A su izquierda era noche cerrada y al frente veían nubes de color gris muy oscuro. A su derecha, hacia atrás, el sol rompía las nubes como si fueran una hoguera grande y extensa con gran variedad de colores en la que predominaba el rojo vivo. Disfrutaban de aquella belleza imponente mientras sentían una gran quietud interior.
Se acababa el viaje alrededor del mundo y el padre no era capaz todavía de digerir sus vivencias, casi todas en relación con la naturaleza. El azul intenso del Océano Pacífico desde Valparaíso a la Isla de Pascua le pareció como un inmenso tintero de los que, a escala reducida, tuvo en la escuela de su infancia con aquel color tan agradable. En Bora Bora, Tonga o Vietnam la naturaleza en estado puro y la vegetación potente en combinación con la luminosidad del sol y la belleza de sus playas casi vacías de gente le habían impactado para siempre.
El 20 de febrero de 2007 fue el día que nunca existió, su calendario pasó del diecinueve al veintiuno fruto de los sucesivos ajustes horarios por su desplazamiento en el globo terráqueo. Aunque, a decir verdad nunca lo acabó de entender del todo, la experiencia si resultó de lo más interesante.
El día que capitán del barco los visitó en su camarote sin previo aviso comprendió que algo importante había cambiado en su hija. Ninguno de los dos lo reconoció, creyeron que se trataba de un veterano inspector.
-¿Tienen en orden el equipo de salvamento? -preguntó educado y firme-.
-Si -respondió ella entre molesta y colaboradora, a la vez que le enseñaba los chalecos salvavidas y demás enseres de emergencia-.
-¿Se encuentran cómodos en el Aurora? -Mientras el padre leía el título de capitán en su chapa identificatoria sin poder avisarle en medio de la conversación- ¿Hasta dónde viajan con nosotros?
-Hasta Hong-Kong. Estamos disfrutando la travesía, muchas gracias. El Barco es muy bonito y con muchos alicientes como para no aburrirse nunca. Sólo una cosa -el tono de su voz se hizo firme y contundente como si estuviera hablando con un mayordomo- esta ventana la tenéis que arreglar de una vez, llevamos tres días con este cristal medio roto y si pasamos por una tormenta nos va a entrar agua.
-Tal como está no puede entrar agua -respondió él sin alterarse- me enteraré de lo que ocurre y les informaré.
Cuando se quedaron solos el padre le dijo quién era aquel personaje y ella se incomodó un tanto por haber utilizado aquel tono con la máxima autoridad del barco. Al día siguiente, en el comedor, el capitán les explicó que no tenían repuestos pero todo quedaría arreglado en el próximo puerto. Lo prometido se cumplió con puntualidad. A partir de ahí el capitán los saludaba con simpatía cada vez que se cruzaban.
Sin duda la mejor experiencia del viaje había sido convivir con su hija durante mes y medio en una relación de adultos. La vio segura de sus capacidades, con ideas claras de lo que quería, ampliando sus horizontes y capaz de tomar iniciativas. Por primera vez, ante los demás él era presentado como padre de ella y, no como hasta entonces, ella hija de él; el protagonismo se había desplazado.
Disfrutó de dejarse llevar tanto como de sus cuidados y le gustó el sabor de la protección que le daba. Tuvieron largas conversaciones, visitaron lugares inimaginables, hicieron deporte juntos y quién sabe cuántas cosas más. Su relación había tomado un giro que se prometía muy enriquecedor.
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