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Calvino, profeta de la era industrial, de André Biéler (II)

Biéler afrontó la tarea de esbozar los fundamentos de la ética social calviniana, y en el primer capítulo de Calvino, profeta de la era industrial, la define como una auténtica ética cristo-céntrica.

GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 25 DE SEPTIEMBRE DE 2015 05:20 h
Una política de la esperanza, escrito por André Biéler en 1970.

André Biéler fue un reconocido pastor y economista suizo que colaboró en diversos proyectos eclesiales en su país y fuera de él. Autor prolífico, fue un calvinólogo que dedicó varios volúmenes al estudio del reformador francés (El humanismo social de Calvino, en español: 1973, Hombre y mujer en la moral calvinista. La doctrina reformada sobre el amor, el matrimonio, el celibato, el divorcio, el adulterio y la prostitución, en francés, y el libro que ahora nos ocupa Calvino, profeta de la era industrial. Fundamento y método de la ética calviniana de la sociedad, 1964), además de su famosa tesis doctoral (1959).



Otras de sus títulos son: El mensaje social de la Iglesia en la economía. Federación de Iglesias Protestantes Suizas, 1950; Liturgia y arquitectura: el templo de los cristianos. Nota de Karl Barth. Labor et Fides, 1961; Una política de la esperanza [1970], prefacio de Hélder Cámara, Paulinas, 1972; El desarrollo loco. Un grito de alarma de los expertos y un llamado a las iglesias. Prefacio de Philip Potter, Labor et Fides, 1973, Cristianos y socialistas ante Marx. Labor et Fides, 1982; Las iglesias y la economía. Labor et Fides,‎ 1983, y La fuerza escondida de los protestantes. ¿Oportunidad o amenaza para la sociedad?, 1995. De 1965 es su texto “De Calvin à l’aide au tiers-monde” (De Calvino a la ayuda al tercer Mundo), publicado en la Revue économique et sociale : bulletin de la Société d'Etudes Economiques et Sociales.



Fue profesor de Ética Social en Ginebra y Lausana, pastor en Ginebra, miembro de la comisión de la Federación Protestante Suiza para asuntos sociales. En ocasión del 400º aniversario de la muerte de Calvino, urgió a la asamblea de dicha federación a reducir los gastos en armamento para utilizar esos recursos en la ayuda para el desarrollo. Representó a esa federación en las conferencias ecuménicas mundiales de 1966 y 1968.



Ese último año, junto con Lukas Vischer y Max Geiger, lanzó la Declaración de Berna que solicitaba invertir 3% del PIB para el desarrollo, propuesta que fue desechada. En 1971 contribuyó a establecer el Instituto de Ética Social de la citada federación, y más adelante, con otros amigos, denunció las políticas comerciales de la compañía Nestlé.1



Una semblanza habla de él en los siguientes términos:



Si existe tal caracterización de un hombre del Renacimiento en términos de un manejo total del conocimiento humano y la cultura, entonces André Biéler fue el epítome del hombre de la Reforma: su vida fue coherente expresión de una erudición meticulosa y activa, un compromiso efectivo con el mundo de la economía y la política, informado todo ello por una límpida espiritualidad. Sólo debido a sus muy protestantes sencillez y discreción fue que no se volvió un gurú para su generación, pero sí un admirado y respetado hombre de ideas e ideales, que no sólo inspiró sino también estimuló y guió otras iniciativas de investigación social.2



Desde su retiro en la ciudad de Morges, saludó así la nueva edición en inglés de su libro más conocido: “Aquellos que se proponen leer los escritos de Calvino son doblemente seducidos. Primero, porque suponen cuán rico es el lenguaje y aprecian su llamada, sus raíces ancladas en la latinidad, claro que con su característico toque moderno francés. Entonces descubren una teología que no se contenta con reflexionar sobre la existencia de Dios: esta forma de escuchar la palabra divina ilumina la totalidad de nuestra vida”.3



Con estas convicciones en mente, Biéler afrontó la tarea de esbozar los fundamentos y el método de ética social calviniana, para lo cual, en el primer capítulo de Calvino, profeta de la era industrial, se ocupa de definirla como una auténtica ética cristo-céntrica, pues como explica enfáticamente:



En la teología reformada, la ética no tiene autonomía. Recibe toda su sustancia y su vida de la teología, de la cual depende a este respecto totalmente. La ética no existe sin la teología. De la misma manera, no existe teología evangélica (nada de fe cristiana viva) sin ética. La ética calviniana no tiene fundamentos, ni siquiera parciales, en el derecho o en la moral naturales, a pesar de ciertas citas muy frecuentes a las que Calvino hace referencia (y esto lo hace a causa de las confirmaciones útiles que estas disciplinas aportan a la ética cristiana desde el punto de vista didáctico). Por el contrario, los modos de aplicación de esta ética, y su forma histórica, son tributarios de las realidades socioeconómicas contingentes. Y le son tributarios enteramente. No hay ética cristiana válida que, bajo esta relación, sea independiente de la historia profana.4



 



La fuerza escondida de los Protestantes, otro libro de Biéler.

 



Esta toma de posición preside toda la obra y le sirve para establecer que, debido a esta falta de autonomía, la ética social calviniana no busca solamente el membrete de “bíblica”, como sucede en los círculos más conservadores, sino que lo demuestra a partir de sus resultados teóricos y en sus búsquedas de aplicación concreta.



En eso, Biéler es muy claro, pues no basta con predicar las Escrituras y suponer que se está ejerciendo una noble fidelidad hacia ella; es preciso “aterrizar” las enseñanzas y arriesgarse creativamente para ponerlas por obra: “Es necesario que este testimonio se actualice penetrando en la vida profana; por la reflexión ética, primeramente; y luego, por una acción concertada que haga pasar esta ética, para comenzar, en la vida privada de los creyentes y, luego, en la vida de toda la sociedad” (p. 28). Solamente así será posible afirmar que se está poniendo a prueba la eficacia de los postulados éticos de la fe cristiana, en el terreno de los hechos, espacio de la prueba máxima.



Calvino intentó este tipo de aplicación del mensaje predicado durante sus dos estancias en Ginebra y conservó hasta su muerte “la visión de una formación global de la vida humana por la Palabra de Dios; abrazando todos los sectores de la existencia”. Para él, no existía un “humanismo verdadero” que no comenzase “por la experiencia de la vida nueva ofrecida por Dios al hombre que entra en comunión con Él por la mediación de Jesucristo”.



Ese sería el fundamento de una nueva praxis ética dentro de la sociedad. Las buenas obras producidas por la justificación debían tener un carácter social pues “esta ética no se contenta [únicamente] con acciones ‘caritativas’ individuales, pues abarca toda la vida política colectiva en el sentido más amplio del término, englobando las actividades económicas y todas las relaciones sociales” (p. 30).



Esta ética será bíblica, según el capítulo 2 de la obra, si además, está “acorde con el dinamismo de la historia”, es decir, que, en consonancia con la acción del Espíritu Santo como supremo instigador de la palabra divina, impulsa también la acción global de los creyentes. La afirmación de Biéler sobre las dificultades para acceder al contenido de las Escrituras en este proceso es contundente:



Sin embargo, la revelación bíblica es una obra humana, contingente e histórica, cuya sustancia es divina y no la letra. Eso, como veremos, tiene también una gran importancia para la elaboración de la ética. Si la Biblia, en efecto, es “el registro auténtico” del que Dios se ha servido para “depositar su verdad” [Institución, I, 6, 3], Él ha expresado esta verdad no en su propia lengua (que nos hubiera sido incomprensible), sino en el lenguaje de los seres humanos, y en el lenguaje de ciertos hombres, de cierta época (p. 33).



Simultáneamente a su advertencia sobre la incapacidad humana para comprender la totalidad de la revelación escrita, Calvino se atrevió, audazmente, a notar la naturaleza contingente de la Biblia, un libro “escrito en cierto momento de la historia; y cuya ética, en su formulación legal, está ligada a una civilización y a una sociedad concreta” (p. 34). Para comprender la enseñanza ética de la Escritura, será necesario “conocer el medio social en el que vivieron los testigos bíblicos” y, por supuesto, también “analizar las estructuras políticas y los mecanismos económicos de su época”.



Estas exigencias hermenéuticas conducen a Biéler a incluir en este capítulo una breve exposición de los llamados “tres usos de la ley”, puesto que la ética, bien entendida a partir de la obra redentora efectuada por Jesucristo, viene a ser “una expresión concreta de la libertad cristiana” (p. 37). Y el manejo de la ley no es discrecional sino, por el contrario, es resultado de un genuino discernimiento espiritual: “La sustancia de la ley es, pues, permanente; pero nosotros no estamos de ninguna manera ligados a su letra. Inspirándonos en su espíritu, tenemos toda la libertad para adaptar las aplicaciones éticas a las circunstancias, según los lugares y los momentos de la historia” (p. 41).



Como consecuencia de su análisis, Biéler sentencia sin ninguna duda, apuntando hacia una práctica responsable e informada de dicho discernimiento, de la cual Calvino fue un excelente ejemplo al distinguir con suficiente claridad lo contingente o aleatorio de la Revelación misma y de los acontecimientos como tales:



Calvino ha sido considerado el teólogo que mejor ha mostrado la modernidad de su espíritu y que ha dado a su método ético un carácter de universalidad y de permanente actualidad. En una época donde semejantes concepciones eran absolutamente raras, supo discernir, a la vez, la contingencia histórica de la revelación bíblica (atada a un dato cultural temporal del que hay que liberarla); y el dinamismo fluctuante de la historia en la cual esta Revelación (separada de su contingencia original), debe ser reactualizada.



 



1 En el sitio de la Radio y Televisión Suiza puede escucharse el reportaje “André Biéler, un théologien donneur d’alerte” dedicado a Biéler, transmitido el 9 de diciembre de 2013: www.rts.ch/espace-2/programmes/helvetica/5402502-andre-bieler-un-theologien-donneur-d-alerte-1-5-09-12-2013.html



2 J.-P. Thévenaz y E. Dommen, “André Biéler (1914-2006)”, en Reformed World, vol. 57, núm. 1, marzo de 2007, p. 78.



3 “A greeting from André Biéler on the translation of Calvin’s Economic and Social Thought”, en A. Biéler, Calvin’s Economic and Social Thought, Ginebra, Alianza Reformada Mundial-Consejo Mundial de Iglesias, 2005, p. xix.



4 A. Biéler, Calvino, profeta de la era industrial. Fundamentos y método de la ética calviniana de la sociedad. Pres. y trad. de Luis Vázquez Buenfil, pról. de Marta García-Alonso y posfacio de Edward Dommen. México, Casa Unida de Publicaciones, 2015, p. 27.


 

 


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COMENTARIOS

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Protestantólogo
01/10/2015
09:23 h
2
 
Cuando dije "inspiración" quiero decir "iluminación"...y me encuentro toda la razón. Por ello las Biblias protestantes no recogen notas explicativas, salvo las de estudio, por el principio expuesto en ella que tanto la autoría como la "iluminación" es obra de Dios. El mandato a los ministros de la palabra es: "Procura con diligencia...que traza bien la Palabra de verdad". Desde que se rasgó el velo del templo judío, los creyentes son declarados "pueblo de sacerdotes", iglesia de laicos.
 
Respondiendo a Protestantólogo

Protestantólogo
30/09/2015
15:38 h
1
 
Me temo que el autor del artículo confunde lo dicho por Biéler con lo expuesto por Calvino, haciéndolo maestro de la ética situacional y del presupuesto racionalista de revelación. Dios habló a hombres de su tiempo, pero por inspiración (no confundir con "nuevas revelaciones") del Espíritu Santo cualquier creyente, cual sea su procedencia intelectual, racial e histórica puede acceder a conocimiento verdadero, a verdad "verdadera", suficiente aunque no exhaustiva. Su palabra es pura y eficaz.
 



 
 
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