Cuando pensamos en la condición del ser humano, lo fácil es imaginar siempre escenarios de poder, de avaricia, de lujuria o desenfreno. Lo difícil es reconocerlo en lo más sutil y cotidiano.
Una de las series más populares de los últimos años en Netflix es Mr. Robot, que ahora vuelve a ser objeto de protagonismo por su salida de la plataforma de contenidos audiovisuales. Definida como uno de los mejores thrillers que se han creado recientemente, con claras referencias a películas como Taxi Driver o El club de la lucha, y con un reparto en el que destacan figuras como el ganador del Oscar en 2019, Rami Malek, o el actor que interpretó a Adso en El nombre de la rosa, Christian Slater, esta producción tiene mucho que decir sobre la figura del ser humano.
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Su director, el estadounidense de origen egipcio Sam Esmail, la ha definido desde un punto de vista realista, y en ella ha volcado también elementos que forman parte de su experiencia personal, como la ansiedad social del protagonista, o el hecho de concebir la informática como un refugio en el que alejarse del mundo.
“Donde se está detrás del ordenador, esencialmente reemplazando una vida social con eso, tiende a ser una pendiente resbaladiza que lleva a aprender cómo entrar en las cuentas de correo electrónico de las personas o en sus redes sociales”, ha asegurado Esmail ahora, en un tono más pedagógico. Pero lo cierto es que el mundo de la tecnología, el crimen cibernético y los hackers no son aquello en lo que uno puede encontrar más profundidad en esta serie.
[photo_footer]Esmail refleja una antropología realista, aunque con grandilocuencia, en Mr. Robot. / Fotograma de la serie, Netflix.[/photo_footer]
Esmail trata de configurar una realidad bien cercana a la nuestra por medio de elementos que son fáciles de identificar por cualquiera: una corporación gigantesca que controla gran parte de la deuda de la población y de la tecnología que consumen, así como un cierto clamor popular de rebelión general y de ira anárquica contra lo que se considera como el poder ‘establecido’.
Son líneas generales, pero que apelan al imaginario conocido de la mayoría de espectadores y, hasta cierto punto, tocan la fibra. Sin embargo, la gran creación de Esmail es la del protagonista, a quien da vida Malek, y que representa a un hacker brillante pero torturado por una mente enferma. El personaje de Elliot es el peculiar capítulo antropológico desde el que Esmail transmite su visión de la realidad y su solución.
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Ya ni siquiera se puede hablar de héroe o de antihéroe, sino que se trata de un complejo ser humano. Por un lado, se nos presenta con aspectos que recuerdan a una actividad mesiánica, incapaz de ser desviado por prácticamente nada de lo que el mundo le ofrece, y con una misión clara. Pero, al mismo tiempo, en un ‘antimesías’, vulnerable en lo menos pensado, esquivo con aquellos que más le aman, perdido y desolado ante la realidad que contempla.
Esmail lo utiliza para poner de manifiesto lo despreciable de la humanidad, en general. Por medio de su ‘hacker’, destapa a otros personajes como crueles, despiadados y demás, en una descripción que recuerda a las listas de Pablo y de otros escritos en el Nuevo Testamento (1 Corintios 5:11; Apocalipsis 21:8). Pero su protagonista no es una versión mejorada, sino que sus desvaríos lo abocan al error impredecible. En este sentido, quizá sea la representación más fielmente humana.
Cuando pensamos en la condición del ser humano, lo fácil es imaginar siempre escenarios de poder, de avaricia, de lujuria o desenfreno. Lo difícil es reconocerlo en lo más sutil y cotidiano. Esas decisiones tomadas para protegerse a uno mismo, esas palabras dichas con la intención de vindicarse o esos silencios cargados de desafecto. Dice el texto bíblico que “el hombre no se afirmará por medio de la impiedad” (Proverbios 12:3).
[photo_footer]Elliot personifica al ser humano común, con sus victoria y derrotas cotidianas, pero perdido cuando se enfoca únicamente en lo que le rodea. / Fotograma de la serie, Netflix.[/photo_footer]
Con el desarrollo de la serie, Esmail genera en el espectador diferentes lecturas acerca de su protagonista. Unas veces es la simpatía propia del héroe del que depende todo y cumple con lo previsto sin que haya desviación, y con gran esfuerzo. Otras veces, es el incomprensible y enfermo Elliot, que lucha con fantasmas del pasado difíciles de reconocer. A veces es simplemente la decepción del humano común que falla. Y otras, es el ser realista que vive en su particular esfera de maldad, tratando de justificarse, pero sin cuestionarse apenas nada.
Proveniente de una familia de origen musulmán, no llama la atención el hecho de que Esmail incluya a una joven con el velo en el equipo de hackers que emula a una sociedad del tipo Anonymous en nuestra realidad. Y tampoco el soliloquio de Elliot acerca del Dios judeocristiano, en el que lo ridiculiza y lo trata como un personaje de ficción, como las voces interiores que escucha en su cabeza. ¿Y todo para qué? Para regresar una y otra vez al mismo retrato desesperanzado de la humanidad misma, en el que la solución dependen de coletazos impulsivos de creatividad y rabia, que satisfacen más bien anhelos de venganza.
Por eso era necesario que el ser perfecto, eterno y santo de Dios se encarnase en un ser humano real, que conviviese en esta tierra, y afrontase los problemas que a nosotros nos parecen en tantas ocasiones irreconciliables, para darles solución con la prueba física de la cruz (Colosenses 2:14). El evangelio explica que ese ser completamente humano y divino, ese Mesías, fue Jesús. Él no se valió de hackeos para exponer y destruir a sus adversarios, sino que conversando, caminando, comiendo y tratando con ellos les anunció la realidad de su condición, pero también la posibilidad de reconciliación creyendo en él. En realidad, él representa la antropología más certera, ese nuevo ser humano (Romanos 5:12-21) que corrige lo disfuncional de nuestra humanidad y nos invita a disfrutar de una completamente renovada por su amor y misericordia.
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