El País ha publicado en su edición de este sábado un bochornoso artículo sobre el crecimiento de iglesias evangélicas en la zona de Carabanchel.
La Reforma hoy consiste en quitar la necesidad de mediación de la iglesia para salvación, y dejar en la esperanza la vida de la Iglesia por la que Cristo se entregó y dio su vida.
Si queremos reformar, hay que leer y protestar, empezando con la iglesia antigua. Esos “padres” escribieron cosas seguro que muy edificantes, pero también burradas.
Tenemos en los primeros momentos de la “iglesia antigua” una teología de salvación basada en supersticiones.
Los errores que infectan a la iglesia antigua, que luego crecen y se fortalecen, hasta hoy, nacen en proclamas y escritos con multitud de citas bíblicas. No podemos reformar sin tener en cuenta esos “cimientos”.
Para Lutero esa urgencia significaba entonces la demolición del poder papal, pues su permanencia suponía la continua corrupción del cristianismo.
El que conoce la extensión del poder del pecado, su muerte, está en condiciones de ver la supereminente potencia del Cristo, ahora proclamado como el salvador todosuficiente.
Lo malo es que los de la parodia se lo han creído. Nosotros la vemos tal cual es, por eso aborrecemos esas ofensas a la cruz y redención de nuestro Salvador.
El triunfo de Pablo no es la cristiandad, sino el reino que no perece, y en ese estamos.
Esa cristiandad corrompida y corruptora, tiene y usa la Escritura. No lo olvidemos.
¿Qué pasará cuando en las iglesias del futuro nadie vea, o si ve, no diga? Señor, tu misericordia.
El judaísmo antes, y la cristiandad después, son expresión de la corrupción sobre la Escritura y los frutos del Espíritu. Enemigos del Mesías Jesús, antes de venir y después de venido.
Esa iglesia llena de falsificaciones es, también, a la que se persigue.
Resulta que la sangre del martirio purifica. Ya no es sólo la de Cristo. Esto es el papado, y los suyos.
El bautismo es señal de ese agua viva que siempre brota, fresca, pura, que purifica nuestro nombre.
El misterio del mal es el que impide que el Reino venga, pero, como vemos, eso es la propia temporalidad institucional de la Iglesia.
Giorgio Agamben (1942-) es un pensador al que tienes que atender si te atienes a la actualidad.
No se trata de la ciudadanía en los cielos, la salvación, sino la ciudadanía en la tierra, con sus leyes temporales y circunstaciales propias, en la que estamos obligados los redimidos.
La paz y la santidad la tenemos en él. No la busques por otro sitio. Y cuando la tienes en él, la tienes.
Con la mala fama que tiene Calvino, ya es chocante que les ponga su lectura como ejemplo de sentido común y concordia, pero es así.
El libre albedrío, según el modelo tradicional del papado, se trata de la voluntad del pecador que, aunque dañada, no ha quedado impedida para su manejo de la ley natural. La gracia es una ayuda.
En la predicación se anuncia el Evangelio, y el Evangelio siempre salva. No es una palabra vana.
Esa nueva ley es la obediencia evangélica, la fe, y el arrepentimiento, obras ambas en manos del pecador, que le han sido ofrecidas por la gracia como único medio de salvación.
Se trata, pues, de que el ministro, el predicador, conozca lo que sucedió en la cruz, y de eso depende luego cómo la predique.
Cuando con el calificativo citado se descalifica, lo que ocurre es que se pierde la ocasión de estudiar un contexto que tiene muchos puntos valiosos para nuestro propio tiempo.
Todo en la mano de Dios, y de su voluntad. Eso es Jeremías, con sus lamentos, y eso es el Nuevo Testamento, con su carta especial a los Romanos.
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