Para los que hemos sido, quizá no fans, ni seguidores (no sé si alguien se merece eso de otro alguien), pero sí admiradores profundos del talento, la elegancia y la preciosa voz de Whitney Houston, su partida es una pérdida, no sólo triste, sino insustituible. En realidad, todas lo son de alguna manera. Ella no tenía de particular más que otras personas, pero sí cosas distintas que la hacían más evidentemente especial.
Cada uno venimos dotados de nuestra propia idiosincrasia, de lo que nos hace particulares y únicos. Pero es cierto que en la mayor parte de personas, esos elementos pasan mucho más desapercibidos. Ninguno de nosotros tenemos la repercusión pública que ella tenía, tampoco su carisma o su preciosa voz, qué duda cabe. Y para los que hemos admirado todo eso en ella, insisto, su pérdida es irreparable y uno no puede por menos que sentir (aunque no nos atrevemos a discutirlo, claro) que fue demasiado pronta, demasiado inesperada a nuestro limitado entender. En otras palabras, hubiéramos querido tenerla más tiempo en el mundo de los vivos.
Verla resurgir de las cenizas de lo que había sido su vida durante sus últimos años y particularmente los que compartió con su exmarido, era algo que transmitía una cierta esperanza. No sólo por poder volver a disfrutar de escucharla cantar como sólo ella sabía hacerlo, que también, sino por pensar que, efectivamente, no hay situación humana o sobrehumana de la que Dios no nos pueda restaurar cuando nos ponemos en Sus manos. Sin embargo, ella se ha ido, como se han ido tantos y tantos antes que ella y lo haremos después de ella. Y, aparentemente, tal y como se decía en su funeral, pareciera que la muerte ha vencido de nuevo. Pero esa no es la última palabra.
A la luz de lo ocurrido y a primera vista, siguen reinando las tinieblas sobre la luz y parece que la muerte ha dicho, en su caso y en el de cualquier otra persona en iguales circunstancias, lo que quería decir: aquí mando yo. Pero lejos de que esto sea así, la muerte fue vencida por Jesucristo en la cruz, tal y como el mismo predicador en el funeral recordaba en medio de explosiones de júbilo y alegría. Ella lo sabía y por eso no tenía miedo a la muerte.
Los que creemos en una vida más allá en la que estaremos en presencia del Señor, no tememos a la muerte. Claro que tememos el sufrimiento, el dolor, la partida, la ausencia o la separación de los que queremos, pero sabemos que aquello hacia lo que partimos es, sin duda, mucho mejor y eso convierte el “adiós” en un “hasta luego”, la tristeza en una cierta celebración, como tantos percibían en esa ceremonia jornadas atrás.
En los últimos días uno no puede casi evitar sucumbir ante la tentación de recuperar vídeos, entrevistas, porciones de sus películas…
y cuanto más uno se pone a indagar, más fácil es darse cuenta de que Whitney, al contrario que otros muchos artistas que también anduvieron en problemática similar, será recordada no sólo por lo que de lamentable y ruinoso hubo en su vida debido a los excesos con las drogas y la decadencia personal en la que estuvo sumida, sino por una cuestión que va mucho más allá y que sí que es verdaderamente noticia por lo poco habitual en el mundo en que vivimos: Ella amaba al Señor. Y no lo amaba de cualquier manera. Su rostro resplandecía cuando hablaba de su Dios, del único Dios, y era bien consciente de cuán amada era por su Señor también.
En una entrevista que la conocidísima presentadora Oprah Winfrey hacía a Whitney en 2009 tras la salida de su infierno matrimonial, una de las preguntas directas, concretas que la primera hacía a la segunda era bien clara: ¿A quién amas? La respuesta también lo fue, además de rápida e inequívoca: “Al Señor. De verdad que le amo. Con humildad y con gratitud. Por Su gracia, por su bondad y por no haberme abandonado nunca”.Después de ver la entrevista entera y a pesar del altísimo contenido emocional de la misma, creo sin duda que la declaración que más me emocionó y me impactó fue justamente esa: Amo al Señor. Ver su sonrisa al declarar esto, leer entre líneas al comprender que ni siquiera a su madre y a su hija les dedica las referencias en tiempo y profundidad que le dedica a Dios mismo, entender que lo que la había sostenido en las tormentas de su vida era justamente ese Señor al que ella profesaba amar profundamente era, no sólo una declaración de intenciones en toda regla en cuanto a cuál era el camino que elegía para su futuro, sino también cuál reconocía que había sido su sustento en el pasado. “Amo al Señor”.
No hace muchos días leía el
artículo en este mismo diario de Jaime Fernández recordando cómo su disposición a hablar del Señor era siempre abierta aun cuando no lo estuviera para hablar con los medios sobre cualquier otro tema, incluyendo lo que tuviera que ver con ella misma, su música, su carrera… No se caracterizó especialmente por publicitarse. No se la recuerda haciendo esto. Y eso es lo que la hacía verdaderamente grande: su sencillez, aún más potente y devastadora que su voz, y eso es decir bastante. A quien daba “publicidad” cada vez que podía era al Señor de su vida, al Señor de la nuestra.
Ella no ocultó su fe. Eso es siempre una gran lección para nosotros, porque tendemos a no mostrar de nosotros aquello que no se lleva, aquello que nos pone la etiqueta de social o políticamente incorrectos. A ella en estos temas le daba igual ir a la moda. No de balde de todos es conocido que una de sus canciones favoritas y que no perdía oportunidad de cantar en sus conciertos a menudo era
“Yes, Jesus loves me” (“Sí, Cristo me ama”). Esa es la esencia y punto de partida del evangelio, porque es esa declaración de este hecho lo que da sentido a todo lo demás.
Ella tenía su origen en la iglesia (allí fue también “descubierta” cantando en el coro góspel de la congregación donde se reunía en Nueva Jersey) y para ella la iglesia del Señor era su familia, tal como algunos recordaban en su funeral. La oración era una de sus armas, tanto en lo profesional (tal y como recordaba el propio Kevin Costner en su recuerdo para la cantante en el culto de despedida) como en lo personal. Whitney confesaba a Oprah que durante mucho tiempo le pidió a Dios que le diera las fuerzas para poder coger un día la puerta y dejar atrás el infierno que estaba viviendo.
Sin duda, y a pesar de las muchas desgracias y el alto precio que pagó en vida, el Señor la preservó de mucho que desconocemos a través de esas oraciones y de las de otros, como Oprah Winfrey, que también intercedían por ella rogándole a Dios.
A lo que me llevaba toda esta reflexión, sin embargo, era: ¿Han pensado ustedes cómo les gustaría ser recordados cuando falten de esta tierra?Porque una cosa está clara: todos moriremos y nada nos llevaremos con nosotros. Todo lo dejaremos atrás. Pero no sólo lo material, sino también lo que fuimos, lo que hicimos, lo que dijimos y expresamos a otros, también en lo espiritual. Whitney deja un legado musical, sin duda alguna. Pero también deja una estela de espiritualidad que rodea su vida, su nombre y su persona. Para los que no creen, probablemente esta faceta pase más desapercibida. A muchos les parecerá una de tantas locuras que cometió en su vida. Una más y ya está. Pero para los que compartimos con ella el amor por el Señor de nuestras vidas, para los que le identificamos como la fuente misma de nuestra existencia, con el convencimiento de que lo que somos y tenemos es por Su sola gracia, las afirmaciones de Whitney Houston en ese sentido son mucho más que locura. Esa locura sólo puede entenderse desde otra perspectiva diferente a la de la percepción y la racionalidad humanas.
Whitney amaba al Señor porque el Señor la amó primero. Whitney amaba al Señor, nuestro Señor, porque la sostuvo y la siguió amando permanentemente incluso en los peores momentos, aún allí donde el Señor pareciera no estar. Pero Él está en todas partes. Moraba en ella como creyente y la acompañó en lo bueno y en lo malo. Quizá su vida no fue peor aún por la gracia de la presencia del Señor en ella. Tal y como pasa ahora, aparentemente quien estaba ganando la batalla era el mal en estado puro, la decadencia misma de la persona, lo que podríamos llegar a ser lejos de la mano cuidadora del Señor tal y como a Él le agrada cuidarnos, estando en Su voluntad. Pero como recordaba el pastor que compartía en el funeral de Whitney, “el amor es por encima de la muerte”, y “el amor perdurará por siempre, porque Dios es amor”.
¿Por qué quieres que se te recuerde? Si soy sincera, creo que a mí no se me recordaría por esto. No he sido lo suficientemente vehemente en mi discurso, en mi compartir de Jesús con otros, he perdido oportunidades preciosas de compartir el Evangelio y, más aún, de vivirlo personalmente. Pero reconozco que me gustaría.
Es un reto personal ver la trayectoria de Whitney Houston. Ella no presenta una hoja de servicios impecable, que es a lo que aspiramos humanamente. Eso no es ni siquiera viable. Sólo lo es en nuestra cabeza y lo único que alimenta es nuestro propio ego, pero no lleva a otros al Evangelio ni le da toda la gloria a Él probablemente. Ninguno de los siervos de Dios cuyas vidas vemos relatadas en las páginas de la Biblia tenía un currículum intachable. Pero en la debilidad de cada uno de ellos donde la gracia del Dios Todopoderoso se hacía más palpable. Lo que ella, Whitney, representa en su dolor es la debilidad hecha fuerza en las manos de ese Otro al que ella amaba y que la amaba a ella mucho más aún.
“Amó al Señor”.
Ojalá, si alguien ha de recordarnos, nos recuerde por eso.
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