la vez] en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” cuando recibiesen el Espíritu Santo (Hch 1:8, CST). Tuvo que sobrevenir la persecución que desembocaría en última estancia en el encuentro con el eunuco, para que la iglesia se pusiera en movimiento hacia los gentiles (Hch 8:1-5 y ss.). No lo entendió tampoco Pedro, quien tuvo que ser escandalizado con una visión de Dios para aceptar entrar en casa de un gentil y exponerle el evangelio de Jesús (Hch 10 y 11). Y de hecho tampoco se le ocurrió a Felipe, quien tuvo que ser guiado por el ángel y el Espíritu para no dejar escapar la ocasión. Incluso Pablo, el mensajero por excelencia del evangelio a las naciones, no veía la necesidad de traspasar las fronteras de su país natal (Asia Menor-Anatolia) hasta que el Espíritu le prohíbe y le impide por partida doble seguir en las provincias de Asia y Bitinia, y a través de “una visión de noche” le urge a pasar a un nuevo continente: Europa (Hch 16:6-10). La lección es clara: hay una tendencia manifiesta del pueblo de Dios a encallarse en las limitaciones y las costumbres, y a cerrar los ojos a la voluntad expresa de Dios de superar esas barreras para dirigirse a las naciones.



En tiempos del antiguo pacto la estrategia marcada por Dios para llevar su mensaje a los gentiles era que estos acudieran al templo. Felipe en cambio, ilustra la vocación del nuevo templo que es la iglesia saliéndole al paso al buscador de Dios que aún no es de Su pueblo. La iglesia ya no es una estructura de piedra, como sí era el templo de Jerusalén; ya no es inamovible e inerte, sino un templo-móvil formado por piedras vivas, esto es, los creyentes (1Pe 2:5). Quienes tienen la responsabilidad de anunciar y ejemplificar la bendición abrahámica entre todas las naciones. De hecho, el templo de piedra es una adaptación humana del templo original (adaptación hecha en primera instancia por Salomón). El templo original diseñado directamente por Dios era una tienda de campaña, el llamado tabernáculo de reunión, una carpa ambulante, no un lugar estático y fijo a un solo lugar (Ex 25:40; 26:30; Nm 8:4). ¡La vocación de la iglesia es estar en el mundo sin ser del mundo (Jn 15:18-19), para ser enviada al mundo (Jn 17:18) y por tanto no enclavarse en un solo lugar ni encerrarse en cuatro paredes!



El templo expresa la voluntad divina de habitar entre los hombres: “Habitaré y andaré entre ellos; y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Ex 29:43, 45; 2Co 6:16). Esto es verdad tanto para el tabernáculo de Moisés como para el templo de Salomón, para la persona de Jesús (Jn 2:19-22) y para el conjunto de todos los creyentes (2Co 6:16). El templo es el medio por el que Dios infinito entra en contacto con los hombres finitos. Y ahora el templo de piedra ha dejado paso al templo de carne, el de piedras vivas. Digo yo que, si intentáramos construir un edificio con piedras vivas, amontonando, qué se yo, tortugas en lugar de ladrillos, al día siguiente nos encontraríamos nuestro edificio esparcido por toda la campiña. Algo así es lo que quiere hacer el Señor. El cometido principal del templo es dejar constancia de la visitación de Dios a todas las naciones haciendo lo que el Espíritu Santo impulsó a hacer a Felipe: desplazarse a los desiertos y las fronteras espirituales de todo el mundo. ¡El templo de hoy está de visita y no debe aferrarse a un solo lugar!



¿No lo hizo así el propio Jesús en los días de su ministerio en la tierra? ¿No recorría todo pueblo y aldea? Él era el templo-móvil de sus días. Incluso transitaba la región de los samaritanos (que los judíos evitaban cuando viajaban de Judea a Galilea y viceversa) y también las regiones paganas fuera del territorio de Israel… Y a pesar de que Él mismo dijo “No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 15:24; porque como Mesías del pacto judío ésta era su responsabilidad primaria), ¡dedicó su mayor atención y sus elogios más sobresalientes a personas de otras religiones y culturas! Es acerca del centurión romano y no de ningún “creyente” del momento que Jesús dice: “En verdad os digo que en Israel no he hallado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos” (Mt 8:10-12). Y ¿no dice a la mujer cananea: “Oh mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas” (Mt 15:28)?



Ya en Mateo –el evangelio más judío– Jesús hacia el final de su ministerio anuncia insistentemente que su mensaje repercutirá en todas las naciones o etnias (panta ta ethne, 24:9, 14; 25:32; y 28:19), donde la tarea que encomienda a los Suyos apunta cada vez más a los gentiles. Otras expresiones que usa son: todo el mundo habitado (hole he oikoumene, Mt 24:14), toda la existencia entera (hapas/holos ho kosmos, Mt 26: 13) y toda creación o criatura (pasa he ktisis, Mr 16:15). Así que la proyección hacia las naciones no es algo que se inventó o descubrió la iglesia (más bien a ésta le costó y le cuesta descubrirlo), sino que era el propósito manifiesto del propio Jesús. Y no sólo habla de ello como algo futuro que tendrá lugar tras dejar atrás este mundo, sino que Él mismo no se retrajo de ministrar a los gentiles:



Son siete los “paganos” o grupos heterodoxos con los que Jesús interactúa en los cuatro Evangelios. El hecho de que sean siete –símbolo de la obra completa de Dios– nos anima a analizar estos casos como un muestrario de que Él quiere sobre todo que nos dirijamos a las personas de otras religiones y latitudes. La aparición de estos personajes en el relato no es casual. Sino que los evangelistas guiados por el Espíritu Santo ponen un especial empeño en esta faceta del ministerio del Señor. No habrá ocasión aquí de analizar cada caso con el detalle que se merece, así que me contentaré con destacar algún que otro aspecto, pero el tema sería digno de uno o varios artículos aparte:





Nos interesa fijarnos en que Jesús estaba dispuesto a romper moldes y a superar cualquier barrera para atender la necesidad y el estado espiritual de ellos y ellas:




































  1. Yo iré…” a tu casa (Mt 8:6, 7)



¡Se le ve determinado a entrar en casa de un incircunciso! (cf. Hch 10:15, 28; 11:2-3).




  1. “…a la tierra de los gadarenos” (Mr 5:1)



No se retrae de entrar en una zona llena de demonios y alejada del entorno religioso judío.




  1. primero” (Mr 7: 27), “las migajas” (v. 28)



Celebra la respuesta osada de ella, que anticipa la apertura del evangelio a los gentiles.




  1. escupiendo¡Ábrete!” (Mr 7:33; 8:23)



Amasa barro (Jn 9:6) y abre oídos y ojos de los cautivos por los ídolos (Dt 4:28; Sal 115:5, 8).




  1. ni aquí… ni en Jerusalén” (Jn 4:21)



Ofrece algo más allá de la disputa entre religiones: una relación en “espíritu y en verdad”.




  1. ¿Y los otros? ...tu fe…” (Lc 17:17, 19)



Aunque Jesús sana a los de su religión, Lucas enfatiza que salva al de otra religión que cree.




  1. Ha llegado la hora...” (Jn 12:23)



La meta de Su evangelio, “la hora”, es ofrecerse como sacrificio ¡por todas las naciones!




En “El buen samaritano” –epítome de la ruptura de Jesús con los prejuicios religiosos– Él presenta a alguien de una religión que los judíos consideraban fraudulenta (herética), en la función de “prójimo” (aquí el que supera barreras religiosas; Lc 10:29-37). Jesús transgredió sin titubeos las barreras religiosas, sociales y convencionales, cuando lo que estaba en juego era la liberación de un hombre o una mujer, de un ser humano.



Por otro lado, ¿a cuál de nosotros, o de los creyentes del NT se le ha aparecido un ángel para decirle que sus oraciones han sido escuchadas? Sin embargo, esto es lo que le sucede a Cornelio (Hch 10:4), en ese momento todavía un inconverso. De forma parecida es igualmente curioso, por llamarlo de alguna manera, que una tercera parte de los musulmanes que abrazan el Evangelio alrededor del mudo se convierten porque Jesús se les ha aparecido en sueños. Pero no se nos aparece a los que venimos de un entorno “cristiano”. ¡Ni siquiera se les vuelve a aparecer más a los ex musulmanes después de convertidos! ¿No vemos aquí un patrón que se repite? Hay un interés, incluso una predilección insistente de Señor por los no alcanzados, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, incluso en nuestros días.



¿Somos conscientes de que el Señor quiere que seamos los “ángeles” (i.e. los enviados) que vayan a decirle a los buscadores: “tus oraciones han ascendido delante de Dios”; o los Pedros que les digan: “Ciertamente ahora entiendo lo que hace Dios…”? (Hch 10:34). Dios podría haberle encargado al ángel que ya había enviado para contactar a Cornelio la tarea adicional de predicarle el evangelio, en lugar de simplemente enviarlo como intermediario entre él y Pedro. ¿Por qué no resolver la situación con un solo mensajero, dado que ya había enviado al ángel primero? Además ¿no habría sido mucho más impactante que escuchar a un pobre ex pescador de Galilea hablándole a todo un centurión romano? ¡Pero el ángel se limita a decirle que vaya y encuentre a Pedro! ¿Por qué, por qué, por qué…? El énfasis de la Escritura en cuanto a que Dios no va a llevar a cabo su misión a través de los ángeles,[4] sino a través de la “locura de la predicación” (1Co 1:21) y de los “locos” que se van a dejar enviar para ir y predicar (cf. Ro 10:15) e identificarse con los no alcanzados (esto es, para encarnarse en diferentes culturas), es abrumadora.



Si el templo (es decir, nosotros) era y es el instrumento terrenal por el que Dios quiere manifestarse a los seres humanos, así como su gloria y presencia se manifestaba en el tabernáculo de reunión (Ex 40:34) y en la persona de Jesucristo (Mt 17:2 y ss.), hoy en día esta tarea recae sobre su iglesia. Su iglesia está llamada a ser el templo-móvil y proveer un nuevo “atrio de los gentiles” (a la vez que es templo de adoración, de edificación espiritual y de intercesión). Y este nuevo atrio de los gentiles en nuestros días en vez de esperar que los gentiles vengan hasta él, es el “atrio” el que debe desplazarse hasta donde se encuentren los buscadores de Dios. Es decir, debe ir por todo el mundo… Entonces debemos preguntarnos: ¿Cómo iglesia(s) local(es) con qué estamos llenando nuestro atrio para las naciones? ¿Sólo lo usamos para el culto y la edificación propia, o lo desplazamos hasta los confines de la tierra enviando los necesarios emisarios del evangelio? No creo que queramos ninguno de nosotros y nosotras caer en el error de los mercaderes del templo. ¡No creo que queramos provocar el enfado de Jesús!



*



PARA REFLEXIONAR:




  1. ¿Cuá es la razón, aparte de hacer negocio con la religión, por la que Jesús expulsa a los mercaderes del templo? ¿Hay alguna otra cosa que Lo irrite hasta el punto de liar un látigo con unas cuerdas y montar un altercado? Y a la luz de la cita que los evangelios hacen de Isaías 56:7, ¿qué es eso que Lo irrita tanto?

  2. ¿Qué lección podemos sacar a la hora de pensar en las misiones, del hecho de que en Isaías Dios les dé un nombre mejor que el de “hijos” e “hijas” a los extranjeros y a los eunucos? Y si según Isaías les ofrece un lugar entre su pueblo y en su templo, es que todavía no formaban parte y que hay que salir a su encuentro, ¿no?

  3. ¿A qué función actual de la iglesia se correspondería la sección del Atrio de los Gentiles? En tal caso, ¿quiénes podrían estar cayendo hoy en día en la falta de los mercaderes del templo? Y si ocuparse en la adoración es una de sus funciones principales, ¿qué es lo que si lo descuidamos nos iguala a esos mercaderes?



Para más información sobre misiones puedes ponerte en contacto con: https://alianzaevangelica.es/iglesia-y-mision/misiones/  



 



[1]  Pues había una inscripción en griego amenazando a los gentiles con la pena de muerte si traspasaban el umbral que conectaba el atrio de los gentiles con el templo. La inscripción original está hoy en el Museo Arqueológico de Estambul.





[2] Al margen de que sea cronológicamente rigurosa o no, sigo la secuencia de aparición en el Diatesarón, nombre dado a la armonía o concordancia de los cuatro evangelios canónicos compuesta por Taciano, en el 170 d.C.





[3] Por el texto no se puede determinar si el sordo era judío o pagano, pero sí que vivía en la zona con mayor concentración de paganos.





[4] Son interesantes la traducción de los siguientes versículos: “Dios no ha puesto bajo la autoridad de los ángeles ese mundo futuro del cual estamos hablando” (Heb 2;5, DHH), “Porque ciertamente no tomó para sí la naturaleza de los ángeles, sino que tomó la de la simiente de Abraham” (Heb 2:16; RVG).




 

 


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